Capítulo 16. Un corazón convertido en cenizas
El precio de un poder que consume los recuerdos.
Durante un tiempo, Manoplas había creído que sus habilidades sobrenaturales eran la respuesta a todos sus problemas. Después de tantos años soportando humillaciones, burlas y desprecios, por fin tenía algo que los demás no podían arrebatarle: poder.
Ya no era el omega tímido que caminaba por los pasillos del instituto intentando evitar las miradas de Lolo. Ahora eran los demás quienes se apartaban cuando lo veían llegar. Nadie se atrevía a quitarle sus pertenencias, a empujarlo ni a reírse de él.
Había conseguido cambiar las tornas.
Al principio, aquella transformación le había proporcionado una satisfacción enorme. Cada vez que utilizaba sus habilidades, sentía que recuperaba una pequeña parte de todo lo que le habían arrebatado. Podía levantar objetos sin tocarlos, hacer temblar las paredes y detener cualquier movimiento con un simple gesto.
Sin embargo, había algo que no había tenido en cuenta.
El espíritu de las cenizas le había advertido de que el pacto tendría un precio, pero Manoplas había preferido no pensar demasiado en ello. Estaba convencido de que podía soportar cualquier consecuencia con tal de no volver a sentirse indefenso.
Ahora empezaba a descubrir lo equivocado que estaba.
Los primeros recuerdos que desaparecen
Todo comenzó una tarde aparentemente normal.
Manoplas estaba sentado en su habitación, mirando el teléfono móvil. Había pasado mucho tiempo desde que se había detenido a revisar las conversaciones antiguas con su primer amor.
Durante los primeros días después de su muerte, había leído aquellos mensajes una y otra vez. Eran una de las pocas cosas que todavía le permitían sentirse cerca de él.
Recordaba las conversaciones nocturnas, las bromas y las pequeñas confidencias que habían compartido. Recordaba cómo esperaba cada entrega de pizza y cómo se le aceleraba el corazón cuando escuchaba el timbre de la puerta.
Pero aquella tarde quiso recordar algo más concreto.
Intentó reconstruir una conversación en la que el repartidor había conseguido hacerlo reír durante varios minutos.
Cerró los ojos.
Al principio apareció una imagen borrosa: la puerta de casa, una caja de pizza entre las manos del muchacho y una sonrisa que parecía iluminarlo todo.
Manoplas intentó escuchar su voz.
Nada.
Sabía que habían hablado durante mucho tiempo. Recordaba que se habían contado cosas importantes y que habían compartido momentos felices. Sin embargo, las palabras exactas habían desaparecido.
—¿Qué me está pasando? —murmuró.
Abrió los mensajes y comenzó a leerlos.
Algunos le hicieron reconocer situaciones que había vivido, pero ya no conseguía recuperar la misma emoción de antes.
Era como leer la historia de dos personas desconocidas.
Dejó el teléfono sobre la cama y se llevó las manos a la cabeza.
—No puede ser...
Durante unos segundos intentó convencerse de que solamente estaba cansado. Había pasado por demasiadas cosas y quizá su mente necesitaba descansar.
Pero aquella explicación dejó de parecerle suficiente cuando el mismo problema apareció con los recuerdos de su madre.
La voz de mamá
Al día siguiente, mientras ordenaba algunas pertenencias, encontró una fotografía antigua.
En ella aparecía junto a su madre durante una tarde de verano. Ella lo abrazaba por los hombros y ambos sonreían frente a la cámara.
Manoplas se quedó contemplándola.
Aquella mujer había sido su refugio durante toda su infancia. Lo había cuidado cuando estaba enfermo, lo había consolado después de los peores días en el instituto y había intentado protegerlo incluso cuando su propia enfermedad comenzaba a arrebatarle sus capacidades.
Él había estado a su lado durante el deterioro.
Había preparado sus comidas, la había ayudado a vestirse y había aprendido a realizar tareas que antes nunca había necesitado hacer. También había escuchado sus palabras cuando todavía podía expresarse con claridad.
Recordaba todo aquello.
Pero quiso comprobar si todavía podía recordar su voz.
Cerró los ojos y trató de imaginarla llamándolo desde la cocina.
—Manoplas, ven a cenar.
La frase apareció en su mente, pero sonaba vacía. No conseguía reproducir el tono exacto, ni la dulzura con la que pronunciaba su nombre.
Intentó recordar las canciones que solía tararear mientras ordenaba la casa.
Tampoco pudo.
Apretó la fotografía entre los dedos.
—Mamá...
Esperaba sentir aquella punzada de nostalgia que tantas veces lo había hecho llorar desde su muerte. Esperaba que los recuerdos le devolvieran, aunque solo fuera durante unos segundos, la sensación de tenerla cerca.
Pero no llegó nada.
Su mente reconocía a aquella mujer como su madre. Sabía cuánto la había querido y cuánto había sufrido al verla enfermar.
Sin embargo, el sentimiento parecía haberse quedado detrás de una puerta cerrada.
Aquello lo aterrorizó.
—No quiero olvidarte —susurró.
Una lágrima resbaló por su mejilla, aunque ni siquiera sabía si estaba llorando por el recuerdo perdido o por el miedo a perder los demás.
Por primera vez, comprendió que el pacto no estaba borrando solamente acontecimientos de su pasado.
Estaba arrancándole las emociones que los mantenían vivos.
El verdadero precio del pacto
Aquella noche, Manoplas permaneció despierto durante horas.
Había dejado la fotografía sobre la mesilla y no podía apartar la mirada de ella.
Se preguntaba cuántos recuerdos habría perdido ya sin darse cuenta. Quizá algunas conversaciones con su madre, alguna broma de su primer amor o pequeños momentos de felicidad que antes consideraba insignificantes.
Se levantó y comenzó a caminar por la habitación.
—No voy a permitirlo —dijo en voz baja.