Saga - Lágrimas en silencio

11- El poder de la venganza

Capítulo 11. El nuevo Manoplas

El poder de dominar y el nacimiento de una nueva oscuridad

El regreso de Manoplas al instituto había marcado un antes y un después en su vida. Ya no era aquel omega tímido que caminaba por los pasillos con la cabeza agachada, intentando pasar desapercibido para evitar las burlas de sus compañeros. Algo había cambiado en él, algo que iba mucho más allá de su nueva capacidad para controlar los objetos con la mente.

Ahora caminaba con seguridad, la espalda recta y la mirada firme. Ya no se apartaba cuando alguien se cruzaba en su camino. Tampoco pedía disculpas por ocupar un espacio que siempre había tenido derecho a ocupar.

Pero aquella transformación no había pasado inadvertida.

Los estudiantes que antes se reían de él ahora preferían mantenerse alejados. Algunos sentían curiosidad por su cambio; otros tenían miedo de descubrir hasta dónde llegaban sus nuevas habilidades. Incluso quienes nunca habían participado directamente en las humillaciones evitaban mirarlo demasiado tiempo.

Manoplas se había convertido en el tema principal de conversación del instituto.

Y, aunque no lo reconocería en voz alta, empezaba a disfrutarlo.

Durante años había deseado que alguien lo escuchara, que lo respetaran y que dejaran de tratarlo como si no valiera nada. Ahora tenía algo que podía conseguir todo aquello: poder.

Sin embargo, estaba empezando a confundir el respeto con el miedo.

Y esa diferencia acabaría siendo mucho más importante de lo que imaginaba.

Un omega diferente

El primer lunes después de su regreso, Manoplas entró en el instituto con una tranquilidad que sorprendió a quienes lo conocían.

Llevaba la mochila colgada de un hombro y caminaba sin prisa, observando a los estudiantes que conversaban cerca de las taquillas.

Un grupo de alumnos se encontraba en medio del pasillo. Cuando lo vieron acercarse, uno de ellos dejó de hablar.

—Es Manoplas —murmuró.

—Ya lo he visto.

—Dicen que hizo levitar un montón de cosas el otro día.

—Yo estaba allí. No fue ningún truco.

Manoplas escuchó los comentarios, pero no se detuvo.

Al llegar junto al grupo, uno de los estudiantes se apartó rápidamente para dejarle paso.

—Perdona —dijo con nerviosismo.

Manoplas lo miró durante un segundo.

—No tienes que disculparte por estar aquí.

El alumno asintió, sorprendido por la respuesta.

Manoplas continuó caminando.

Aquella pequeña situación le hizo comprender que su presencia había cambiado la manera en que los demás se comportaban. Ya no necesitaba pedir espacio. Los estudiantes se lo concedían antes incluso de que tuviera que hacerlo.

Al llegar al aula, encontró su sitio ocupado por otro compañero.

—Ese es mi asiento —dijo.

El estudiante levantó la mirada.

—Ah, perdona. No sabía que habías vuelto.

Recogió sus cosas inmediatamente.

—No pasa nada.

Manoplas dejó la mochila sobre la mesa y se sentó.

El profesor entró poco después y comenzó la clase. Durante varios minutos todo transcurrió con normalidad, aunque Manoplas notó que algunos compañeros lo observaban de reojo.

Uno de ellos, sentado detrás, susurró algo a su amigo.

—Antes no era así.

—Ya. Parece otra persona.

Manoplas giró ligeramente la cabeza.

Los dos guardaron silencio.

No necesitó decir nada.

Aquello le bastó para sentirse satisfecho.

Por primera vez, podía estar en una habitación llena de alfas sin sentir que debía hacerse pequeño para que los demás estuvieran cómodos.

Pero todavía no comprendía que estaba empezando a construir su nueva identidad alrededor de la reacción que provocaba en los demás.

La expansión de la sombra

Con cada día que pasaba, sus habilidades se volvían más intensas.

Lo que al principio había sido la capacidad de levantar un bolígrafo o desplazar un libro se había convertido en algo mucho más complejo.

Manoplas podía mover muebles pesados sin tocarlos, cerrar puertas a distancia y hacer que varios objetos flotaran al mismo tiempo. También había descubierto que podía ejercer presión sobre determinados materiales hasta provocar pequeñas grietas.

Al principio practicaba durante las tardes, cuando regresaba a casa y tenía tiempo para experimentar.

Había despejado una parte de su habitación para evitar romper demasiadas cosas. Colocaba distintos objetos sobre el suelo y trataba de levantarlos uno a uno.

Una tarde consiguió elevar una silla.

Después levantó una pequeña mesa.

Finalmente, logró mantener varios objetos suspendidos simultáneamente.

—Cada vez es más fácil —murmuró.

Extendió ambas manos y los objetos comenzaron a girar lentamente a su alrededor.

Una sonrisa apareció en su rostro.

No podía recordar la última vez que se había sentido tan capaz de hacer algo.

Sin embargo, no todos sus experimentos terminaban bien.

Cuando se enfadaba, el poder reaccionaba de manera diferente. La energía se volvía brusca, difícil de controlar. En una ocasión, después de recordar una humillación especialmente dolorosa, un armario se abrió de golpe y varios libros salieron despedidos.

Otro día, una puerta se cerró con tanta fuerza que el marco quedó agrietado.

Manoplas contempló los daños con preocupación.

—Tengo que aprender a controlar mi rabia.

Pero la preocupación duró poco.

Cuando recordó que aquellas mismas emociones podían hacerlo más poderoso, empezó a preguntarse si realmente necesitaba contenerlas.

Quizá la rabia no era algo que debiera evitar.

Quizá era precisamente lo que lo hacía fuerte.

Aquella idea comenzó a acompañarlo durante los días siguientes.

Los susurros de las cenizas

El espíritu no había desaparecido de su vida.

Aunque Manoplas pasaba gran parte del tiempo pensando en el instituto y en sus nuevas habilidades, la presencia seguía rondándolo.



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En el texto hay: drama, terror, omega verse

Editado: 07.11.2026

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