Capítulo 33. Las verdades que quedaron enterradas
El patio del instituto permaneció en un silencio sepulcral durante varios minutos.
Las dos figuras de piedra continuaban inmóviles bajo la luz tenue del atardecer. Manoplas y Lolo habían quedado frente a frente, con los brazos extendidos y las palmas separadas por apenas unos centímetros. Sus rostros conservaban la gélida expresión de angustia de los últimos instantes, como si todavía aguardasen el milagro de una intervención que detuviera el tiempo.
El anciano seguía arrodillado ante ellos.
No lograba apartar los ojos de aquellas siluetas que, hasta hacía poco, albergaban un latido. Durante generaciones, su linaje había custodiado los legajos polvorientos y los mitos en torno al pueblo fantasma, al fuego purificador y a las promesas quebradas. Sin embargo, jamás vislumbró que los ecos de aquellos relatos terminarían encarnándose en una carnicería tan íntima.
—Perdonadme... —farfulló.
Su voz se quebró, disolviéndose en el aire frío de los pasillos desiertos.
Extendió una mano trémula y rozó la manga petrificada de Manoplas. La superficie se sentía gélida, áspera y completamente ajena a cualquier atisbo de calor humano. No quedaba rastro de vida bajo el granito.
El cuidador cerró los ojos con pesadumbre.
—Debí contaros la verdad antes.
Pero el eco de su arrepentimiento ya no hallaba oídos dispuestos a recibirlo.
Recogió los documentos desparramados sobre el banco y los introdujo con pulso torpe en el arca de madera. Antes de girarse para partir, contempló una última vez las estatuas. Había llegado tarde. Y lo más doloroso era la certeza de que el peso del desastre no recaía exclusivamente sobre la maldición: durante demasiado tiempo, el miedo a desenterrar los secretos de familia había pesado más que el deber moral de advertir a los inocentes.
Dos muchachos acababan de saldar con su propia carne una factura que no les pertenecía.
El anciano se irguió con esfuerzo, apoyándose con fuerza en su bastón, y abandonó el recinto escolar. Aquella noche no retornaría al pueblo; tenía una última obligación pendiente antes de que el mundo exterior despertara.
La noticia que nadie quería recibir
A la mañana siguiente, el instituto abrió sus puertas con la rutina habitual.
Los estudiantes desfilaban por las entradas entre risas, comentarios sobre los exámenes y discusiones triviales. Algunos enfilaban los pasillos hacia sus aulas, mientras otros aguardaban en corrillos apoyados en las taquillas. Ninguno sospechaba lo que el patio albergaba desde el atardecer anterior.
La primera persona en dar la voz de alarma fue un operario de mantenimiento que revisaba las tuberías exteriores.
Al doblar la esquina y enfocar la zona de recreo, creyó que se trataba de una nueva instalación artística o un par de estatuas decorativas. Sin embargo, al aproximarse lo suficiente como para distinguir los jerséis y los rasgos esculpidos en la piedra, dio un paso atrás, asfixiado por un frío repentino.
—¡Dios santo...!
Volvió a acercarse, conteniendo la respiración.
—¿Manoplas? ¿Lolo?
Ningún parpadeo rompió la quietud. Ninguna respiración empañó el aire.
El trabajador, con el pulso desbocado, extrajo su teléfono móvil y marcó el número de dirección.
Minutos más tarde, varios profesores acudieron al lugar a paso apresurado. Al comprobar la identidad de las estatuas, el desconcierto general dio paso al espanto.
—Esto es imposible... —susurró una docente, llevándose las manos a la boca.
—Ayer estaban aquí. Yo misma los vi marchar juntos tras la última clase —aportó otro profesor, con los ojos abiertos de par en par.
El director del centro intentó tantear una de las superficies, retirando los dedos de inmediato ante la dureza inquebrantable de la roca.
—Avisen a emergencias de inmediato. Y asegúrense de que ningún alumno se acerque.
La noticia corrió por los pasillos con la velocidad de un incendio forestal. Las caras de asombro y los murmullos se apoderaron de las aulas.
Cuando el primo de Lolo escuchó los nombres de los desaparecidos cruzando el aire del vestíbulo, sintió que el suelo se desfondaba bajo sus zapatillas.
—¿Qué acabas de decir? —le espetó a un compañero, agarrándolo por las solapas.
El chico lo miró con sincera consternación.
—Han... han encontrado dos estatuas extrañas en el patio. Dicen los profes que son Lolo y Manoplas.
El joven negó rotundamente con la cabeza.
—Estás loco. Eso es una broma macabra.
Se desmarcó a empujones y echó a correr hacia el exterior sin aguardar más explicaciones.
Al irrumpir en el patio acordonado, se topó con el cerco de profesores. Se quedó petrificado. Reconoció el dobladillo del pantalón de Lolo, el corte de su chaqueta, las facciones de su rostro atrapadas en un rictus de dolor puro. Y a su lado, la silueta inconfundible de Manoplas, cuya mirada de piedra parecía exhalar un sufrimiento insondable.
—No... No puede ser... —murmuró.
Intentó romper el cordón de seguridad.
—¡Oye, chico, no puedes pasar por ahí! —le advirtió un docente.
—¡Es mi primo! ¡Dejadme ver a mi primo!
—Lo sabemos, pero nadie debe tocar nada hasta que lleguen las autoridades.
El joven contempló las estatuas con el alma rota. Le costaba procesar que aquel fuera el desenlace. Lolo había cambiado de verdad; había asumido su culpa, había pedido perdón sin coartadas y trataba de enmendar su rumbo. Y Manoplas, tras arrastrarse por el fango del dolor y la ira, comenzaba a reconstruir su paz interior.
Ahora solo quedaban dos monumentos mudos al borde del colapso.
—¿Por qué...? —balbuceó al aire vacío, incapaz de hallar consuelo.
Una explicación que no podía reparar nada
Horas después, el anciano cruzó las puertas del instituto portando el arca de madera. El director lo interceptó en el vestíbulo y lo condujo raudo a una sala de juntas desocupada, flanqueado por varios miembros del claustro.