David se acomodó junto a mí y volvió a tomar mi mano.
Sus dedos se entrelazaron con los míos.
Estaban fríos.
Los míos también.
—¿Estás bien?
Preguntó.
Lo miré.
—No.
Él soltó una pequeña risa.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Entonces estamos igual.
Sonreí.
Y esa sonrisa, aunque pequeña, pareció tranquilizarlo.
—Tengo mucho miedo.
Confesé.
David acercó su rostro al mío.
—Yo también.
—Pensé que ibas a decirme que no tuviera miedo.
—No. —Negó con la cabeza—. Porque sería mentirte.
Sus ojos estaban brillosos.
—Pero estoy aquí.
Apreté su mano.
—Lo sé.
—Y no voy a soltarte.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
La anestesista comenzó a revisar nuevamente los monitores mientras el equipo terminaba de prepararse.
Yo intentaba mirar cualquier cosa que no fuera el instrumental.
Las luces.
El techo.
A David.
Principalmente a David.
—¿Sabes qué estaba pensando? —preguntó de repente.
—¿Qué?
—Que todavía no hemos decidido quién va a cambiar el primer pañal.
Lo miré incrédula.
—¿En serio?
—Sí.
—David, estamos en un quirófano.
—Precisamente. Es importante resolver asuntos pendientes.
Solté una pequeña carcajada.
—Tú lo cambias.
—¿Yo?
—Tú.
—Pero yo cambié el último pañal de práctica.
—¿El de un muñeco?
—Sí. Y fue bastante complicado.
—No puedo creer que estés hablando de esto ahora.
—Estoy intentando distraerte.
Aquello hizo que mi sonrisa creciera.
—Lo estás consiguiendo.
—Entonces seguiré.
Se acercó un poco más.
—También tenemos que decidir quién les va a enseñar a conducir.
—Tienen que aprender a caminar primero.
—Detalles.
—Y hablar.
—También.
—Y crecer.
—Eso puede esperar.
Volví a reír.
Pero esta vez las lágrimas aparecieron junto con la sonrisa.
David las vio.
Y su expresión cambió inmediatamente.
—Ey...
Con el pulgar me secó una lágrima.
—No llores.
—No puedo evitarlo.
—Yo tampoco.
Su voz volvió a quebrarse.
—Es que... no puedo creer que estemos aquí.
Miré hacia mi barriga.
—Yo tampoco.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Solo nos miramos.
Como si los dos estuviéramos intentando comprender que después de tantos meses de espera, de consultas, de nervios, de ilusiones y de miedo, finalmente habíamos llegado a ese momento.
Entonces miré el reloj.
Las once y doce.
Faltaban apenas unos minutos.
Mi corazón comenzó a latir todavía más rápido.
—David.
—¿Sí?
—¿Y si lloro demasiado?
Él sonrió.
—Entonces lloraremos juntos.
—¿Y si me pongo muy nerviosa?
—Te recordaré que respires.
—¿Y si tengo miedo?
—Te recordaré que estoy aquí.
—¿Y si...?
No pude terminar.
David acercó sus labios a mi frente.
—Y si pasa cualquier cosa, no vas a estar sola.
Cerré los ojos.
Una lágrima recorrió mi mejilla.
—Te amo, te amo más de lo que puedo explicarte.
Me besó la frente otra vez.
—Te amo.
Después mi mejilla.
—Te amo.
Y finalmente mis labios.
—Te amo.
Sonreí entre lágrimas.
—Ya lo dijiste.
—Lo sé.
—Cuatro veces.
—Puedo decirlo otras cien.
—Entonces hazlo.
David sonrió.
—Te amo.
Y volvió a besar mi frente.
—Te amo.
Mi mejilla.
—Te amo.
Mi mano.
—Te amo.
Mi cabello.
—Te amo.
No pude contener la risa.
—David...
—¿Qué?
—Voy a llorar más.
—Entonces lloramos más.
A las once y quince comenzó oficialmente la cirugía.
El ambiente cambió.
Las conversaciones se volvieron más precisas.
El equipo médico comenzó a trabajar.
Yo podía sentir movimientos y presión, pero no dolor.
Y aun así, mi corazón parecía querer salirse de mi pecho.
David permanecía junto a mí.
No apartaba los ojos de mi rostro.
—Mírame.
Me dijo.
Lo hice.
—No mires nada más.
—No estoy mirando nada.
—Entonces mírame a mí.
—Te estoy mirando.
—Bien.
Me acarició la mano con el pulgar.
—Háblame.
—¿De qué?
—De cualquier cosa.
Pensé unos segundos.
—¿Qué crees que van a pensar cuando te vean?
David sonrió.
—Que soy el hombre más guapo del mundo.
—David.
—Está bien. Que soy su papá.
Su expresión cambió al decir aquella última palabra.
Papá.
Se quedó en silencio unos segundos.
—Dios...
—¿Qué?
—Voy a ser papá.
Lo dijo casi en un susurro.
Y aquella frase hizo que ambos lloráramos otra vez.
—Sí.
—Voy a ser papá.
Apretó mi mano.
—Y tú vas a ser mamá.
Asentí.
—Ya lo soy.
David cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a abrirlos, tenía las lágrimas acumuladas.
—Te amo tanto.
—Yo también.
—Gracias.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—Por ellos.
Su mirada descendió hacia mi barriga.
—Por nuestra familia.
Me besó la frente.
—Por haber llegado hasta aquí conmigo.
Yo apreté sus dedos.
—Llegamos juntos.
—Sí.
Sonrió entre lágrimas.
—Juntos.
Los minutos comenzaron a pasar.
Once y veinte.
Once y veintitrés.
Once y veintiséis.
Yo ya no sabía si estaba respirando demasiado rápido o demasiado lento.
David seguía hablando.
De cualquier cosa.
De la casa.
De la habitación que habían preparado.
De los pequeños gorritos que Sandra había llevado.
De cómo seguramente Emma iba a tener mi carácter.
Y de cómo Matteo probablemente tendría su mal humor.
—Eso último no es cierto.