Saga - Lágrimas en silencio

7- Un corazón en ruinas

Capítulo 7. Depresión

Cuando el dolor deja de hacer ruido.

Tras el sepelio de su madre, Manoplas dejó de reconocer los contornos de su propia existencia. La casa, que antaño había albergado el murmullo constante de pequeñas rutinas y afectos compartidos, se convirtió en una estructura fría y deshabitada. Cada habitación conservaba algún recuerdo de ella: una taza olvidada, una manta doblada sobre el sofá, una fotografía colocada junto a la ventana. Todo parecía permanecer exactamente en su sitio, excepto las personas que daban sentido a aquel hogar.

El silencio se había instalado entre aquellas paredes.

Al principio, Manoplas intentó sostener una fachada de normalidad. Se obligaba a levantarse de la cama, a vestirse y a realizar las tareas más sencillas. Preparaba algo de comer, aunque casi nunca terminaba el plato, y abría las ventanas durante unos minutos para dejar entrar el aire.

Pero aquellas pequeñas acciones se habían convertido en una travesía interminable.

Ya no estaba la voz de su madre llamándolo desde la cocina. Nadie le preguntaba si había dormido bien o si necesitaba algo antes de salir. Tampoco recibiría otra llamada suya para recordarle que llevara una chaqueta cuando hiciera frío.

Y, sobre todo, ya no estaban las personas que habían conseguido que se sintiera querido.

Su primer amor había muerto antes de poder cumplir aquella promesa de contarle algo importante. Su madre se había marchado después de una larga enfermedad. Dos pérdidas diferentes, dos despedidas que habían dejado en Manoplas heridas que no sabía cómo cerrar.

Se preguntaba cuánto dolor podía soportar una persona antes de dejar de ser ella misma.

No encontraba una respuesta.

Con el paso de los días, empezó a abandonar las pocas rutinas que todavía conservaba. Dejó de responder a las llamadas, ignoró las notificaciones y apenas abría la puerta cuando alguien llamaba. Las cortinas permanecían cerradas durante horas y la luz del exterior dejó de tener importancia.

El apetito desapareció casi por completo. Algunas noches no conseguía dormir y otras pasaba tantas horas en la cama que perdía la noción del tiempo.

Había mañanas en las que no encontraba fuerzas ni para incorporarse.

Y, cuando finalmente lo conseguía, sentía que el día ya había empezado sin él.

El refugio convertido en cripta

Su habitación se transformó en su última trinchera.

Pasaba largas horas mirando el techo, reconstruyendo conversaciones antiguas y persiguiendo los fantasmas de una etapa que jamás regresaría. El escritorio seguía lleno de libros y apuntes, pero hacía tiempo que no tenía ganas de estudiar. La ropa se acumulaba sobre una silla y las persianas apenas dejaban pasar una franja de luz.

Su teléfono era una de las pocas cosas que todavía consultaba.

A veces abría la carpeta donde guardaba las fotografías y los mensajes de su primer amor. Leía las conversaciones una y otra vez, deteniéndose en aquellas palabras que antes le habían provocado una sonrisa.

Recordaba las primeras entregas, las conversaciones en la puerta de su casa y las pequeñas bromas que compartían. Recordaba cómo el repartidor había conseguido que esperara cada visita con ilusión.

También recordaba el último mensaje.

«En cuanto termine este último pedido, te escribo. Tengo algo importante que contarte. Espérame un poco».

Manoplas seguía sin saber qué quería contarle.

Había imaginado tantas respuestas que ya no distinguía cuáles eran recuerdos y cuáles eran deseos. Quizá quería pedirle que salieran juntos. Quizá había preparado una sorpresa. Quizá simplemente quería decirle que estaba enamorado.

Nunca lo sabría.

Después abría las fotografías de su madre. Se detenía en aquellas donde aparecía sonriendo, especialmente en la imagen en la que ambos estaban juntos cuando él era pequeño.

En ocasiones, acercaba el teléfono al pecho y cerraba los ojos.

—Ojalá estuvierais aquí —murmuraba.

No esperaba que nadie contestara.

Solo necesitaba pronunciarlo.

Con el tiempo, los recuerdos comenzaron a mezclarse con la culpa. Manoplas se preguntaba si habría podido hacer algo diferente para evitar la muerte del repartidor o si habría existido alguna manera de detener la enfermedad de su madre.

Sabía que los médicos habían explicado que no había cura, pero su mente encontraba constantemente nuevas razones para responsabilizarse.

¿Y si hubiera insistido más en algunas consultas?

¿Y si hubiera estado más atento?

¿Y si hubiera dicho algo distinto aquella última vez?

Eran preguntas sin respuesta que regresaban incluso cuando intentaba descansar.

La culpa no tenía sentido, pero eso no impedía que le hiciera daño.

Poco a poco, el llanto desesperado se transformó en una apatía que le resultaba todavía más inquietante. Al principio lloraba durante horas. Después empezó a pasar tardes enteras sin derramar una sola lágrima.

No porque estuviera mejor.

Simplemente, había momentos en los que parecía haberse quedado sin fuerzas incluso para sentir tristeza.

La ceguera del entorno

El mundo exterior continuaba avanzando como si nada hubiera ocurrido.

Las personas acudían al instituto, hacían planes para el fin de semana y hablaban de exámenes, fiestas y vacaciones. Los vecinos seguían con sus rutinas y los comercios abrían cada mañana.

Todo continuaba.

Manoplas, en cambio, sentía que el tiempo se había detenido.

Algunos conocidos intentaron animarlo con frases que pretendían ayudarlo.

—Deberías salir un poco.

—No puedes pasarte la vida encerrado.

—El tiempo lo cura todo.

—Tienes que distraerte.

Él escuchaba aquellas palabras sin responder.

No dudaba de que algunas personas tuvieran buenas intenciones, pero ninguna parecía comprender lo que estaba viviendo. No necesitaba que le recordaran que debía salir de casa. Tampoco podía obligarse a olvidar a quienes había perdido.



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En el texto hay: drama, terror, omega verse

Editado: 07.11.2026

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