Capítulo 10. El regreso
El despertar de un poder desconocido
Desde que había sellado el pacto con el espíritu de las cenizas, Manoplas sentía que algo dentro de él había cambiado para siempre.
Al principio pensó que aquella transformación sería únicamente emocional. Creía que el poder recibido le permitiría recuperar la confianza perdida y enfrentarse a las personas que durante años lo habían humillado. Sin embargo, pronto descubrió que el pacto había ido mucho más allá.
Una energía desconocida recorría su cuerpo. A veces la sentía como un calor intenso bajo la piel; otras, como una corriente eléctrica que se extendía desde el pecho hasta las puntas de los dedos. No sabía cómo explicarlo, pero tenía la sensación de que su cuerpo había aprendido a obedecer una voluntad diferente.
La presencia del espíritu ya no estaba limitada a aquella noche en su habitación. Aunque no siempre podía verlo, Manoplas percibía su influencia en determinados momentos. Algunas noches escuchaba susurros cerca de la ventana. Otras, encontraba pequeñas partículas de ceniza sobre los muebles, incluso cuando había limpiado la habitación poco antes.
El pacto seguía presente.
Y, aunque todavía no había cumplido la misión de encontrar las cenizas del espíritu, Manoplas empezaba a disfrutar de lo que había recibido.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía que podía hacer algo más que soportar el dolor.
Pero todavía no comprendía el precio de aquella fuerza.
Los primeros poderes
La primera manifestación ocurrió unos días después del encuentro con el espíritu.
Manoplas estaba sentado en su escritorio, intentando ordenar algunos apuntes que había dejado olvidados durante su ausencia del instituto. Tenía delante varios libros, un cuaderno y un bolígrafo.
Sin embargo, no conseguía concentrarse.
Sus pensamientos regresaban una y otra vez a los mismos recuerdos: el repartidor, su madre, los pasillos del instituto y las humillaciones de Lolo.
Apretó el bolígrafo con tanta fuerza que sus dedos comenzaron a dolerle.
—Estoy harto... —murmuró.
Entonces, algo extraño sucedió.
El bolígrafo empezó a temblar.
Manoplas dejó de escribir y lo observó con atención. Al principio pensó que estaba apoyado sobre una superficie inestable, pero el escritorio permanecía completamente quieto.
El objeto volvió a moverse.
Esta vez se elevó unos centímetros.
Manoplas abrió los ojos.
—¿Qué...?
El bolígrafo permaneció suspendido en el aire durante varios segundos antes de caer sobre la mesa.
Se levantó de golpe y retrocedió.
Miró a su alrededor, buscando alguna explicación. No había nadie más en la habitación. La ventana estaba cerrada y tampoco había corrientes de aire.
—No puede ser...
Recordó inmediatamente las palabras del espíritu.
Puedo ofrecerte algo a cambio.
Se quedó mirando el bolígrafo.
¿Era aquello el poder del que había hablado?
Decidió comprobarlo.
Extendió lentamente la mano y concentró su atención en el objeto. Al principio no ocurrió nada. Lo intentó de nuevo, esta vez cerrando los ojos e imaginando que el bolígrafo se levantaba.
Una sensación cálida apareció en la palma de su mano.
Cuando volvió a abrir los ojos, el objeto estaba flotando.
Manoplas retiró la mano por instinto.
El bolígrafo cayó.
Una sonrisa pequeña apareció en su rostro.
—Lo he hecho yo...
Volvió a intentarlo con uno de sus libros. Esta vez consiguió levantarlo sin tocarlo y desplazarlo hasta el otro extremo del escritorio.
Después probó con una silla.
El mueble se arrastró lentamente por el suelo.
Cada intento le resultaba más sencillo. Parecía que aquella energía respondía a sus pensamientos, aunque todavía necesitaba concentrarse para controlarla.
Durante los días siguientes practicó a escondidas.
Aprendió a atraer objetos hacia sus manos, mantenerlos suspendidos y lanzarlos en una dirección determinada. También descubrió que sus emociones influían directamente en la intensidad de sus poderes.
Cuando estaba tranquilo, apenas conseguía mover objetos pequeños.
Cuando sentía rabia, en cambio, la fuerza aumentaba considerablemente.
Una tarde, mientras recordaba una de las burlas de Lolo, todos los objetos de su escritorio comenzaron a vibrar al mismo tiempo. El cajón se abrió de golpe y varios libros salieron despedidos hasta chocar contra la pared.
Manoplas se quedó mirando el desastre.
Respiraba agitadamente.
No había querido hacerlo con tanta fuerza.
—Tengo que aprender a controlarlo —se dijo.
Pero, en el fondo, otra idea comenzaba a abrirse paso en su mente.
Si podía hacer aquello con unos libros, ¿qué podría hacer frente a alguien que intentara lastimarlo?
La advertencia del espíritu
Aquella misma noche, Manoplas volvió a sentir la presencia.
Estaba acostado cuando escuchó un susurro procedente de la esquina de la habitación.
—Manoplas...
Se incorporó inmediatamente.
La silueta apareció poco a poco, formada por partículas grises que parecían flotar en el aire.
—Has empezado a utilizar el poder —dijo el espíritu.
—Sí. Puedo mover objetos sin tocarlos.
—Eso es solo el principio.
Manoplas se levantó de la cama.
—¿Qué más puedo hacer?
—Lo descubrirás con el tiempo. Pero recuerda que la fuerza que has recibido no es un juguete.
—Lo sé.
—No estoy seguro de que lo comprendas.
Manoplas frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
El espíritu permaneció inmóvil durante unos instantes.
—Tus emociones alimentan el poder. Cuanto mayor sea tu rabia, más difícil puede resultar contenerlo.
—Puedo controlarme.
—Eso mismo dicen quienes todavía no han descubierto sus propios límites.
Manoplas apartó la mirada.
No le gustaba que aquella criatura cuestionara su capacidad para dominar lo que había recibido.