Capítulo 17. El secreto del viejo naranjo
Un árbol que sobrevivió al fuego y un pasado que se niega a desaparecer.
Desde que había descubierto el precio de su pacto con el espíritu de las cenizas, Manoplas ya no podía mirar sus poderes de la misma manera. Al principio había creído que aquellas habilidades sobrenaturales eran una oportunidad para recuperar el control de su vida. Sin embargo, cada vez que recurría a ellas, algo parecía desaparecer de su interior.
Los recuerdos de su primer amor comenzaban a perder sus detalles más íntimos. La voz de su madre se había vuelto difícil de reconstruir y algunos momentos que antes le provocaban una profunda emoción ahora parecían simples acontecimientos de una vida lejana.
Aquello le había hecho desconfiar del espíritu.
La entidad le había prometido poder, pero nunca había explicado completamente las consecuencias del pacto. Siempre hablaba de una deuda pendiente, de unas cenizas ocultas y de una promesa que debía cumplirse. Sin embargo, cuando Manoplas intentaba averiguar más, el fantasma evitaba responder.
El omega estaba cansado de obedecer sin comprender.
Si tenía que cumplir aquella promesa, quería saber primero qué estaba haciendo y por qué.
Lo que todavía no imaginaba era que una fotografía antigua cambiaría por completo el rumbo de su investigación.
La imagen del desván
Una tarde, mientras ordenaba algunos documentos que había ido reuniendo sobre el pueblo abandonado, Manoplas encontró una caja de madera escondida en un rincón del desván.
Estaba cubierta de polvo y tenía una pequeña cerradura oxidada que cedió después de varios intentos.
Dentro había fotografías antiguas, mapas deteriorados y algunos papeles cuyo contenido resultaba difícil de leer.
Manoplas comenzó a examinarlos con paciencia.
La mayoría mostraban calles, edificios y paisajes del pueblo cuando todavía estaba habitado. En algunas aparecían personas frente a sus casas; en otras, pequeños comercios y plazas llenas de vida.
Resultaba extraño contemplar aquel lugar antes de convertirse en un conjunto de ruinas.
El pueblo parecía haber tenido una existencia tranquila. Había familias, vecinos que se conocían desde hacía generaciones y pequeños establecimientos donde la gente se reunía para conversar.
Manoplas dejó una fotografía sobre la mesa.
—¿Qué tuvo que pasar para que todo terminara así? —murmuró.
Continuó revisando la caja hasta que encontró una imagen diferente.
Estaba parcialmente deteriorada. Sus bordes aparecían oscurecidos y algunas zonas tenían pequeñas marcas que parecían producidas por el fuego.
La tomó con cuidado.
En el centro aparecía un árbol de naranjas.
Era grande, antiguo y tenía unas ramas tan extendidas que parecían proteger el terreno que lo rodeaba. Entre sus hojas verdes podían distinguirse numerosos frutos maduros.
A su alrededor se levantaban construcciones antiguas, algunas de ellas parcialmente derruidas.
Manoplas observó la imagen durante varios segundos.
No sabía por qué, pero aquel árbol le resultaba familiar.
No era un recuerdo concreto. Más bien parecía una sensación que intentaba abrirse paso desde algún rincón de su mente.
Se acercó la fotografía a los ojos.
—¿Dónde te he visto antes?
Le dio la vuelta.
En la parte posterior había una anotación escrita a mano. La tinta estaba descolorida, pero todavía podían distinguirse algunas palabras.
La inscripción mencionaba el pueblo abandonado y hacía referencia a un terreno cercano a las antiguas viviendas.
Manoplas sintió un escalofrío.
Aquel árbol no era una simple fotografía más.
Podía ser una pista.
Una investigación inesperada
Durante los días siguientes, Manoplas dedicó buena parte de su tiempo a investigar el origen de la imagen.
Revisó mapas antiguos, documentos y fotografías que había encontrado en diferentes archivos. Intentó identificar el lugar exacto donde se había tomado la instantánea.
Cuanto más investigaba, más preguntas aparecían.
En algunos documentos, el terreno aparecía descrito como una propiedad antigua. En otros, se mencionaba que había sobrevivido parcialmente al incendio que destruyó buena parte del pueblo.
Aquello despertó todavía más su curiosidad.
¿Por qué un árbol había sobrevivido mientras las construcciones cercanas quedaban reducidas a escombros?
¿Quién había tomado aquella fotografía?
¿Y por qué se había conservado durante tantos años?
Una tarde encontró un mapa donde aparecía señalado un terreno situado cerca de una antigua construcción.
La ubicación coincidía aproximadamente con la descripción de la fotografía.
Manoplas extendió el mapa sobre la mesa y colocó la imagen encima.
Las piezas parecían encajar.
—Así que estás ahí...
Por primera vez desde que había aceptado el pacto, sintió que estaba avanzando hacia algo que no dependía únicamente de sus poderes.
Aquella investigación despertaba una curiosidad diferente. No estaba pensando en Lolo, ni en sus antiguos acosadores, ni en la necesidad de demostrar que ya no era alguien indefenso.
Quería descubrir la verdad.
Y, sobre todo, quería saber por qué el espíritu se empeñaba en ocultársela.
Una reacción inesperada
Esa misma noche decidió confrontar a la entidad.
Esperó hasta que la habitación quedó completamente a oscuras. Después colocó la fotografía sobre el escritorio y encendió una pequeña lámpara.
—Sé que puedes escucharme —dijo.
Al principio no ocurrió nada.
Manoplas permaneció quieto, observando las sombras de las paredes.
Entonces el aire comenzó a enfriarse.
Una pequeña corriente atravesó la habitación y algunas partículas oscuras aparecieron cerca de la ventana.
El espíritu se manifestó lentamente.
Su silueta parecía formada por cenizas suspendidas, con unos contornos que cambiaban constantemente.