Capítulo 22. El arrepentimiento de un verdugo
Cuando la culpa empieza a pesar más que el orgullo
Lolo arrastraba los días con la persistente sensación de que el suelo se había desfondado bajo sus pies. Desde que Manoplas había regresado al instituto con sus facultades sobrenaturales, la arquitectura de su vida escolar se había venido abajo. Había perdido la devoción interesada de sus antiguos amigos, el respaldo de quienes antes lo admiraban y, sobre todo, la arrogancia que durante tanto tiempo le había permitido sentirse intocable.
Los pasillos ya no se apartaban a su paso.
Los alumnos que antes buscaban su aprobación ahora preferían mantenerse alejados. Algunos incluso habían comenzado a hablar abiertamente de las humillaciones que él había protagonizado durante años. Otros, que antes reían sus bromas para evitar convertirse en sus siguientes víctimas, habían dejado de hacerlo.
Lolo ya no era el rey del instituto.
Y Manoplas se había convertido en el motivo de su caída.
Al principio, la reacción del alfa había sido la furia. Le resultaba insoportable contemplar cómo aquel omega al que había tiranizado con total impunidad ahora podía intimidarlo con una simple mirada. No soportaba que Manoplas caminara por los mismos pasillos con la cabeza alta, mientras él tenía que medir cada movimiento para evitar encontrarse con su antiguo objetivo.
Había noches en las que todavía apretaba los puños al recordar lo sucedido.
Deseaba recuperar su antigua posición, volver a ser respetado y conseguir que los demás olvidaran su debilidad.
Pero, conforme pasaban los días, algo comenzó a cambiar.
La rabia ya no conseguía llenar el vacío que sentía.
En su lugar, aparecieron recuerdos que llevaba mucho tiempo intentando enterrar.
Y esta vez no podía apartarlos.
Una tarde, Lolo estaba sentado en su habitación, mirando el techo. Había dejado el teléfono sobre la cama y no tenía ganas de contestar los mensajes que recibía.
Antes, siempre había alguien dispuesto a acompañarlo. Sus amigos lo buscaban para salir, le preguntaban qué quería hacer y esperaban sus órdenes. Ahora, la mayoría apenas se acordaba de él.
El silencio le resultaba insoportable.
Se incorporó y abrió un cajón de su escritorio. Dentro encontró algunas fotografías antiguas del instituto. En una aparecía rodeado de varios compañeros, sonriendo con una seguridad que ahora parecía pertenecer a otra persona.
Pasó el dedo por la fotografía.
Entonces recordó una escena.
Manoplas estaba sentado en el suelo, recogiendo los libros que Lolo le había tirado delante de otros estudiantes. Algunos se reían. Otros observaban sin intervenir.
Él había sido uno de los que más se habían divertido.
—Vamos, omega. ¿No sabes ni recoger tus propias cosas? —había dicho entonces.
Manoplas no había respondido.
Solo había bajado la cabeza y continuado recogiendo sus pertenencias.
Lolo recordaba perfectamente aquella expresión. Recordaba cómo el omega evitaba mirarlo directamente, cómo apretaba los labios para no llorar y cómo sus manos temblaban ligeramente.
En aquel momento, no le había importado.
Había interpretado su silencio como una señal de debilidad y había utilizado aquella debilidad para seguir haciéndole daño.
Ahora, sin embargo, aquella imagen le producía una sensación desagradable en el pecho.
Dejó la fotografía sobre la mesa.
—¿Por qué hacía eso? —murmuró.
No había nadie para responderle.
Y quizá por primera vez tampoco necesitaba que alguien lo hiciera.
Los recuerdos continuaron apareciendo durante los días siguientes.
Recordó las burlas en los pasillos, las amenazas, las humillaciones delante de los profesores y las veces que había conseguido que otros alumnos se sumaran a sus ataques.
También recordó algo mucho más cruel.
La muerte del repartidor de pizzas.
Cuando Manoplas perdió a aquel joven, Lolo había visto una oportunidad para continuar haciéndole daño.
Sabía que el omega estaba destrozado. Sabía que había perdido a alguien importante y que apenas conseguía encontrar motivos para seguir adelante.
Pero, en lugar de dejarlo tranquilo, había decidido utilizar a su propio primo.
Recordó la conversación en la que lo había convencido para que se acercara a Manoplas.
Había fingido preocupación, había utilizado medias verdades y había presentado la situación como si solamente quisiera ayudar.
En realidad, su intención era mucho más retorcida.
Quería que su primo consiguiera que Manoplas volviera a confiar en alguien. Quería que el omega recuperara la ilusión y que, cuando estuviera emocionalmente unido a él, pudiera sufrir otra decepción.
Lolo había considerado aquello una broma.
Una forma de entretenimiento.
Ahora comprendía que había utilizado los sentimientos de dos personas como instrumentos para satisfacer su propia crueldad.
Se levantó de la cama y caminó hasta la ventana.
—Fui un monstruo —susurró.
La palabra le resultó desagradable, pero no encontró otra que describiera mejor lo que había hecho.
Y todavía quedaba el recuerdo más doloroso.
El intento de suicidio de Manoplas.
Durante mucho tiempo, Lolo había intentado quitarle importancia a lo ocurrido.
Se había convencido de que aquello no era asunto suyo. Se había dicho que Manoplas tenía problemas personales y que él no podía responsabilizarse de las decisiones de otra persona.
Pero ahora veía las cosas de otra manera.
Recordaba que el omega había perdido a su primer amor en un accidente de moto. Recordaba que su madre había enfermado progresivamente hasta morir. Recordaba que Manoplas había pasado por momentos en los que apenas podía soportar el peso de su propia existencia.
Y también recordaba que, incluso durante aquellos periodos, él había continuado acosándolo.