Los primeros en terminar fueron los dos.
Emma se soltó primero.
Matteo la siguió unos minutos después.
Los observé mientras se quedaban completamente tranquilos, con los ojos pesados y las mejillas redondas.
David sonrió.
—Creo que alguien está listo para dormir.
—Creo que los dos.
Tomé a Emma con cuidado mientras David levantaba a Matteo.
Los acomodamos contra nuestros hombros.
La habitación volvió a quedar en silencio mientras esperábamos que terminaran de sacar el aire.
Primero fue Matteo.
Un pequeño eructo que hizo sonreír a David.
—Perfecto.
Después Emma.
—Y la princesa también.
Esperamos unos segundos más.
Los dos estaban completamente dormidos.
David los llevó hasta los colechos.
Primero a Emma.
Después a Matteo.
Los acomodó uno junto al otro, ajustando sus pequeñas mantas y comprobando que estuvieran cómodos.
Se quedó unos segundos observándolos.
Luego apagó la pequeña luz que había junto a ellos y regresó a la cama.
Lo hizo con muchísimo cuidado.
Como si hasta el sonido de sus pasos pudiera despertarlos.
Yo ya me había limpiado y acomodado entre las almohadas.
David se metió bajo las sábanas.
Y por un instante ninguno dijo nada.
Entonces él se acercó.
Me rodeó con un brazo.
Y yo, sin pensarlo demasiado, apoyé la cabeza sobre su pecho.
La sensación fue extrañamente familiar.
Su corazón latía debajo de mi mejilla.
Lento.
Tranquilo.
Y durante unos segundos simplemente permanecimos así.
Sin hablar.
Hasta que David rompió el silencio.
—Todavía no puedo creerlo.
—¿Qué cosa?
—Que me hayas dado otra oportunidad.
Levanté un poco la cabeza.
—No dije que todo estuviera solucionado.
—Lo sé.
Sonrió.
—Pero me dejaste intentarlo.
Volví a apoyar la cabeza sobre su pecho.
—Eso sí.
Su brazo se ajustó un poco alrededor de mí.
—Voy a hacer que valga la pena.
—David...
—Lo sé.
Me besó suavemente en el cabello.
—No voy a presionarte.
Eso era precisamente lo que necesitaba escuchar.
—Gracias.
Nos quedamos callados un momento.
Pero había demasiadas cosas que todavía no nos habíamos contado.
Demasiadas partes de aquellos meses que habíamos vivido separados.
Hasta que David habló nuevamente.
—Quiero saberlo todo.
—¿Todo qué?
—Todo lo que pasó mientras estabas lejos.
Sentí un pequeño nudo en la garganta.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Bajó la mirada hacia mí.
—Quiero conocer esa parte de tu vida.
Suspiré.
Y comencé.
—Cuando llegué al pueblo no sabía cuánto tiempo iba a quedarme.
David no dijo nada.
Solo me acarició lentamente el brazo.
—Al principio pensé que serían unas semanas.
Quizá un mes.
Necesitaba desaparecer.
Estar lejos de todo.
De ti.
De la ciudad.
De las personas que me conocían.
—¿Y tu casa?
Sonrió apenas.
—Era pequeña, mucho más pequeña que la que teníamos aquí, pero me gustaba. Tenía un jardín, una cocina sencilla y una habitación que veía directamente hacia unos árboles enormes. Por las mañanas podía escuchar pájaros. A veces ni siquiera necesitaba una alarma, me despertaban ellos.
David soltó una pequeña risa.
—Eso suena muy diferente a nuestra vida.
—Muchísimo.
—¿Y qué comías?
Lo miré.
—¿En serio quieres saber?
—Todo.
—Comida casera, muchísima. Al principio me parecía extraño, después me acostumbré. Había días en los que compraba cosas en el mercado del pueblo y cocinaba yo misma, otros días alguna señora de la zona me llevaba comida.
—¿Y Sandra?
Sonreí.
—Sandra estaba preocupadísima.
—Me imagino.
—Hasta llegó a decir que iba a adoptar una vaca.
David levantó las cejas.
—¿Qué?
Solté una carcajada.
—Sí, porque por un momento pensó que yo podía quedarme a vivir allí para siempre y según ella, si me iba a convertir en una mujer del campo, necesitaba una vaca.
David empezó a reír.
—¿Sandra dijo eso?
—Literalmente.
—No puedo creer que me perdí eso.
—Yo tampoco.
Sonreí.
Pero poco a poco mi expresión cambió.
Porque detrás de aquellos recuerdos también había mucho dolor.
—Aunque no todo fue así.
David dejó de reír.
—Lo sé.
—Había días en los que estaba muy triste, muchísimo. No quería hablar con nadie, no quería salir. Había momentos en los que pensaba que había tomado la decisión equivocada y otros en los que estaba convencida de que irme era lo único que podía hacer.
Sentí cómo su mano se detenía sobre mi brazo.
—Yo tenía muchísimo miedo de no volver a verte.
Susurró.
—Yo también tenía miedo de no volver.
Lo miré.
—Pero después aparecieron ellos.
David sonrió inmediatamente.
—Emma y Matteo.
Asentí.
—Yo todavía no sabía quiénes eran, ni siquiera sabía que existían. La primera vez que me enteré de que estaba embarazada... me quedé completamente paralizada.
David me miró con atención.
—¿Qué sentiste?
Pensé unos segundos.
—Nada de lo que imaginé que sentiría, no fue una alegría inmediata. Fue miedo, muchísimo miedo. Después de todo lo que había pasado, no sabía si podía confiar en que algo tan bueno realmente pudiera quedarse conmigo.
—¿Pensaste en nosotros?
—Sí.
Bajé la mirada.
—Pensé en ti inmediatamente, pero también pensé que no podía volver, no sabía si quería volver, no sabía qué hacer. Solo sabía que había dos pequeñas vidas creciendo dentro de mí y eso cambió todo.
David respiró profundamente.
—¿Cuándo empezaste a quererlos así?
Sonreí.
—Creo que desde el principio, aunque tardé en reconocerlo, al principio estaba aterrada, cada síntoma me preocupaba, cada consulta me ponía nerviosa pero con el tiempo... empecé a hablarles, a tocarme el vientre, a imaginar cómo serían, a pensar en nombres, a preguntarme a quién se parecerían.