Capítulo 31. Un amor antes de la verdad
Una confesión, un beso y un secreto familiar que amenaza con destruirlo todo.
Había transcurrido un año desde que el primer dominó de aquella historia se desplomó.
Un año desde que Manoplas caminaba por los pasillos del instituto con la cabeza agachada, intentando pasar desapercibido para evitar las burlas de sus compañeros. Un año lleno de sufrimiento, pérdidas, secretos, pactos sobrenaturales y decisiones que habían cambiado sus vidas para siempre.
Muchas cosas eran diferentes.
Manoplas ya no tenía poderes. El espíritu descansaba bajo las raíces del viejo naranjo y el pacto que había marcado su destino había desaparecido. Sin embargo, las heridas emocionales seguían presentes. Había perdido a su primer amor, había visto morir a su madre y había tenido que enfrentarse a una versión de sí mismo que jamás habría imaginado llegar a ser.
A pesar de todo, estaba aprendiendo a vivir de nuevo.
Lolo también había cambiado. El antiguo alfa popular y cruel ya no disfrutaba humillando a los demás ni necesitaba demostrar su superioridad. Había perdido amistades, reconocimiento y buena parte de su antigua posición social. Pero, por primera vez, estaba intentando construir una vida basada en algo distinto al miedo.
Durante los últimos meses, ambos habían compartido conversaciones, paseos y silencios. Manoplas había aprendido a sentirse algo más cómodo a su lado, aunque todavía existían recuerdos que le provocaban dolor.
Entre ellos había nacido un sentimiento que ninguno se atrevía a nombrar.
Pero Lolo guardaba un secreto.
Uno que llevaba años escondiendo.
Y había llegado el momento de contarlo.
El valor de la confesión
Aquella tarde, el instituto estaba prácticamente vacío.
La mayoría de los estudiantes ya se habían marchado y los profesores terminaban de recoger sus materiales. El sol del otoño iluminaba los ventanales y proyectaba largas sombras sobre el patio.
Lolo esperaba sentado en uno de los bancos de madera.
Tenía las manos entrelazadas y no dejaba de mover los dedos. Había ensayado aquella conversación muchas veces, pero ahora que estaba a punto de suceder, todas las palabras parecían haberse escondido.
Manoplas apareció unos minutos después.
—Hola —saludó el omega.
Lolo levantó la cabeza.
—Hola.
—Me dijiste que querías hablar conmigo.
—Sí. Gracias por venir.
Manoplas dejó la mochila junto al banco y se sentó a su lado, manteniendo cierta distancia.
—¿Ha pasado algo?
—No exactamente.
—Entonces, ¿qué ocurre?
Lolo respiró profundamente.
—Hay algo que llevo mucho tiempo queriendo contarte.
Manoplas lo observó con atención.
—Te escucho.
El alfa bajó la mirada.
—Durante años he fingido ser alguien que no soy. He intentado encajar en lo que los demás esperaban de mí. Siempre he tenido miedo de que descubrieran una parte de mí que no sabía cómo aceptar.
—¿De qué estás hablando?
Lolo se humedeció los labios.
—Soy gay.
Manoplas permaneció en silencio.
Lolo sintió que el corazón le golpeaba el pecho. Había imaginado muchas veces aquella confesión y casi siempre terminaba imaginando rechazo, burlas o desprecio.
—Nunca se lo he contado a nadie —continuó—. Tenía miedo de mis padres, de mis amigos y de lo que pudieran pensar de mí. Durante mucho tiempo creí que tenía que comportarme como el alfa que todos querían que fuera.
Hizo una pausa.
—Me daba miedo que descubrieran que no encajaba en aquella imagen.
Manoplas escuchó sin interrumpirlo.
—Y quiero que entiendas algo —añadió Lolo—. No te estoy contando esto para justificar lo que hice contigo. Mi orientación no tiene nada que ver con mis crueldades. Te hice daño porque fui cruel, porque disfrutaba teniendo poder sobre los demás y porque nunca me preocupé por las consecuencias.
Lolo levantó finalmente la mirada.
—Solo quería que conocieras esa parte de mí. No quiero seguir escondiéndome.
Manoplas tardó unos segundos en responder.
—Gracias por confiar en mí.
El alfa parpadeó, sorprendido.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas que dijera?
—No lo sé. Quizá que te parecía extraño o que no querías saber nada de mí.
Manoplas negó suavemente con la cabeza.
—No tienes que avergonzarte por ser quien eres, Lolo. No voy a juzgarte por a quién amas.
Los ojos del alfa se humedecieron.
—No sabes cuánto necesitaba escuchar eso.
—Pero hay algo que quiero dejar claro.
—Dime.
—Que acepte tu orientación no significa que haya olvidado todo lo que me hiciste. Todavía hay cosas que me duelen y no quiero que confundas mi comprensión con un perdón automático.
Lolo asintió.
—Lo entiendo. Nunca te pediría eso.
Manoplas le dedicó una pequeña sonrisa.
—Entonces está bien.
El alfa respiró profundamente. Sentía que acababa de quitarse un peso que llevaba años oprimiéndole el pecho.
Sin embargo, todavía quedaba algo más.
Algo mucho más difícil de pronunciar.
Una segunda confesión
Lolo miró sus manos.
—Hay otra cosa que necesito decirte.
—¿Qué ocurre?
—No sé exactamente cuándo empezó.
Manoplas frunció ligeramente el ceño.
—¿El qué?
Lolo tragó saliva.
—Lo que siento por ti.
El omega se quedó quieto.
—Lolo...
—Déjame terminar, por favor.
Manoplas asintió.
—Durante mucho tiempo pensé que solo quería recuperar el control sobre ti. Después empecé a darme cuenta de todo el daño que había causado. Quise cambiar, aunque sabía que probablemente nunca me perdonarías.
El alfa hizo una pausa.
—Pero, mientras pasaban los meses, empecé a pensar en ti de otra manera. Me importaba saber si habías tenido un buen día, si estabas triste o si necesitabas compañía. Quería estar cerca, aunque sabía que no tenía derecho a exigirte nada.