Saga - Lágrimas en silencio

19- Una promesa entre cenizas

Capítulo 19. Las cartas que sobrevivieron al fuego

Una promesa olvidada, un amor prohibido y una verdad enterrada entre las cenizas.

La investigación de Manoplas no había hecho más que empezar. Desde que descubrió la existencia del antiguo pueblo y el incendio que lo destruyó, su curiosidad se había convertido en una obsesión.

Había algo que no encajaba.

Los documentos oficiales estaban incompletos, algunas fechas parecían haber sido modificadas y había nombres que desaparecían de los registros sin explicación. Cuanto más investigaba, más convencido estaba de que alguien había querido borrar aquella historia.

Pero lo que más le inquietaba era el comportamiento del espíritu.

Desde su encuentro en la habitación, la entidad se había vuelto todavía más distante. Seguía apareciendo de vez en cuando, especialmente durante la noche, pero cada vez que Manoplas intentaba preguntarle por el incendio, el fantasma evitaba responder.

—No puedes seguir ocultándome cosas —le había dicho en una ocasión.

El espíritu simplemente había desaparecido.

Manoplas estaba cansado de las respuestas a medias. Había aceptado un pacto con aquella criatura y estaba pagando un precio demasiado alto por sus poderes. Cada vez le costaba más recordar los momentos felices de su vida. No quería perder también la posibilidad de comprender por qué estaba involucrado en aquella historia.

Necesitaba encontrar algo que obligara al espíritu a hablar.

Y aquella oportunidad apareció donde menos lo esperaba.

El hallazgo en el archivo

Una tarde, Manoplas regresó a la biblioteca municipal. Había pasado buena parte de los últimos días revisando periódicos, mapas y documentos antiguos, pero todavía no había encontrado información suficiente.

La bibliotecaria lo reconoció cuando entró.

—Otra vez por aquí. Parece que ese pueblo te interesa bastante.

—Todavía me faltan algunas cosas por descubrir.

—Quizá deberías revisar las cajas de donaciones antiguas. Hay documentos que todavía no hemos podido clasificar.

Manoplas levantó la mirada.

—¿Dónde están?

—En el sótano. Pero ten cuidado. Algunas cajas llevan años sin abrirse.

El omega le dio las gracias y bajó por las escaleras.

El sótano era pequeño y estaba lleno de estanterías metálicas. Había cajas de cartón apiladas unas encima de otras, carpetas polvorientas y documentos que parecían llevar décadas olvidados.

Manoplas encendió la luz y comenzó a revisar los materiales.

Durante un buen rato solo encontró facturas antiguas, fotografías sin identificar y papeles administrativos que no tenían ninguna relación con su investigación.

Estaba a punto de rendirse cuando descubrió una caja de cartón escondida detrás de otras más grandes.

La apartó con cuidado y la colocó sobre una mesa.

En uno de sus laterales había una inscripción casi borrada.

«Donaciones privadas. Documentación personal».

Manoplas abrió la caja.

Dentro encontró varios sobres, fotografías y pequeños cuadernos. Algunos documentos estaban deteriorados por la humedad, mientras que otros conservaban bastante bien su aspecto original.

Empezó a revisarlos uno por uno.

Entonces sus dedos rozaron un sobre amarillento que parecía estar oculto bajo el forro de cartón despegado de la caja.

Lo sacó lentamente.

En el anverso había una inscripción escrita con una caligrafía elegante, aunque algo apresurada.

«Cartas personales. No destruir».

Manoplas sintió curiosidad.

Abrió el sobre con cuidado y encontró varios pliegues de papel.

Eran cartas antiguas.

Las palabras del pasado

Se sentó frente a la mesa y comenzó a leer.

La primera carta estaba fechada muchos años antes del incendio. El papel tenía algunas manchas, pero la mayor parte del texto seguía siendo legible.

Hablaba de una persona que vivía en el pueblo y que mantenía una relación muy estrecha con alguien a quien su familia no aceptaba.

Manoplas pasó los ojos por las líneas.

No aparecían nombres completos, solo iniciales y referencias indirectas. Sin embargo, había algo que llamó especialmente su atención: varias veces se mencionaba el viejo naranjo.

El mismo árbol de la fotografía.

Continuó leyendo.

La persona que escribía hablaba de encuentros secretos, de conversaciones a escondidas y de una promesa que ambos habían hecho bajo sus ramas.

También mencionaba la oposición de sus familias.

—¿Qué clase de relación tenían? —murmuró Manoplas.

Pasó a la siguiente carta.

El tono era más triste. La persona que la había escrito parecía desesperada por mantener aquella unión, a pesar de las presiones que recibían.

Había referencias a una fractura familiar, a amenazas y a un compromiso que parecía imposible de cumplir.

Manoplas sintió que estaba descubriendo una parte de la historia que alguien había intentado esconder.

Siguió leyendo hasta llegar a un párrafo que le hizo detenerse.

«No importa lo que digan los demás. Bajo aquel árbol prometimos que, pasara lo que pasara, nuestros caminos volverían a encontrarse. Si algún día nos separan, quiero que recuerdes que las cenizas también guardan lo que el fuego intenta borrar».

Manoplas dejó la carta sobre la mesa.

Aquellas palabras le resultaban inquietantemente familiares.

El espíritu le había hablado de cenizas, de una promesa y de algo que todavía necesitaba recuperar. Ahora tenía delante unas cartas que relacionaban exactamente esos mismos elementos.

No podía ser una coincidencia.

Revisó los documentos restantes.

Algunas hojas estaban demasiado deterioradas para poder leerse, pero una de ellas parecía especialmente importante. Era una carta escrita poco antes de la tragedia.

Su caligrafía era más irregular y las frases parecían haber sido redactadas con urgencia.

Manoplas comenzó a leer.



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En el texto hay: drama, terror, omega verse

Editado: 07.11.2026

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