Capítulo 32. Convertidos en piedra
El beso se extinguió con una lentitud dolorosa.
Manoplas se mantuvo muy cerca de Lolo, con los párpados cerrados y una exhalación temblorosa dibujándose en sus labios. Por primera vez en su vida, a pesar de los estragos del pasado y de las cenizas que aún pesaban en su memoria, se había permitido acariciar la certeza de un porvenir compartido. No sabía qué forma adoptaría aquel futuro, ni qué asperezas tendrían que limar, pero albergaba el deseo ardiente de descubrirlo a su lado.
Lolo le acarició el pómulo con infinita delicadeza.
—¿Estás bien? —preguntó el alfa en un murmullo.
Manoplas abrió los ojos y asintió levemente.
—Sí. Solamente estoy intentando asimilar que esto está pasando de verdad.
—¿Te arrepientes?
El omega negó con la cabeza sin vacilar.
—No. Tengo miedo, pero no me arrepiento.
Lolo sonrió, sintiendo que una tibieza inédita le llenaba el pecho.
—Yo tampoco.
Manoplas observó sus manos entrelazadas. Todavía le resultaba extraño y vertiginoso pensar que la persona que durante tanto tiempo había encarnado la etapa más oscura de su vida estuviera ahora a su lado de aquella manera. No había olvidado el acoso sistemático, ni las humillaciones, ni las amenazas que lo acorralaron en los pasillos. Tampoco olvidaba las noches en que deseó no despertar más. Había perdido a su primer amor en un accidente absurdo, había visto enfermar a su madre hasta el último suspiro y había llegado a firmar un pacto sobrenatural que estuvo a punto de vaciarlo de su propia humanidad.
Sin embargo, en medio del dolor, había aprendido una lección definitiva: no podía permitir que el sufrimiento dictara para siempre la persona en la que debía convertirse. Lolo aún tenía un largo camino por recorrer para enmendar el pasado, pero Manoplas había decidido concederle una oportunidad. No por obligación ni por sumisión, sino por la decisión consciente de descubrir si podían edificar algo sano desde los escombros.
—Hay algo que quiero decirte —murmuró Lolo, fijando sus ojos oscuros en los suyos.
—¿Qué?
El alfa inspiró hondo, cobrando valor.
—No quiero que vuelvas a sentir que tienes que aguantar algo malo por miedo a perderme. Si algún día cometo un error o algo de lo que haga te hiere, quiero que me lo digas. Y si decides que no puedes seguir conmigo, tendré que aceptarlo.
Manoplas lo observó en silencio, sintiendo cómo una capa de tensión se disolvía entre los dos.
—Eso es exactamente lo que necesito de ti.
—Lo sé.
—Y yo tampoco quiero volver a anularme por querer a alguien —añadió el omega con firmeza.
Lolo le apretó suavemente la mano.
—Entonces tendremos que aprender juntos.
Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Manoplas. Durante un instante colmado de gracia, el universo entero pareció concederles una tregua.
El patio del instituto descansaba en la quietud del final de la jornada. Apenas unos pocos estudiantes cruzaban a lo lejos y el cielo del atardecer se teñía de tonos anaranjados mientras la brisa movía las ramas del follaje. Manoplas volvió la mirada hacia el rincón donde antaño recibiera tantos insultos y risas crueles. Recordó al chico indefenso que solía ser: un omega tímido que solo anhelaba tener amigos y vivir en paz.
—Es extraño —comentó.
—¿El qué? —inquirió Lolo.
—Estar aquí contigo, sin miedo. Este lugar guarda demasiadas cosas que desearía borrar.
Lolo bajó la cabeza, cruzado por una sombra de remordimiento.
—Lo siento mucho.
—No tienes que disculparte cada vez que me venga un recuerdo a la cabeza —lo atajó Manoplas—. Tienes que hacerte cargo de lo que hiciste, sí, pero eso no significa que debamos vivir encadenados al ayer.
El alfa asintió y, en un gesto cargado de ternura, se inclinó para depositar un beso suave en su frente.
Ninguno de los dos imaginaba que aquella tregua sería el último segundo de paz que compartirían en este mundo.
Una corriente inesperada
De repente, una ráfaga de aire helado recortó el patio, haciendo descender la temperatura de forma drástica.
Manoplas se estremeció de pies a cabeza.
—¿Has sentido eso?
Lolo miró hacia los alrededores, extrañado.
—Sí. Parece que el clima se ha vuelto loco de golpe.
El omega fijó la vista en los árboles periféricos: las hojas no se mecían con el viento, sino que vibraban con un frenesí anómalo. No era una corriente atmosférica común; una fuerza sutil e invisible cruzaba el terreno.
Entonces, un chasquido sordo fracturó el silencio. El sonido provenía del suelo.
—¿Qué demonios...? —murmuró Lolo, agachando la vista.
Una fina grieta acababa de abrirse entre las losas de terrazo. De inmediato surgió otra, y luego una red entera de fisuras que se propagó en abanico alrededor de sus pies.
Manoplas soltó la mano de Lolo y dio un paso atrás, alarmado.
—Tenemos que salir de aquí. ¡Ahora!
Intentó dar el segundo paso, pero sus piernas no respondieron. Era como si sus pies se hubieran quedado soldados al pavimento.
—¿Lolo? —llamó, con el pulso acelerado.
El alfa probó a dar un zancada, pero su cuerpo tampoco acató la orden.
—No puedo... ¡No me puedo mover!
Manoplas bajó la mirada a sus calzados. Una sustancia viscosa de tono grisáceo, similar al polvo de piedra humedecido, trepaba por sus zapatos, petrificándose al instante en contacto con la piel de los tobillos.
—¿Qué es esto? ¡Lolo, ayúdame!
El alfa se inclinó con desesperación para aferrarlo por los hombros, pero sus propios codos y rodillas empezaron a perder movilidad, volviéndose rígidos como bloques de granito.
—¡Estoy atrapado! —gritó Lolo.
Una ola de pánico absoluto heló la sangre del omega. La memoria del pueblo abandonado, la maldición ancestral, las cenizas enterradas y el fantasma que lo había manipulado regresaron en tromba a su mente.