Saga - Lágrimas en silencio

5- La última promesa

Capítulo 5. La enfermedad de mamá

El miedo a perderlo todo.

La vida de Manoplas parecía haberse convertido en una sucesión interminable de desgracias. Después de perder al primer chico del que se había enamorado y de soportar durante años las humillaciones de Lolo, el omega había intentado encontrar un poco de tranquilidad junto a su nueva amistad. Sin embargo, el dolor todavía no había terminado con él.

Su madre, la única persona que siempre había permanecido a su lado, comenzó a mostrar señales de que algo no iba bien.

Al principio fueron pequeños detalles. Despistes que cualquiera habría atribuido al cansancio, momentos de confusión y una fatiga que parecía no desaparecer ni siquiera después de descansar.

Manoplas no quiso darle demasiada importancia.

Su madre trabajaba mucho y llevaba años esforzándose para que ambos pudieran salir adelante. Quizá necesitaba unas vacaciones. Quizá estaba acumulando demasiado estrés.

Eso era lo que él se repetía cada vez que la encontraba mirando fijamente un objeto sin recordar para qué lo había cogido.

Pero, en el fondo, tenía miedo.

Un miedo que intentaba esconder incluso de sí mismo.

Las primeras señales

Una mañana, Manoplas estaba preparando el desayuno cuando escuchó a su madre llamarlo desde el salón.

—¿Manoplas?

—¡Ya voy, mamá!

Dejó la tostada sobre el plato y se acercó.

La encontró sentada en el sofá, con una expresión de desconcierto. Tenía las manos apoyadas sobre las piernas y miraba alrededor como si estuviera intentando recordar algo.

—¿Qué pasa?

Su madre lo observó.

—¿Dónde he dejado las llaves?

Manoplas miró hacia la mesita que tenía delante.

—Están ahí, mamá.

Ella siguió la dirección de su mirada y encontró las llaves junto a una revista.

—Ah, claro. Qué despiste tengo.

Sonrió con cierta vergüenza.

—No pasa nada —respondió él—. A todos nos pasa alguna vez.

—Últimamente me pasa demasiado.

Manoplas intentó restarle importancia.

—Estás cansada. Deberías descansar más.

Su madre asintió, aunque no parecía del todo convencida.

Aquella no fue la primera vez.

Durante las semanas siguientes, Manoplas comenzó a notar otros cambios. Su madre olvidaba algunas conversaciones, confundía determinados días de la semana y, en ocasiones, tenía dificultades para realizar tareas que antes hacía sin pensar.

Una tarde, mientras preparaba la comida, se quedó mirando una olla sin recordar cuánto tiempo llevaba al fuego.

Manoplas se acercó rápidamente.

—Mamá, cuidado.

Ella se sobresaltó.

—¡Ay! Se me había olvidado por completo.

—No te preocupes. Yo termino de preparar la comida.

—Pero si ya la estaba haciendo.

—Lo sé. No pasa nada.

Su madre lo miró con una mezcla de tristeza y preocupación.

—No quiero convertirme en una carga para ti.

Manoplas sintió un nudo en la garganta.

—No digas eso.

—Últimamente tengo la cabeza en otro sitio.

—Estás cansada. Eso es todo.

Pero incluso mientras pronunciaba aquellas palabras, sabía que quizá no era verdad.

La visita al médico

Después de varios episodios similares, Manoplas consiguió convencer a su madre para acudir al médico.

Ella no estaba especialmente preocupada. Pensaba que todo podía deberse al estrés y a la falta de descanso, pero aceptó porque no quería que su hijo siguiera inquietándose.

La primera consulta fue el comienzo de una larga serie de pruebas.

Hubo análisis, exploraciones, preguntas y visitas a distintos especialistas. Manoplas la acompañaba a todas partes, llevando los documentos médicos y procurando que no faltara nada.

Durante las esperas, su madre intentaba tranquilizarlo.

—No pongas esa cara. Seguro que no es nada.

—No estoy poniendo ninguna cara.

—Te conozco desde que eras pequeño.

Manoplas sonrió débilmente.

—Entonces sabes que me preocupo por ti.

Ella le acarició la mano.

—Lo sé, cariño.

Aquella palabra le produjo una sensación de seguridad que necesitaba desesperadamente.

Quería creer que todo saldría bien.

Quería pensar que, después de tantas desgracias, al menos podría conservar a su madre.

Pero las pruebas médicas terminaron confirmando sus peores sospechas.

El diagnóstico llegó durante una consulta en la que Manoplas permaneció sentado junto a ella, sujetándole la mano.

El especialista habló con cuidado, intentando explicar la situación de una manera comprensible.

Se trataba de una enfermedad neurodegenerativa progresiva.

Una dolencia que afectaría poco a poco a las capacidades cognitivas y motoras de su madre. El deterioro podía avanzar a un ritmo diferente en cada persona, pero no existía una cura que permitiera detener definitivamente la enfermedad.

Manoplas escuchaba las explicaciones sin apenas poder procesarlas.

—¿Quiere decir que va a empeorar? —preguntó finalmente.

El médico asintió con delicadeza.

—Es una enfermedad progresiva. Tendremos que vigilar su evolución y adaptar los cuidados a medida que aparezcan nuevas dificultades.

—¿Y no hay ningún tratamiento que la cure?

El especialista negó despacio.

—Podemos ayudarla a controlar algunos síntomas y procurar que conserve la mayor calidad de vida posible, pero no podemos garantizar que el deterioro se detenga.

Manoplas bajó la mirada.

Su madre permanecía en silencio.

Por primera vez, ninguno de los dos sabía qué decir.

Cuando salieron de la consulta, caminaron lentamente por el pasillo del hospital.

—Cariño…

Manoplas se detuvo.

—¿Sí?

—No quiero que tengas que ocuparte de todo.

Él intentó sonreír.

—No tienes que preocuparte por eso.

—Tienes tu vida.

—Mi vida también eres tú, mamá.



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En el texto hay: drama, terror, omega verse

Editado: 07.11.2026

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