La mañana siguiente a la reunión familiar fue mucho menos festiva.
Y mucho más real.
Porque después de un mes de fotografías, visitas, celebraciones y momentos bonitos, tocaba volver a algo mucho más importante.
La revisión pediátrica de Emma y Matteo.
Yo había estado nerviosa desde la noche anterior.
Muy nerviosa.
Porque aunque los veía crecer todos los días, seguían siendo prematuros.
Y una parte de mí siempre estaba pendiente de cada detalle.
De cuánto dormían.
De cuánto comían.
De cuánto pesaban.
De cada movimiento.
De cada sonido.
De cada gesto.
David decía que estaba obsesionada.
Y probablemente tenía razón.
—Respira.
Me dijo mientras acomodaba las sillitas de los bebés en el auto.
—Estoy respirando.
—No parece.
—David.
—¿Qué?
—Estoy bien.
—Claro.
Sonrió.
—Por eso llevas veinte minutos revisando si tienen mantas.
No respondí.
Porque sí las había revisado varias veces.
Cuando llegamos a la consulta, los bebés permanecieron dormidos casi todo el tiempo.
Lo que agradecí enormemente.
La enfermera primero tomó las medidas.
Peso.
Talla.
Perímetro cefálico.
Después registró todo en sus historias clínicas.
Y finalmente entró el pediatra.
Un hombre amable que ya los había visto varias veces desde el nacimiento.
—Veamos cómo están estos campeones.
Dijo mientras comenzaba a examinarlos.
Primero revisó a Emma.
Después a Matteo.
Los observó atentamente.
Sus reflejos.
La movilidad de sus brazos.
La fuerza con la que sujetaban un dedo.
La forma en que reaccionaban a los estímulos.
La posición de la cabeza.
La musculatura.
Todo.
Yo seguía cada movimiento con el corazón acelerado.
Y cuando terminó, tomó asiento frente a nosotros.
—En general van bien.
Sentí un enorme alivio.
—Pero...
Y ahí estaba el "pero".
Porque siempre había un "pero".
El médico observó los resultados.
—Han ganado peso y eso es bueno.
Asentí.
—Sin embargo, me gustaría que hubieran ganado un poco más.
Mi estómago se apretó inmediatamente.
—¿Es grave?
—No.
Respondió enseguida.
—No estamos hablando de algo grave.
Pero sí de algo que debemos vigilar.
Miró nuevamente las tablas.
—Al ser prematuros necesitamos asegurarnos de que recuperen peso de forma constante.
Yo bajé la mirada hacia Emma.
Sentí una culpa inmediata.
Ridícula.
Pero inmediata.
—¿No están comiendo suficiente?
Pregunté.
—Posiblemente necesiten comer con más frecuencia.
Contestó el pediatra.
—También presentan un tono muscular ligeramente bajo, algo que puede verse en bebés prematuros. Nada alarmante. Pero necesitamos ayudarlos.
David se inclinó un poco hacia adelante.
—¿Qué debemos hacer?
El médico juntó las manos.
—Lo principal es aumentar la frecuencia de alimentación.
Yo asentí.
—Está bien.
—Actualmente, ¿cada cuánto comen?
—Entre tres y cuatro horas.
Respondí.
El pediatra negó suavemente.
—Quiero que durante las próximas semanas no pasen más de dos horas entre tomas.
Parpadeé.
—¿Dos horas?
—Como máximo.
Miré a David.
Después al médico.
—¿También de noche?
—También de noche.
Sentí que casi me daba algo.
—¿Cada dos horas?
—Sí.
—¿Toda la noche?
—Sí.
David soltó una pequeña exhalación.
Probablemente haciendo exactamente el mismo cálculo que yo.
Porque aquello significaba prácticamente no dormir.
El pediatra continuó:
—Si logramos aumentar el aporte de leche materna, probablemente sea suficiente, pero si no vemos mejoría en el peso... Tendremos que complementar con fórmula.
Negué inmediatamente.
Demasiado rápido.
—No.
El médico levantó una ceja.
—¿No?
—Quiero lactancia materna exclusiva.
Mi voz salió más firme de lo que esperaba.
—Al menos durante el primer año.
El pediatra sonrió ligeramente.
—Y me parece perfecto siempre que los bebés reciban la cantidad necesaria.
Asentí.
—La recibirán.
—Entonces tendremos que trabajar un poco más.
Tomó una hoja.
—Cada dos horas, sin excepción. Sea de día. Sea de noche. Sea madrugada. Y si alguno está dormido, lo despiertan.
Sentí que mi alma abandonaba mi cuerpo.
David soltó una pequeña risa.
—Creo que acaba de entrar en pánico.
Lo fulminé con la mirada.
—No estoy entrando en pánico.
—Claro que sí.
El pediatra sonrió.
—Es normal.
Después miró directamente a David.
—Y tú vas a tener que ayudar mucho.
David asintió inmediatamente.
—Por supuesto.
—No me refiero a ayudar de vez en cuando. Me refiero a involucrarte completamente, porque alimentar a dos bebés cada dos horas es agotador.
David ni siquiera dudó.
—Lo sé.
—Camila necesitará descansar cuando pueda, necesitará hidratarse, comer bien, dormir aunque sea pequeños periodos y probablemente necesitará apoyo emocional.
Miré al médico.
Después a David.
Y por alguna razón me sentí un poco avergonzada.
Porque durante las últimas semanas David ya estaba haciendo prácticamente todo eso.
El pediatra continuó.
—Especialmente porque son dos bebés, no uno. Dos. Y eso cambia completamente el nivel de exigencia.
David volvió a asentir.
—Entendido.
—Mientras ella alimenta a uno, tú puedes encargarte del otro, cambios de pañal, sacar gases, preparar todo, lavar extractores, guardar leche. Lo que sea necesario.
—Ya lo hago.
Respondió David.
El médico sonrió.
—Entonces sigue haciéndolo. Porque durante las próximas semanas será todavía más importante.