Capítulo 24. El perdón que nunca llegó
Una disculpa no puede borrar las heridas del pasado.
Lolo llevaba varios días dándole vueltas a la misma idea. Desde que había reconocido sus errores ante su familia y recibido las sanciones del instituto, algo había cambiado dentro de él. Ya no podía refugiarse en su antigua popularidad ni fingir que todo lo sucedido era una simple broma entre estudiantes.
Había perdido a sus amigos, el respeto de muchos compañeros y el lugar privilegiado que había ocupado durante tanto tiempo. Sin embargo, ninguna de aquellas consecuencias se acercaba al daño que había causado a Manoplas.
Por primera vez, Lolo comprendía que las consecuencias de sus actos no terminaban cuando dejaba de acosar a alguien. Las humillaciones permanecían en la memoria de quien las había sufrido. Las palabras crueles podían seguir doliendo incluso años después de haber sido pronunciadas.
Y él había sido responsable de muchas de ellas.
Recordaba perfectamente las veces que había arrebatado los libros a Manoplas, las burlas delante de otros estudiantes y las ocasiones en las que había utilizado su posición para hacerlo sentir inferior. También recordaba cómo había manipulado a su primo para que se acercara al omega después de la muerte del repartidor, aprovechándose de su tristeza con la intención de hacerle todavía más daño.
No había sido un error aislado.
Había sido una sucesión de decisiones crueles.
Lolo sabía que pedir perdón no cambiaría nada de lo ocurrido, pero necesitaba reconocer personalmente el daño que había causado. No quería inventar excusas ni pedirle a Manoplas que olvidara el pasado.
Solo quería decirle la verdad.
Una tarde, después del último toque de salida, lo encontró en uno de los pasillos menos transitados del instituto.
Manoplas estaba guardando sus libros en la mochila. Tenía el rostro cansado y una expresión distante que se había vuelto habitual desde que había regresado con sus poderes.
Al escuchar unos pasos, levantó la mirada.
Cuando reconoció a Lolo, sus hombros se tensaron inmediatamente.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó con frialdad.
Lolo se detuvo a varios metros de distancia.
—Necesito hablar contigo.
—Pues yo no necesito hablar contigo.
Manoplas cerró la mochila y se la colgó del hombro.
—Apártate.
—Solo serán unos minutos.
—¿No te cansas de molestarme?
—No he venido a molestarte.
Manoplas soltó una pequeña carcajada amarga.
—Eso decías siempre antes de hacerme alguna de tus bromitas.
Lolo bajó la mirada.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
El omega comenzó a caminar hacia la salida, pero Lolo habló antes de que pudiera marcharse.
—Quiero pedirte perdón.
Manoplas se detuvo.
Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil. Después giró lentamente la cabeza y lo miró con incredulidad.
—¿Perdón?
—Sí.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Después de todo lo que has hecho?
Lolo asintió.
Manoplas dejó escapar una risa seca.
—Qué curioso. Cuando tenías a todos detrás de ti, cuando eras el rey de este instituto y podías hacer lo que quisieras, nunca te preocupaste por pedirme perdón.
—Tienes razón.
—Y ahora que todos conocen la clase de persona que eres, de repente tienes remordimientos.
Lolo no respondió inmediatamente.
Sabía que cualquier intento de defenderse solo empeoraría las cosas.
—No espero que me creas —dijo finalmente—. Tampoco espero que me perdones. Solo quería reconocer lo que hice.
Manoplas apretó la correa de su mochila.
—Entonces habla. Pero no esperes que esto cambie nada.
Lolo respiró profundamente.
—Fui cruel contigo. Te humillé delante de tus compañeros, te hice sentir que no valías nada y convertí cada día que venías al instituto en una pesadilla. Y cuando estabas pasando por uno de los momentos más difíciles de tu vida, todavía encontré la manera de hacerte daño.
El omega apartó la mirada.
—Continúa.
—También utilicé a mi primo. Sabía que estaba intentando ayudarte y lo manipulé para que se acercara a ti. Quería que confiaras en él porque pensaba que así podría hacerte daño otra vez.
Manoplas volvió a mirarlo.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, aunque su expresión continuaba siendo dura.
—¿Sabes lo que significa eso para mí?
—Sí.
—No. No tienes ni idea.
El choque con la realidad
La voz de Manoplas comenzó a elevarse.
—Yo había perdido a la persona que amaba. Estaba intentando acostumbrarme a vivir sin él y tú aprovechaste mi dolor para jugar conmigo. Después mi madre enfermó. Tuve que verla deteriorarse poco a poco, cuidarla y soportar cómo cada día le costaba más hacer cosas que antes eran normales.
Lolo permaneció en silencio.
—Y cuando murió, me quedé completamente solo. No tenía fuerzas para levantarme de la cama, no encontraba motivos para continuar y había días en los que ni siquiera podía soportar mirarme al espejo.
Las luces del pasillo parpadearon.
Una vibración recorrió los casilleros metálicos.
Lolo observó cómo algunos objetos que había sobre una mesa cercana comenzaban a temblar.
—Manoplas...
—¡No he terminado!
La energía sobrenatural se extendió por el corredor. Una corriente helada recorrió el lugar y varios casilleros crujieron bajo una presión invisible.
—¿Sabes cuántas veces deseé desaparecer? ¿Cuántas noches pensé que no podría soportar un día más? ¿Cuántas veces me pregunté qué había hecho para merecer todo aquello?
Lolo sintió un nudo en la garganta.
—Lo siento.
—¡No me digas que lo sientes!
Un pequeño banco se desplazó unos centímetros por el suelo.
—No puedes venir ahora, decir dos palabras y esperar que todo desaparezca. ¡No puedes devolverme a mi primer amor! ¡No puedes devolverme a mi madre! ¡Y tampoco puedes borrar todo lo que me hiciste!