Si el Destino Lo Quiere

27

Cuando terminamos de almorzar, ya había olvidado lo agradable que podía ser simplemente sentarme a conversar con David.

Sin interrupciones.

Sin preocupaciones.

Sin pensar en nada más que en el momento.

Bueno.

Casi sin interrupciones.

Porque Emma había decidido reclamar atención varias veces durante la comida.

Y Matteo se había dedicado a lanzar uno de sus juguetes al suelo cada vez que podía.

Pero aun así había sido agradable.

Muy agradable.

David estaba terminando su limonada cuando lo miré.

—Antes de ir a casa quiero hacer algo.

—¿Qué cosa?

—Ir a un gimnasio.

Parpadeó.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Para qué?

—Para inscribirme.

David me observó unos segundos.

—¿Estás segura?

Asentí.

—Completamente.

—Pensé que todavía lo estabas considerando.

—Ya lo consideré.

—¿Y?

—Quiero empezar.

David sonrió.

—Está bien, aunque para mí no hace falta.

Rodé los ojos.

—Ya empezamos.

—Solo digo la verdad.

—Y yo quiero volver a sentirme cómoda conmigo misma.

David tomó mi mano.

—Eso también lo entiendo.

Y así, después de pagar la cuenta y acomodar nuevamente a los bebés en sus sillitas, nos dirigimos a uno de los gimnasios más grandes de la zona.

Al principio iba emocionada.

Muy emocionada.

Pero aquella emoción empezó a desaparecer apenas crucé las puertas.

Porque había mujeres con cuerpos perfectos.

Abdómenes marcados.

Piernas tonificadas.

Brazos definidos.

Personas entrenando como si hubieran nacido dentro de un gimnasio.

Y de repente me sentí fuera de lugar.

Muchísimo.

Miré mi reflejo en uno de los espejos.

Después miré a las demás personas.

Y automáticamente empecé a compararme.

Error.

Grave error.

David se dio cuenta inmediatamente.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Camila.

Suspiré.

—Creo que no quiero inscribirme.

—¿No?

Negué con la cabeza.

—No.

David no dijo nada.

Simplemente esperó.

—Tengo espacio en casa, muchísimo espacio.

—Sí.

—Y creo que me sentiría más cómoda entrenando allí.

David asintió.

—Perfecto.

Lo miré.

—¿Perfecto?

—Claro.

—¿No vas a convencerme de quedarme?

—No.

—¿Por qué?

—Porque si vas a entrenar quiero que te sientas cómoda.

Aquella respuesta me hizo sonreír.

—Entonces haré un gimnasio en casa.

—Me parece una excelente idea.

—Solo necesito algunas máquinas.

—Las compramos.

—Y unas pesas.

—Las compramos.

—Y una caminadora.

—También.

Lo miré divertida.

—¿Vas a comprarme todo?

—Sí.

—David.

—¿Qué?

—No tienes que decir que sí a todo.

—Pero quiero hacerlo.

Y antes de que pudiera seguir discutiendo, me dio un beso en la frente.

Lo que hizo bastante difícil continuar protestando.

Después fuimos a la farmacia.

Porque necesitaba comprar varias cosas.

Mis vitaminas.

Los suplementos que me habían recomendado.

Algunas cremas.

Y varias cosas más.

Terminé llenando una canasta entera.

David llevaba otra.

—Eso no estaba en la lista.

Comentó al ver unos mordedores para bebés.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué los llevas?

—Porque pronto les saldrán los dientes.

—Todavía falta.

—Prefiero tenerlos antes.

David se rio.

—Te estás convirtiendo en tu mamá.

—Probablemente.

También compré toallas higiénicas.

Algunas cosas para el cuidado personal.

Más vitaminas.

Y un par de productos que ni siquiera estaba segura de necesitar todavía.

Pero que terminé llevando por si acaso.

Cuando llegamos a la caja, saqué mi tarjeta.

O al menos lo intenté.

Porque antes de que pudiera acercarla al lector, David ya había pasado la suya.

Lo miré inmediatamente.

—David.

—¿Qué?

—Iba a pagar yo.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué pagaste?

—Porque sí.

—Te voy a transferir el dinero.

David soltó una carcajada.

—No.

—Sí.

—No.

—David.

—Camila.

La cajera nos observaba intentando disimular que estaba escuchando toda la conversación.

—Voy a devolvértelo.

Insistí.

David negó con la cabeza.

Y después dijo algo que me dejó completamente callada.

—Todo lo que tengo también es tuyo.

Parpadeé.

—David...

—Es verdad.

—No tienes que pagar todas mis cosas.

—No estoy pagando tus cosas.

Me observó con tranquilidad.

—Estoy pagando cosas para mi familia.

Sentí que el corazón me daba un pequeño vuelco.

Porque no lo había dicho por obligación.

Ni por presumir.

Ni por quedar bien.

Lo había dicho como si fuera la cosa más normal del mundo.

Como si realmente creyera cada palabra.

David tomó las bolsas.

—Vamos.

—Sigues siendo imposible.

—Y tú sigues intentando discutir cosas que ya decidí.

—Eso suena autoritario.

—Suena eficiente.

Me reí.

Y terminé caminando a su lado hacia el estacionamiento.

Con los bebés dormidos.

Las compras hechas.

Y la extraña sensación de que, poco a poco, nuestra vida estaba encontrando nuevamente su lugar.

No perfecta.

No resuelta.

Pero sí feliz.

Y por ahora, eso era suficiente.

Aquella noche transcurrió con la tranquilidad habitual de los últimos meses.

Baño para los bebés.

Pijamas.

La última toma antes de dormir.

Unos minutos caminando con ellos en brazos para que se relajaran.

Y finalmente los dos quedaron profundamente dormidos en sus colechos.

Emma abrazada a una de sus mantitas.

Y Matteo con una posición que inmediatamente llamó mi atención.

Me quedé observándolo unos segundos.



#1895 en Novela romántica

En el texto hay: amor, embarazo, engaños.

Editado: 01.10.2026

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