El auto se detuvo frente a nosotros.
La puerta se abrió casi antes de que el motor terminara de apagarse.
David salió.
Ni siquiera cerró el auto con calma.
Simplemente caminó hacia nosotros con el rostro completamente serio.
Llevaba todavía la ropa del evento.
La camisa perfectamente planchada, el saco oscuro y el cabello ligeramente desordenado, como si hubiera pasado las manos por él durante todo el camino.
Sus ojos buscaron primero a los bebés.
Después a mí.
Y finalmente se detuvieron en Fran.
Pude ver el cambio en su expresión.
Fue mínimo.
Un endurecimiento de la mandíbula.
Una tensión inmediata en los hombros.
No dijo nada.
Pero era evidente que no le hacía ninguna gracia encontrar a Fran conmigo a esas horas, en el estacionamiento de una clínica.
Fran tampoco parecía cómodo.
Se quedaron mirándose durante unos segundos.
—David —saludó Fran.
—Francisco.
La respuesta fue breve.
Demasiado breve.
Yo suspiré discretamente.
No quería que aquello se convirtiera en algo más.
No esa noche.
No después del susto que acabábamos de pasar.
—David...
Él volvió a mirarme inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Su voz cambió.
Toda la tensión que había aparecido al ver a Fran desapareció de golpe cuando volvió a concentrarse en mí.
—Matteo empezó a llorar muchísimo.
Di un paso hacia él.
—Llevaba casi una hora y no había manera de calmarlo.
David miró a nuestro hijo.
—¿Le pasó algo?
—No.
Negué rápidamente.
—El pediatra lo revisó.
—¿Qué dijo?
—Que sus signos vitales estaban bien. Le revisó los pulmones, el abdomen, la garganta, los oídos...
David escuchaba cada palabra con absoluta atención.
—¿Fiebre?
—No.
—¿Respiraba bien?
—Sí.
—¿Y entonces?
Respiré profundamente.
—Dijo que probablemente fueron gases, cólicos, necesidad de contacto... o incluso que pudo haberse sobre estimulado. No encontró ningún signo de alarma.
David cerró los ojos durante un instante.
Parecía necesitar procesar aquello.
Después se acercó a Matteo.
Fran todavía lo sostenía.
David extendió los brazos.
—¿Me lo das?
Fran dudó apenas un segundo.
Luego asintió.
Le entregó al bebé.
David lo recibió con una delicadeza que siempre me conmovía.
Lo acercó inmediatamente contra su pecho.
—Hola, campeón...
Su voz se quebró ligeramente.
—Papá ya está aquí.
Matteo abrió apenas los ojos.
David le acarició la espalda.
—¿Me vas a asustar así otra vez?
Sonrió débilmente.
—Porque casi haces que papá se muera del susto.
Lo observé en silencio.
Había algo dolorosamente tierno en verlo así.
Todo el enojo que había podido sentir hacia Fran parecía haber desaparecido.
En ese momento solo existía su hijo.
—¿Y Emma?
preguntó después.
—Está bien.
—¿También la revisaron?
—Sí.
—¿Todo normal?
—Todo.
David asintió.
Parecía finalmente recuperar el aire.
Entonces miró hacia mí.
—¿Y tú?
La pregunta me tomó desprevenida.
—Yo...
—¿Estás bien?
Asentí.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí, David.
Sus ojos recorrieron mi rostro.
Probablemente todavía podía notar que había estado llorando.
—Estás llorando.
Me limpié rápidamente una lágrima que ni siquiera había notado.
—Ya estoy bien.
David dio un paso hacia mí.
Por un segundo pensé que iba a abrazarme.
Pero se detuvo.
Como si recordara que ya no podía hacerlo automáticamente.
Ese pequeño gesto me dolió más de lo que esperaba.
—Me alegra que estén bien —dijo finalmente.
—A mí también.
Fran se acercó entonces.
—El médico nos explicó qué hacer si vuelve a pasar y cuáles son las señales por las que tendríamos que regresar.
David lo miró.
—Gracias.
La palabra salió correcta.
Educada.
Pero todavía había una tensión evidente.
—No tienes que agradecerme —respondió Fran—. Cami me llamó y vine.
David asintió.
—Lo sé.
Otra pausa.
—Gracias por traerlos.
Fran volvió a asentir.
—Claro.
Yo sabía perfectamente que aquello era lo máximo que David podía ofrecer en ese momento sin decir algo que empeorara las cosas.
Y, honestamente, tampoco quería que lo hiciera.
Fran se acercó a mí.
—Si necesitas algo, llámame.
—Gracias, Fran.
Sonrió.
—Descansa.
Miró a los bebés una última vez.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
David no dijo nada.
Solo lo siguió con la mirada mientras Fran caminaba hacia el taxi.
Cuando Fran se fue, quedó un silencio extraño entre nosotros.
David miró hacia donde había desaparecido.
Después volvió a mirarme.
—¿Por qué no me llamaste?
No había enojo en su voz.
Eso lo hacía peor.
Porque podía escuchar la tristeza.
Bajé la mirada.
—Porque estabas en el evento.
—Cami...
—Llevas dos semanas haciendo todo por nosotros.
Apreté los labios.
—Pensé que necesitabas salir. Divertirte un rato. Hablar con gente. Despejarte.
David negó lentamente con la cabeza.
—No tienes que protegerme de eso.
Lo miré.
—No quería arruinarte la noche.
—¿Arruinarme la noche?
Soltó una pequeña risa sin humor.
—Nuestro hijo estaba llorando desconsoladamente y tú estabas asustada.
Se acercó un poco.
—No existe ningún evento lo suficientemente importante para que yo prefiera estar ahí antes que con ustedes.
No supe qué responder.
David bajó la mirada hacia Matteo.
—Podrías haberme llamado.
—Lo sé.
—Aunque estuviera en una reunión.
—Lo sé.
—Aunque estuviera en medio de una cena.