Capítulo 20. Una culpa enterrada entre las ruinas
No todos los fantasmas son víctimas. Algunos también cargan con los pecados que cometieron en vida.
Manoplas llevaba días pensando en las cartas que había encontrado en la biblioteca. Desde su último encuentro con el espíritu, muchas cosas habían cambiado en su manera de entender aquella historia.
Al principio había creído que el fantasma era simplemente alguien que había sufrido una tragedia injusta. Una persona que había perdido a su familia y su hogar durante un incendio y que, por alguna razón, no había podido encontrar descanso.
Sin embargo, las cartas habían demostrado que existía una historia mucho más complicada detrás de aquella tragedia.
Había dos personas unidas por una promesa, familias enfrentadas y unas cenizas que debían volver a encontrarse bajo el viejo naranjo.
El espíritu seguía sin explicarle nada.
Cada vez que Manoplas intentaba preguntarle por el pasado, la entidad desaparecía o respondía con frases enigmáticas. Aquello comenzaba a desesperarlo.
Además, el pacto continuaba cobrándose su precio. Algunos recuerdos de su madre se estaban volviendo borrosos y cada vez le costaba más reconstruir la voz de su primer amor. El poder que había conseguido para dejar de sentirse indefenso estaba llevándose poco a poco una parte de él.
No podía permitir que aquello continuara.
Si quería cumplir su promesa, primero necesitaba conocer la verdad.
Y quizá la respuesta no estaba en los documentos, sino en alguien que hubiera vivido aquella tragedia.
La última persona que recordaba el pueblo
Manoplas regresó a la biblioteca municipal con una idea diferente. Ya había revisado periódicos, fotografías y cartas, pero todavía no había hablado con nadie que hubiera conocido personalmente a los habitantes del pueblo.
Se acercó al mostrador y preguntó por los antiguos registros municipales.
—Necesito consultar los padrones de población de aquella época —explicó.
La bibliotecaria lo miró con curiosidad.
—¿Todavía sigues investigando ese pueblo?
—Sí. Creo que hay cosas que no se contaron.
La mujer lo observó unos segundos antes de asentir.
—Los registros antiguos están guardados en el archivo. Quizá encuentres algo.
Manoplas pasó varias horas revisando documentos. Algunos estaban deteriorados y otros resultaban difíciles de interpretar, pero finalmente encontró un padrón de habitantes que parecía corresponder a los años anteriores al incendio.
Comenzó a revisar los nombres.
Muchos aparecían acompañados de anotaciones posteriores: fallecido, trasladado, desaparecido o cambio de residencia.
Manoplas fue descartando a quienes ya habían muerto y prestó especial atención a las personas que habían abandonado el pueblo antes de la tragedia.
Entonces encontró un nombre que seguía apareciendo en los registros de una localidad vecina.
Una mujer que había vivido en el pueblo durante su infancia y juventud.
Según la documentación, todavía residía en aquella zona.
Manoplas anotó la dirección y guardó sus papeles.
Quizá aquella mujer pudiera contarle algo que los documentos no habían conservado.
La anciana de los recuerdos
Encontrarla no fue sencillo.
La dirección correspondía a una pequeña vivienda situada en una calle tranquila de una localidad cercana. Manoplas tuvo que preguntar varias veces hasta localizarla.
Cuando llegó, se quedó unos segundos frente a la puerta.
No sabía cómo reaccionaría aquella mujer al verlo aparecer con fotografías y cartas de un pueblo que llevaba tantos años desaparecido.
Finalmente llamó al timbre.
Después de unos instantes, una anciana abrió la puerta.
Tenía el cabello completamente blanco y caminaba con cierta dificultad. Sus ojos examinaron al joven con desconfianza.
—¿Qué quieres?
Manoplas intentó mostrarse educado.
—Buenos días. Me llamo Manoplas. Estoy investigando la historia de un antiguo pueblo que desapareció hace muchos años.
La mujer frunció el ceño.
—No sé nada de eso.
Estaba a punto de cerrar la puerta cuando Manoplas sacó una de las fotografías.
—¿Reconoce este lugar?
La anciana se quedó inmóvil.
Sus ojos se fijaron en la imagen y su expresión cambió por completo.
Extendió una mano temblorosa y rozó el papel.
—¿De dónde has sacado esto?
—Estaba entre unos documentos antiguos de la biblioteca.
La mujer volvió a mirar la fotografía.
—Ese hombre…
Manoplas contuvo la respiración.
—¿Lo conoce?
La anciana levantó lentamente la mirada.
—Lo conocí cuando éramos jóvenes. Antes de que todo aquello terminara convertido en cenizas.
Manoplas sintió que el corazón le latía con más fuerza.
—¿Puedo hablar con usted?
La mujer dudó.
Finalmente abrió un poco más la puerta.
—Pasa. Pero no prometo que te guste lo que vas a escuchar.
Un hombre con demasiados secretos
La anciana lo condujo hasta una pequeña sala de estar. Había fotografías familiares sobre los muebles y varios libros apilados junto a una ventana.
Manoplas se sentó en una silla y colocó las cartas sobre la mesa.
La mujer las miró con una mezcla de sorpresa y tristeza.
—No había vuelto a ver algo así en muchísimo tiempo.
—¿Sabe quién escribió estas cartas?
La anciana examinó los sobres.
—No puedo asegurarlo. Pero algunas de estas palabras me resultan familiares.
Manoplas le enseñó la fotografía del hombre.
—¿Quién era?
La mujer respiró profundamente antes de responder.
—Era una persona influyente en el pueblo. Tenía una posición importante y era alguien a quien muchos respetaban, aunque no todos lo querían.
—¿Por qué?
—Era inteligente y tenía capacidad para conseguir casi cualquier cosa que se propusiera. Pero también tenía un carácter complicado. Era orgulloso, autoritario y estaba convencido de que siempre sabía lo que era mejor para los demás.