El trayecto hasta casa se sintió extrañamente corto.
O quizá yo estaba demasiado ocupada observando a Emma y Matteo.
Cada pocos segundos me inclinaba para asegurarme de que estuvieran bien.
De que respiraran.
De que siguieran cómodos.
De que las mantitas estuvieran en su lugar.
Y cada vez que hacía aquello, David me observaba por el espejo retrovisor.
—Están bien.
Dijo por tercera vez.
—Lo sé.
—Entonces deja de revisarlos cada diez segundos.
—No han sido diez segundos.
—Han sido ocho.
Aquello consiguió arrancarme una sonrisa.
Y también una pequeña risa de David.
Porque ambos sabíamos que probablemente iba a pasar semanas observándolos así.
Quizá meses.
Quizá años.
Cuando finalmente el automóvil giró hacia la entrada principal de la propiedad, sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.
Porque ahora sí.
Ahora era real.
Los bebés iban a conocer su hogar.
Su casa.
El lugar donde crecerían.
Donde aprenderían a caminar.
Donde celebrarían cumpleaños.
Donde construirían recuerdos.
David disminuyó la velocidad.
Y entonces lo vimos.
Toda la familia estaba afuera.
Absolutamente toda.
Mis padres.
Jared.
Sandra.
Alejandra.
José.
Los hermanos de David.
Los sobrinos.
Incluso Lou y Roberto.
Todos.
Esperándonos.
Y apenas el automóvil se detuvo, comenzaron los aplausos.
Las sonrisas.
Los saludos.
Y entonces vi los carteles.
Uno enorme decía:
"Bienvenida Emma Karolina"
Y otro:
"Bienvenido Matteo David"
Sentí que las lágrimas aparecían inmediatamente.
Otra vez.
—No...
Susurré.
Llevándome una mano a la boca.
—Ay, Dios mío.
David también sonrió.
Una sonrisa enorme.
Genuina.
Emocionada.
—Lo organizaron.
Asentí.
Porque era evidente.
Habían decorado parte de la entrada.
Había globos.
Flores.
Lazos.
Y muchísima emoción.
Cuando David abrió la puerta del automóvil, mi mamá fue una de las primeras en acercarse.
—¡Mis bebés!
Exclamó.
Yo me eché a reír entre lágrimas.
—Mamá.
—¿Qué?
—Todavía son mis bebés.
—Ahora son de todos.
Aquello provocó una carcajada general.
David sacó primero a Matteo.
Y yo sostuve a Emma.
En cuanto puse un pie fuera del automóvil sentí una emoción difícil de describir.
Porque ya no era la clínica.
Ya no era una habitación de hospital.
Era nuestra casa.
Y mis hijos estaban llegando a ella por primera vez.
Alejandra se secó discretamente una lágrima.
José sonreía orgulloso.
Sandra estaba tomando fotografías.
Jared grababa un video.
Y yo apenas podía procesar todo.
—Bienvenidos a su casa.
Dijo mi papá.
Y aquellas palabras terminaron de romperme.
Porque eso era exactamente lo que eran.
Bienvenidos a casa.
Entramos lentamente.
Todos intentando hablar al mismo tiempo.
Todos queriendo ver a los bebés.
Todos emocionados.
Y por unos minutos la casa se llenó de risas.
De fotografías.
De comentarios sobre lo pequeños que eran.
Y de discusiones sobre a quién se parecían.
Hasta que finalmente surgió una pregunta inevitable.
—¿Dónde van a quedarse?
Preguntó Sandra.
Yo miré a David.
Y él me miró a mí.
Porque ambos sabíamos la respuesta.
Durante los últimos días se había tomado una decisión práctica.
Una decisión basada únicamente en las necesidades de los bebés.
Nada más.
Nada menos.
La habitación donde yo había permanecido durante los meses más delicados del embarazo no era la más adecuada.
Era cómoda.
Sí.
Pero no tenía suficiente espacio.
En cambio, nuestra antigua habitación...
La habitación que habíamos compartido durante años antes de separarnos...
Era diferente.
Mucho más amplia.
Mucho más equipada.
Y permitía tener las cunas.
Los colechos.
El cambiador.
La silla de lactancia.
Y todo lo que dos recién nacidos necesitaban.
—Nos instalaremos arriba.
Dijo David.
Algunos intercambiaron miradas discretas.
Pero nadie comentó nada.
Y lo agradecí.
Porque no tenía ganas de explicar nada.
Ni de responder preguntas.
Subimos despacio.
Yo todavía caminaba con cuidado por la cesárea.
Y cuando finalmente entré en aquella habitación...
Me quedé inmóvil.
Porque hacía mucho tiempo que no la veía así.
Nuestra cama seguía allí.
Las fotografías.
Los muebles.
Los detalles que alguna vez habían formado parte de nuestra vida cotidiana.
Pero ahora había algo más.
Las dos cunas.
Los colechos colocados a cada lado.
El cambiador.
Los pañales perfectamente organizados.
Las mantitas.
Los productos para bebés.
Todo preparado.
Todo listo.
Esperándolos.
Sentí un nudo en la garganta.
Y miré a Emma.
Después a Matteo.
—Esta es su habitación ahora.
Susurré.
David dejó cuidadosamente a Matteo en uno de los colechos.
Y yo hice lo mismo con Emma.
Ambos quedaron dormidos.
Ajenos a toda la emoción que habían provocado.
Durante varios segundos nadie habló.
Porque la imagen era perfecta.
Las dos pequeñas cunas.
Los dos bebés.
Y aquella habitación que había sido testigo de tantas cosas.
Ahora preparándose para una etapa completamente nueva.
David permaneció a mi lado.
Sin tocarme.
Sin invadir mi espacio.
Simplemente observando a nuestros hijos.
Y por un instante recordé la conversación del hospital.
Las heridas.