El pasillo parecía mucho más largo de lo que recordaba.
Sentía cada pequeño movimiento de la silla de ruedas.
Cada giro.
Cada ruido.
Cada puerta que se abría.
Pero yo apenas prestaba atención a nada de eso.
Solo podía pensar en una cosa.
Mis bebés.
Emma.
Matteo.
Mis hijos.
Mis manos estaban entrelazadas sobre mi regazo y, aunque intentaba mantener la calma, sentía el corazón latiendo cada vez más rápido.
David iba detrás de mí.
Podía sentir su presencia.
No necesitaba mirarlo para saber que estaba ahí.
Y eso me tranquilizaba.
Finalmente llegamos a la sala de neonatología.
La enfermera abrió la puerta y, en cuanto entré, sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Había incubadoras por todas partes.
Pequeños bebés.
Luces suaves.
Monitores.
Sonidos constantes.
Pitidos.
Voces bajas.
Y entonces los vi.
No tuve que preguntar dónde estaban.
Los reconocí inmediatamente.
Emma estaba en una incubadora.
Pequeñita.
Con una manta cubriendo parte de su cuerpo.
Tenía algunos sensores adheridos a su piel y una pequeña cánula que me hizo contener el aliento.
Y junto a ella estaba Matteo.
También diminuto.
También conectado a los monitores.
También tan pequeño que mi corazón dolió.
Me quedé completamente quieta.
—Son ellos...
Mi voz salió temblorosa.
David se colocó a mi lado.
—Sí.
No pude apartar la mirada.
—Son tan pequeños.
Una enfermera se acercó.
—Es completamente normal que los veas así. Al haber nacido prematuros, queremos mantenerlos bajo observación durante unas horas.
Asentí.
Pero seguía sin poder dejar de mirarlos.
Me acerqué un poco más.
—¿Puedo tocarlos?
—Claro.
Levanté lentamente la mano.
Mis dedos temblaban.
La enfermera me indicó por dónde podía introducir la mano.
Y cuando finalmente toqué a Emma...
Sentí que el mundo se detenía.
Su piel era tan suave.
Tan delicada.
Apenas podía creer que aquella pequeña personita hubiera estado dentro de mí.
Durante meses.
Mi hija.
Mi niña.
—Hola...
Susurré.
Una lágrima cayó sobre mi mejilla.
—Hola, mi amor.
Movió ligeramente una de sus manos.
Me llevé la otra mano a la boca para contener un sollozo.
—Mamá está aquí.
David se acercó.
—¿Puedo?
La enfermera asintió.
Él introdujo su mano y tocó suavemente a Emma.
Su expresión cambió por completo.
—Hola, princesa.
Su voz estaba rota.
—Papá está aquí.
Lo miré.
Y verlo así terminó de emocionarme.
Después me acerqué a Matteo.
Introduje la mano en su incubadora.
Y cuando mis dedos tocaron su pequeña mano, él cerró los dedos alrededor de uno de los míos.
Fue un movimiento mínimo.
Casi imperceptible.
Pero para mí significó todo.
—Matteo...
Sonreí entre lágrimas.
—Mi niño.
David se inclinó junto a mí.
—¿Viste eso?
Asentí.
—Me agarró.
—Sí.
Sonrió.
—Te agarró el dedo.
Lo miré.
—Creo que sabe que soy su mamá.
David negó suavemente con la cabeza.
—Claro que lo sabe.
Me quedé observándolo.
Mi hijo.
Mi pequeño.
Y entonces pensé en todo lo que había ocurrido para llegar hasta ese momento.
Los meses de embarazo.
Las ecografías.
Las noches sin dormir.
El miedo.
La ilusión.
Las pataditas.
Las conversaciones con David.
Las veces que había imaginado sus rostros.
Y ahora estaban allí.
De verdad.
Frente a mí.
—No puedo creer que sean nuestros.
Susurré.
David tomó mi mano.
—Son nuestros.
Me quedé unos segundos en silencio.
Solo observándolos.
Hasta que la enfermera volvió a hablar.
—Van a permanecer aquí unas horas más.
La miré.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta más tarde. Queremos asegurarnos de que mantengan una temperatura estable, que respiren bien y que todo continúe evolucionando como esperamos.
Asentí.
—¿Y después?
—Si todo sigue bien, podremos llevarlos a tu habitación.
Sentí un poco de alivio.
—¿Podré tenerlos conmigo?
—Sí.
Sonreí.
—¿Y darles de comer?
La enfermera sonrió.
—Vamos a ayudarte con eso también.
Sentí una emoción enorme.
—Quiero darles leche.
—Como acabas de tener una cesárea y ellos son prematuros, empezaremos ayudándote a extraerte. Así podremos darles pequeñas cantidades cuando corresponda.
Miré nuevamente a mis bebés.
—¿Y podré amamantarlos?
—Sí. Si todo continúa bien, por la noche podremos intentar que hagan la primera toma directamente del pecho.
Mi corazón dio un salto.
—¿Esta noche?
—Esta noche.
No pude evitar sonreír.
La idea de tenerlos sobre mi pecho otra vez, pero esta vez para alimentarlos, me llenó de una emoción que no sabía cómo describir.
—Entonces quiero hacerlo.
La enfermera asintió.
—Te llevaremos a tu habitación y te explicaremos cómo extraerte la leche. Será poco al principio, y eso es normal.
Asentí.
—Lo que sea necesario.
Volví a mirar a Emma.
Después a Matteo.
—Todo.
David me acarició el hombro.
—Vas a hacerlo muy bien.
Lo miré.
—¿Cómo sabes?
Sonrió.
—Porque ya eres su mamá.
Sentí que las lágrimas regresaban.
—Todavía me cuesta decirlo.
—Pues tendrás que acostumbrarte.
—¿Por qué?
Se inclinó hacia mí.
—Porque vas a escucharlo todos los días.
Sonreí.
—Mamá.
Lo repetí en voz baja.
Después miré a mis bebés.
—Soy su mamá.
Y esa vez la frase no me dio miedo.
Me llenó el corazón.
Me quedé unos minutos más junto a ellos.