Capítulo 14. El maltrato cambia de dueño
La venganza también puede convertirte en aquello que odias
La transformación de Manoplas se había hecho evidente ante los ojos de todo el instituto. Aquel omega tímido que caminaba con la cabeza agachada, que evitaba las miradas y que intentaba pasar desapercibido para no convertirse en el blanco de las burlas, ya no existía.
En su lugar había aparecido alguien completamente diferente.
Ahora caminaba con seguridad, hablaba con arrogancia y no permitía que nadie cuestionara sus decisiones. Sus poderes sobrenaturales le habían otorgado una fuerza que jamás habría imaginado tener. Ya no necesitaba esconderse de Lolo ni temer que alguien le quitara sus pertenencias.
Sin embargo, había algo que Manoplas no había previsto.
El poder no solo había cambiado su posición dentro del instituto. También estaba transformando su manera de pensar, de sentir y de relacionarse con los demás.
Al principio, había utilizado sus habilidades para defenderse. Después, para vengarse de quienes lo habían lastimado. Pero ahora parecía necesitar demostrar constantemente que era superior a todos.
Sin darse cuenta, estaba reproduciendo los mismos comportamientos que tanto había odiado.
Y el primero en sufrir las consecuencias sería Lolo.
El nuevo verdugo
La vida de Lolo se había convertido en una pesadilla.
Desde que Manoplas había regresado al instituto con sus poderes, el antiguo alfa dominante había perdido su popularidad, sus amistades y el respeto que antes recibía de los demás estudiantes.
Ya nadie se acercaba a él.
Sus antiguos compañeros preferían mantenerse alejados para no tener problemas con Manoplas. Algunos incluso evitaban mirarlo cuando coincidían en los pasillos.
Lolo había pasado de ser el alumno más temido a convertirse en alguien que procuraba no llamar la atención.
Pero Manoplas no estaba satisfecho.
La caída social de Lolo no le parecía suficiente. Quería que experimentara personalmente el miedo que él había soportado durante tantos años.
Por eso comenzó a buscarlo deliberadamente.
Una mañana, mientras Lolo caminaba hacia su taquilla, escuchó una voz detrás de él.
—Buenos días, Lolo.
El alfa se quedó inmóvil.
Reconocía perfectamente aquella voz.
Se volvió lentamente y encontró a Manoplas apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una sonrisa inquietante.
—¿Qué quieres? —preguntó Lolo.
—Nada. Solo quería saludarte.
—Déjame tranquilo.
Manoplas soltó una carcajada.
—Qué curioso. ¿No eras tú quien siempre me buscaba para molestarme?
Lolo apretó la mandíbula.
—Eso fue hace tiempo.
—¿Y qué? ¿Ahora ya no te acuerdas?
—No quiero discutir.
Manoplas se acercó lentamente.
—Yo tampoco quiero discutir. Quiero hablar de todas aquellas veces que me hiciste llorar.
Lolo apartó la mirada.
—Ya está. Déjalo.
—¿Te acuerdas de cuando me tirabas los libros al suelo? ¿De cuando te reías de mí delante de todos? ¿De cuando tus amigos se unían a tus bromas?
El alfa no respondió.
Manoplas continuó:
—Yo sí me acuerdo. Recuerdo cada palabra, cada empujón y cada vez que tuve que volver a casa fingiendo que no había pasado nada.
—No sabía que te afectaba tanto —murmuró Lolo.
Aquella respuesta hizo que el omega perdiera la sonrisa.
—¿No lo sabías? ¿De verdad quieres hacerme creer eso?
Las taquillas comenzaron a vibrar.
Lolo retrocedió instintivamente.
—Manoplas, para.
El omega levantó una mano y un banco de madera situado al fondo del pasillo se desplazó violentamente. Varias carpetas salieron despedidas de las mochilas de los estudiantes cercanos y chocaron contra la pared.
Los alumnos que presenciaban la escena se apartaron rápidamente.
—Ahora te toca a ti saborear el miedo —dijo Manoplas.
Lolo permaneció inmóvil.
El omega se marchó satisfecho, dejando al alfa rodeado de estudiantes que preferían no intervenir.
La humillación de Lolo
Aquello se convirtió en una costumbre.
Manoplas aparecía en los lugares donde sabía que encontraría a Lolo. Lo esperaba junto a las escaleras, lo observaba desde el otro extremo de la cafetería o se acercaba a su taquilla cuando estaba solo.
Nunca necesitaba golpearlo.
Sus poderes eran suficientes para intimidarlo.
En una ocasión, durante el descanso, Lolo estaba sentado en un banco del patio cuando Manoplas apareció acompañado de su habitual silencio.
—Levántate.
Lolo levantó la mirada.
—Estoy sentado.
—Ya lo veo.
—Hay más bancos.
Manoplas sonrió.
—No quiero sentarme en otro.
El alfa suspiró y se levantó.
El omega ocupó su lugar.
—Gracias. Así está mucho mejor.
Lolo recogió su mochila.
—¿Ya has terminado?
Manoplas lo miró.
—Todavía no.
La mochila del alfa comenzó a elevarse. Después, su teléfono salió del bolsillo lateral y quedó suspendido delante de su rostro.
—¿Qué haces? —preguntó Lolo.
—Nada. Solo estoy jugando.
—Devuélveme mis cosas.
Manoplas hizo girar el teléfono en el aire.
—¿Recuerdas cuando me quitabas mis libros y los escondías?
—Sí.
—¿Y cuando me obligabas a recogerlos delante de todos?
Lolo bajó la cabeza.
—Sí, lo recuerdo.
Manoplas dejó caer el teléfono sobre el banco.
—Pues ahora sabes cómo se siente.
El alfa recogió sus pertenencias y se marchó sin decir nada.
Desde otra mesa, varios estudiantes habían presenciado la escena.
Algunos parecían satisfechos de que Lolo recibiera una parte de lo que había hecho sufrir a Manoplas. Otros, en cambio, comenzaban a sentirse incómodos con la conducta del omega.
La venganza estaba dejando de parecer una cuestión de justicia.
Se estaba convirtiendo en una nueva forma de acoso.