Capítulo 2. El primer amor
La existencia de Manoplas se había encogido hasta convertirse en una sombra de lo que había sido. Durante meses, salir al exterior se había transformado en una tarea casi imposible. Cada paso fuera de casa significaba enfrentarse a miradas, comentarios y recuerdos que prefería mantener encerrados.
El instituto se había convertido en una pesadilla. Las burlas de Lolo y de sus amigos habían conseguido que Manoplas perdiera la confianza en sí mismo. Ya no disfrutaba paseando, quedando con otras personas ni descubriendo lugares nuevos. Su habitación era su refugio, el único sitio donde podía bajar la guardia sin miedo a que alguien lo humillara.
Pasaba las horas con las persianas medio bajadas, el teléfono entre las manos y la televisión encendida como ruido de fondo. Su madre intentaba animarlo, pero él siempre encontraba una excusa para no salir.
—Cariño, hace días que no das un paseo. ¿Por qué no salimos un rato mañana? —le propuso una tarde.
Manoplas negó con la cabeza.
—Prefiero quedarme aquí.
—No puedes pasar todo el tiempo encerrado.
—Estoy bien, mamá. No te preocupes.
Ella lo observó con preocupación, pero no insistió. Sabía que su hijo estaba atravesando una etapa difícil, aunque todavía desconocía buena parte de lo que ocurría en el instituto.
Aquella noche, Manoplas sintió hambre. No tenía ganas de cocinar y tampoco quería bajar a comprar nada. Después de mirar varias veces el menú de una aplicación de comida a domicilio, decidió pedir una pizza.
Era una decisión sencilla, pero no imaginaba que aquella entrega terminaría cambiando su vida.
Cuando sonó el timbre, se levantó lentamente de la cama. Se acercó a la puerta y miró por la mirilla antes de abrir. Al otro lado había un joven con una mochila térmica a la espalda y una sonrisa amable.
—Buenas noches. ¿Un pedido para Manoplas?
—Sí, soy yo —respondió tímidamente.
—Perfecto. Aquí tienes. Que aproveche.
El repartidor le entregó la caja caliente. Manoplas la sujetó con ambas manos y estuvo a punto de cerrar la puerta cuando el joven volvió a hablar.
—Oye, ¿estás bien?
Manoplas levantó ligeramente la mirada.
—Sí. ¿Por qué?
—No sé. Tienes cara de haber tenido un día bastante complicado.
El omega se quedó desconcertado. No estaba acostumbrado a que alguien se fijara en su expresión, y mucho menos a que se lo preguntara con aquella naturalidad.
—Estoy cansado, nada más.
—Entonces espero que esta pizza te alegre un poquito la noche.
El joven sonrió y se despidió con un gesto de la mano.
Manoplas cerró la puerta y permaneció unos segundos inmóvil, sujetando la caja.
No había ocurrido nada extraordinario. Apenas habían intercambiado unas palabras. Sin embargo, aquella pequeña conversación le había dejado una sensación agradable.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien se había interesado por cómo estaba sin burlarse de él.
Aquella noche, mientras cenaba sentado en su cama, recordó la sonrisa del repartidor.
Y, sin darse cuenta, sonrió también.
Una visita inesperada
Las semanas siguientes trajeron consigo un pequeño cambio en la rutina de Manoplas.
Los pedidos de comida a domicilio se volvieron habituales, especialmente los fines de semana. Y, por casualidad, muchas de aquellas entregas comenzaron a coincidir con los turnos del mismo repartidor.
La primera vez que volvió a verlo, Manoplas lo reconoció inmediatamente.
—¡Hola! Otra vez tú —saludó el joven.
—Hola —respondió el omega, algo avergonzado.
—Parece que la pizza se está convirtiendo en una tradición.
Manoplas bajó la mirada, pero una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Es que me gusta mucho.
—Eso está claro. Ya conozco tu pedido de memoria.
Aquella frase hizo que Manoplas soltara una risa breve.
El repartidor pareció satisfecho al escucharla.
—¡Eso es! Sabía que podía conseguir que te rieras.
—No me estaba riendo.
—Claro que sí. No intentes engañarme.
Manoplas negó con la cabeza, divertido.
Desde entonces, las entregas dejaron de ser tan rápidas. El repartidor siempre encontraba algún motivo para prolongar unos segundos la conversación. A veces comentaba el tiempo, otras hablaba de algún cliente extraño o contaba anécdotas de sus rutas.
Manoplas comenzó a esperar aquellos encuentros con una ilusión que no sabía explicar.
—¿Otra vez atrincherado en casa? —le preguntó una noche mientras le entregaba una bolsa.
—Me gusta estar aquí. Es tranquilo.
—Eso no lo dudo. Pero las paredes pueden hacerse un poco pequeñas cuando pasas demasiado tiempo entre ellas.
—Fuera hay demasiado ruido.
El joven asintió, sin burlarse ni insistir.
—Entonces habrá que encontrar algún sitio tranquilo para ti. No todo el mundo disfruta de las multitudes.
Manoplas levantó la mirada.
—¿Tú sí?
—Depende del día. A veces me paso tantas horas hablando con clientes que lo único que quiero al terminar es sentarme en silencio.
—Entonces somos parecidos.
—Puede ser.
El repartidor sonrió antes de despedirse.
Cuando la puerta se cerró, Manoplas se quedó pensando en aquella conversación.
No le había pedido explicaciones. Tampoco había intentado obligarlo a salir de casa. Simplemente había escuchado lo que decía y lo había aceptado.
Aquello significaba mucho más de lo que el joven podía imaginar.
Con el tiempo, Manoplas descubrió algunas cosas sobre él. Supo que trabajaba muchas horas, que utilizaba una motocicleta bastante vieja y que a menudo terminaba sus turnos agotado. También descubrió que tenía una forma especial de contar historias: conseguía que incluso las situaciones más aburridas parecieran divertidas.
Y, poco a poco, Manoplas empezó a hablar más.
Al principio respondía con frases cortas. Después se atrevió a contarle pequeñas cosas sobre sus gustos, las películas que veía y la música que escuchaba.