Capítulo 8. El intento
El día en que el silencio se rompió.
La depresión de Manoplas había alcanzado un punto crítico. La rutina ya no era una sucesión de tareas cotidianas, sino una carga que parecía castigarlo cada mañana. Los días se mezclaban unos con otros, sin diferencias ni momentos que merecieran ser recordados. La casa conservaba un silencio denso y opresivo que parecía hacerse más pesado con cada amanecer.
Había perdido a su primer amor en un accidente de moto. Había visto cómo la enfermedad le arrebataba poco a poco a su madre, hasta dejarlo solo frente a una despedida que nunca había querido aceptar. Y, durante todo aquel tiempo, había soportado las humillaciones de Lolo, que continuaba convirtiendo sus días en una sucesión de miedo y vergüenza.
Todo se había acumulado en su interior.
Manoplas ya no encontraba palabras para explicar lo que sentía. Ni siquiera sabía cómo describir aquella mezcla de tristeza, agotamiento, rabia y culpa que lo acompañaba constantemente.
Durante un tiempo intentó convencerse de que las cosas mejorarían. Se repetía que solo necesitaba descansar, que quizá al día siguiente tendría más fuerzas y que, poco a poco, conseguiría acostumbrarse a vivir sin su madre.
Pero los días pasaban y nada parecía cambiar.
Cuando algún vecino o conocido se cruzaba con él y le preguntaba cómo estaba, respondía con las mismas palabras:
—Estoy bien.
Era una respuesta automática.
No quería explicar que apenas dormía, que había perdido el apetito y que cada rincón de su casa le recordaba a alguien que ya no estaba. Tampoco quería escuchar consejos superficiales ni tener que fingir una sonrisa para tranquilizar a los demás.
En realidad, deseaba que alguien pudiera mirar más allá de aquellas dos palabras.
Quería que alguien comprendiera que no estaba bien.
Que necesitaba ayuda.
Pero cada vez le resultaba más difícil pedirla.
La madrugada en que todo se quebró
Una noche, Manoplas volvió a quedarse despierto hasta muy tarde.
Estaba sentado en el borde de la cama, con el teléfono entre las manos. La pantalla iluminaba débilmente su rostro mientras recorría fotografías antiguas y conversaciones que conocía prácticamente de memoria.
Primero abrió los mensajes de su primer amor.
Leyó las bromas que compartían, las preguntas sobre su día y aquellas pequeñas muestras de cariño que tanto habían significado para él.
Después abrió las fotografías de su madre.
Se detuvo en una donde aparecían abrazados. Ella sonreía a la cámara y él tenía los ojos cerrados, apoyado contra su hombro.
Manoplas pasó el dedo por la pantalla.
—Os echo muchísimo de menos —susurró.
Nadie respondió.
Dejó el teléfono sobre la cama y se levantó. Caminó hasta la puerta de la habitación de su madre y la abrió lentamente.
Todo seguía prácticamente igual.
Los objetos que ella utilizaba permanecían en su sitio. Algunas prendas todavía estaban guardadas en el armario y sobre una mesita había pequeñas cosas que Manoplas no había conseguido recoger.
Entró y se sentó junto a la cama.
Recordó las últimas semanas de su madre, cuando todavía tenía momentos de lucidez y podía reconocerlo. Recordó cómo le pedía que se quedara un rato más, cómo le apretaba la mano y cómo le repetía que no debía olvidarse de vivir.
Aquella promesa le dolió más que nunca.
—Lo siento, mamá —murmuró—. No sé cómo hacerlo.
Se cubrió el rostro.
Había intentado ser fuerte por ella. Había intentado seguir adelante después de perder al repartidor. Había soportado el acoso, la soledad y las responsabilidades que habían caído sobre sus hombros.
Pero estaba agotado.
Sentía que había pasado tanto tiempo intentando sobrevivir que ya no recordaba cómo era vivir de verdad.
Regresó a su habitación.
Su teléfono volvió a iluminarse. Había un mensaje del primo de Lolo, preocupado por su silencio.
«Por favor, dime algo. No tienes que contarme nada si no quieres, pero me gustaría saber que estás bien».
Manoplas leyó aquellas palabras.
Recordó que, en algún momento, aquel chico había conseguido hacerlo sentir acompañado. Sin embargo, no encontraba fuerzas para contestar.
Dejó el teléfono a un lado.
La madrugada avanzó y sus pensamientos se hicieron cada vez más oscuros. El dolor parecía ocuparlo todo, hasta el punto de que no conseguía imaginar un futuro distinto.
En aquel momento de desesperación, Manoplas intentó poner fin a su vida.
No fue una decisión nacida de la calma ni de una reflexión serena. Fue el resultado de meses de sufrimiento, aislamiento y una depresión que había ido empeorando sin que recibiera la ayuda que necesitaba.
Sin embargo, sobrevivió.
Y, cuando todo parecía haberse detenido, comenzó una nueva etapa que jamás había imaginado.
El despertar
Manoplas despertó en una habitación de hospital.
Durante unos segundos no comprendió dónde estaba. La luz le resultaba demasiado intensa y los sonidos del lugar parecían llegar desde muy lejos.
Intentó incorporarse, pero el cansancio y la confusión se lo impidieron.
Miró alrededor.
Había una cama, varios aparatos médicos y una ventana por la que entraba la claridad de la mañana. Una persona del equipo sanitario se encontraba cerca, pendiente de su estado.
Entonces recordó lo ocurrido.
Su expresión cambió.
No dijo nada.
Una enfermera se acercó y le habló con tranquilidad.
—Estás en el hospital. Ahora mismo estás recibiendo atención. Necesitas descansar.
Manoplas bajó la mirada.
No sabía qué contestar.
Durante los siguientes minutos permaneció en silencio, intentando asimilar que había sobrevivido y que tendría que enfrentarse a todo aquello que había intentado dejar atrás.
No sentía alivio inmediato.
Tampoco felicidad.
Solo una confusión profunda y un agotamiento que parecía no tener final.