Saga - Lágrimas en silencio

13- La tiranía del miedo

Capítulo 13. La agresividad

Cuando la víctima se convierte en verdugo

Al principio, el uso de sus habilidades sobrenaturales había sido para Manoplas un mecanismo de supervivencia. Después de tantos años soportando insultos, empujones y humillaciones, por fin tenía algo que le permitía defenderse. Ya no necesitaba esconderse en los baños, caminar mirando al suelo ni contener las lágrimas cada vez que Lolo se cruzaba en su camino.

Por primera vez en su vida, tenía el poder de impedir que alguien volviera a hacerle daño.

Sin embargo, aquella sensación de seguridad comenzó a transformarse lentamente en algo mucho más oscuro. Lo que había empezado como una coraza protectora terminó convirtiéndose en un veneno que se extendía por su interior.

El poder lo estaba transformando.

Manoplas ya no era el omega tímido que buscaba un poco de tranquilidad. Su carácter se había vuelto huraño, desconfiado y peligrosamente agresivo. Cualquier comentario podía hacerlo enfadar, cualquier mirada le parecía una provocación y cualquier intento de acercamiento despertaba sus sospechas.

Había aprendido a desconfiar de todo el mundo.

Y ahora tenía la fuerza suficiente para obligar a los demás a mantenerse alejados.

La tiranía del miedo

Los cambios comenzaron a hacerse evidentes en el instituto.

Cuando Manoplas caminaba por los pasillos, los estudiantes se apartaban inmediatamente. Nadie quería cruzarse con él ni llamar su atención. Algunos lo observaban con curiosidad, mientras que otros preferían fingir que no lo habían visto.

El antiguo omega indefenso se había convertido en alguien a quien todos temían.

Una mañana, mientras caminaba hacia su aula, un estudiante chocó accidentalmente contra su hombro.

—Perdona, no te había visto —se disculpó rápidamente.

Manoplas se detuvo.

—¿Qué has dicho?

—Que lo siento. Ha sido sin querer.

El muchacho intentó continuar su camino, pero el omega levantó una mano.

La mochila del estudiante comenzó a temblar.

—Espera. ¿Te parece normal empujarme?

—No te he empujado. Ha sido un accidente.

Los libros comenzaron a salir de la mochila y quedaron suspendidos en el aire.

El estudiante abrió los ojos, asustado.

—Por favor, déjame.

Manoplas se acercó lentamente.

—¿Ahora tienes miedo?

—Solo quiero ir a clase.

El omega observó su expresión aterrorizada y sintió una satisfacción extraña.

Durante años había sido él quien suplicaba que lo dejaran tranquilo. Ahora los demás tenían que hacerlo.

—Pues aprende a mirar por dónde vas.

Con un movimiento de los dedos, dejó caer los libros al suelo.

El estudiante se agachó rápidamente para recogerlos mientras Manoplas continuaba su camino.

Nadie intervino.

Algunos compañeros habían presenciado la escena, pero ninguno se atrevió a decir nada.

Manoplas sonrió.

Aquello era exactamente lo que quería: que todos supieran que ya no podían tratarlo como antes.

Sin embargo, no parecía darse cuenta de que acababa de humillar a alguien que no le había hecho ningún daño.

Un poder que no conoce límites

Con el paso de los días, sus habilidades comenzaron a manifestarse incluso cuando no tenía intención de utilizarlas.

Cuando se enfadaba, los cristales de las ventanas vibraban. Las puertas se cerraban violentamente y los escritorios se desplazaban unos centímetros sobre el suelo.

En ocasiones, la energía oscura parecía responder antes incluso de que él terminara de formular un pensamiento.

Durante una clase, un profesor le pidió que guardara el teléfono.

—Manoplas, deja el móvil y presta atención.

El omega levantó lentamente la mirada.

—¿Qué pasa?

—Te he pedido que guardes el teléfono.

—Estoy haciendo lo que quiero.

El profesor suspiró.

—No voy a discutir contigo. Guarda el dispositivo.

Manoplas apretó los dientes.

De repente, todos los pupitres comenzaron a temblar.

Los alumnos se quedaron inmóviles.

—¿Qué está pasando? —preguntó una estudiante.

Un fuerte golpe sacudió la puerta del aula. Después, las ventanas vibraron con tanta intensidad que algunos compañeros se apartaron de ellas.

El profesor miró directamente a Manoplas.

—Detén esto.

—No estoy haciendo nada.

Pero sabía perfectamente que aquello estaba relacionado con él.

Le bastaba con sentir rabia para que su poder se manifestara.

Finalmente, los pupitres dejaron de moverse.

El profesor se acercó a su mesa.

—Necesitas controlar lo que estás haciendo.

Manoplas soltó una carcajada.

—¿Ahora resulta que todos sois expertos en decirme lo que tengo que hacer?

—No quiero discutir contigo.

—Entonces no me molestes.

El profesor decidió continuar la clase.

Manoplas volvió a mirar por la ventana, satisfecho de haber conseguido que todos guardaran silencio.

Pero, en el fondo, comenzaba a perder el control de unas habilidades que cada día parecían más poderosas.

La rabia contra todos

Manoplas empezó a utilizar sus poderes indiscriminadamente.

Ya no diferenciaba entre quienes lo habían acosado durante años y quienes simplemente habían presenciado las humillaciones sin intervenir.

Para él, todos formaban parte de un mismo mundo que lo había abandonado cuando más necesitaba ayuda.

Una tarde, en el patio, varios estudiantes se acercaron a él.

Uno de ellos había presenciado cómo Manoplas intimidaba a un compañero y decidió intervenir.

—Oye, deberías dejar de meterte con los demás.

Manoplas levantó la cabeza.

—¿Perdona?

—Lo que estás haciendo no está bien.

—¿Y desde cuándo te importa lo que está bien?

—No tienes derecho a tratar así a la gente.

El omega soltó una risa amarga.

—Qué curioso. Cuando era yo quien recibía los golpes, nadie hablaba de derechos.



#339 en Detective
#319 en Novela negra
#93 en Joven Adulto

En el texto hay: drama, terror, omega verse

Editado: 07.11.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.