Capítulo 15. El precio de la venganza
Cuando el dolor se convierte en castigo.
Manoplas había dejado de ser el omega tímido que caminaba por los pasillos del instituto con la cabeza agachada. Aquel muchacho que antes intentaba pasar desapercibido, que recogía sus libros del suelo mientras escuchaba las carcajadas de sus compañeros, parecía haber desaparecido.
En su lugar había surgido alguien completamente distinto.
Ahora caminaba con la cabeza alta, los ojos fríos y una seguridad que antes jamás se habría atrevido a mostrar. Los estudiantes se apartaban cuando lo veían acercarse. Algunos bajaban la mirada, otros cambiaban de dirección y unos cuantos fingían estar ocupados para evitar cruzarse con él.
Manoplas había conseguido algo que durante años creyó imposible: ya nadie se atrevía a reírse de él.
Sin embargo, no había conseguido sentirse mejor.
Durante mucho tiempo había soportado las humillaciones en silencio. Había llegado a casa con lágrimas en los ojos, había escondido los moratones de su dignidad bajo una sonrisa falsa y había fingido ante su madre que todo estaba bien. Mientras él sufría, los demás continuaban con sus vidas como si nada hubiera ocurrido.
Lolo había sido el principal responsable de aquel sufrimiento. Sus burlas, sus amenazas y sus constantes humillaciones habían convertido el instituto en una pesadilla. Pero tampoco podía olvidar a quienes habían participado en aquellas situaciones ni a los que habían permanecido como espectadores.
Ahora tenía poder suficiente para enfrentarse a todos ellos.
Y estaba dispuesto a utilizarlo.
El comienzo de la venganza
Aquella mañana, Manoplas llegó al instituto con una idea muy clara. Ya no esperaría a que alguien lo provocara para responder. Esta vez sería él quien buscaría a sus antiguos acosadores.
Atravesó la entrada mientras varios estudiantes se apartaban de su camino. Las conversaciones se apagaban a su alrededor y las miradas lo seguían con una mezcla de curiosidad y temor.
Al llegar al pasillo principal, reconoció a dos de los chicos que solían acompañar a Lolo durante las humillaciones. Estaban apoyados junto a las taquillas, riéndose de algo que aparecía en uno de sus teléfonos.
Cuando vieron a Manoplas, dejaron de hablar.
—Buenos días —dijo él con una sonrisa sin alegría.
Los dos se miraron nerviosos.
—Manoplas... —murmuró uno—. No sabíamos que estabas aquí.
—¿No? Qué extraño. Antes siempre sabíais dónde encontrarme cuando queríais divertiros a mi costa.
—Eso fue hace tiempo.
Manoplas ladeó la cabeza.
—Para vosotros, quizá.
Extendió lentamente una mano. Los teléfonos de ambos comenzaron a temblar y salieron de sus manos, quedando suspendidos en el aire.
Los dos retrocedieron.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó uno.
—Solamente quiero que recordéis algo.
Los teléfonos giraron lentamente sobre sus propios ejes. Después, las taquillas que tenían detrás comenzaron a vibrar.
—Cuando me quitabais mis cosas y las tirabais al suelo, os parecía muy divertido —continuó Manoplas—. Cuando me obligabais a recogerlas mientras os reíais, tampoco os preocupaba demasiado cómo me sentía.
—Lo sentimos —respondió uno de ellos.
Manoplas soltó una pequeña carcajada.
—¿Ahora lo sentís?
Los teléfonos cayeron sobre las manos de sus propietarios. No estaban rotos, pero el mensaje había quedado claro.
—No volváis a acercaros a mí.
Los dos asintieron rápidamente.
Manoplas siguió caminando. Por primera vez, aquellos chicos habían experimentado una parte del miedo que él había soportado durante tanto tiempo.
Y aquello le produjo una satisfacción que no quiso cuestionar.
El miedo de los antiguos acosadores
Durante los días siguientes, Manoplas comenzó a recorrer el instituto buscando a todos aquellos que recordaba de sus peores momentos.
No todos habían participado directamente en las agresiones. Algunos habían reído, otros habían grabado las humillaciones y otros simplemente habían observado sin intervenir.
Para Manoplas, todos tenían algo que pagar.
En una ocasión, encontró a un estudiante que había presenciado cómo Lolo le arrebataba los libros y los lanzaba por las escaleras. Aquel chico nunca había participado directamente, pero tampoco había intentado ayudarlo.
—Tú estabas allí —dijo Manoplas.
El estudiante levantó la mirada.
—¿Qué?
—El día que Lolo me tiró los libros por las escaleras. Tú estabas allí. Te reíste.
—Yo no hice nada.
—Exactamente. No hiciste nada.
El muchacho tragó saliva.
—No quería meterme en problemas.
Manoplas se acercó un paso.
—Yo tampoco quería tener problemas. Solamente quería estudiar, volver a casa y estar tranquilo. Pero parece que eso era demasiado pedir.
Una papelera se elevó detrás del estudiante y quedó suspendida en el aire.
—No puedes obligarme a sentirme culpable —protestó el chico, aunque su voz temblaba.
—No necesito que te sientas culpable. Necesito que recuerdes lo que hiciste.
La papelera cayó al suelo con un estruendo.
El estudiante salió de allí apresuradamente.
Manoplas observó cómo se alejaba y sintió que había ganado otra pequeña batalla.
Pero, cuando se quedó solo, la satisfacción desapareció.
No había recuperado aquellos días.
No había borrado las lágrimas.
Y tampoco había conseguido olvidar lo que había sucedido.
Lolo pierde el control
De todas las personas que Manoplas quería hacer sufrir, Lolo ocupaba el primer lugar.
El alfa había pasado años creyéndose intocable. Su popularidad, su carácter dominante y el grupo de amigos que lo acompañaba le habían permitido actuar sin preocuparse demasiado por las consecuencias.
Pero las cosas habían cambiado.
Desde el regreso de Manoplas, muchos de sus antiguos compañeros habían comenzado a evitarlo. Algunos ya no querían sentarse con él, otros fingían no escucharlo y unos cuantos habían empezado a cuestionar su comportamiento.