Si el Destino Lo Quiere

26

—Y se nota.

Repitió Alejandra con una sonrisa demasiado tranquila.

Demasiado.

Yo conocía esa expresión.

La había visto muchas veces antes.

Generalmente aparecía cuando ya sabía algo y estaba esperando que los demás se lo confirmaran.

David también la reconoció.

Porque inmediatamente se aclaró la garganta.

—Mamá...

—¿Qué?

Respondió ella con inocencia.

Falsa inocencia.

—Nada.

—Exacto. Nada.

David y yo intercambiamos una mirada.

Y eso pareció divertirla todavía más.

—¿Cómo estuvo el día?

Preguntó.

—Bien.

Respondí.

—Mis papás nos llevaron al jardín casi toda la tarde.

—Vi algunas fotos, David me enseñó.

Sonreí.

—Sí, los bebés estuvieron muy tranquilos.

—Eso ya es una bendición.

Todos nos reímos.

La conversación continuó algunos minutos.

Hablando de los bebés.

De cuánto habían crecido.

De lo bien que se veían.

De lo mucho que Alejandra los extrañaba.

Hasta que finalmente llegó el momento que ella estaba esperando.

—Y ustedes dos...

David cerró los ojos.

—Mamá.

—¿Qué?

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Todavía.

Alejandra soltó una pequeña carcajada.

—Solo iba a preguntar cómo están.

—Bien.

Respondimos los dos al mismo tiempo.

Ella levantó una ceja.

—Ajá.

David negó con la cabeza.

—Mamá.

—¿Qué?

—Te conozco.

—Y yo te conozco a ti.

Aquello me hizo reír.

—Camila.

Dijo Alejandra.

Mirándome directamente.

—¿Sí?

—¿Eres feliz?

La pregunta me tomó por sorpresa.

Porque no estaba preguntando por los bebés.

Ni por el viaje.

Ni por la casa de mis padres.

Estaba preguntando por mí.

Por mí de verdad.

Miré a David.

Después volví a verla.

Y sonreí.

—Sí.

Alejandra se quedó observándome unos segundos.

Y su sonrisa se suavizó.

—Eso es lo único que me importa.

Sentí un pequeño nudo en la garganta.

Porque era sincera.

Completamente sincera.

—Gracias.

—Siempre.

Respondió ella.

David se acercó un poco más a mí.

Y sin darse cuenta apoyó una mano sobre mi cintura.

Un gesto automático.

Natural.

Como había estado haciendo todo el día.

El problema fue que Alejandra lo vio.

Y yo también me di cuenta de que lo había visto.

Hubo un silencio.

Muy corto.

Pero suficiente.

La sonrisa de Alejandra se volvió enorme.

—Ajá.

David cerró los ojos.

—Mamá...

—¿Qué?

—No.

—¿No qué?

—No hagas eso.

—¿Hacer qué?

—Eso.

—No estoy haciendo nada.

Yo ya estaba riéndome.

Porque la situación era absurda.

—Camila.

Dijo Alejandra.

—¿Sí?

—Tu novio está rojo.

David abrió los ojos inmediatamente.

—Mamá.

—Bueno. Tu novio. Tu exnovio. Tu futuro esposo. El papá de tus hijos. Lo que sea que sea ahora.

—¡Mamá!

La carcajada que solté fue tan fuerte que tuve que taparme la boca para no despertar a los bebés.

Alejandra parecía encantada.

—¿Ves? ya sabía que algo estaba pasando.

—No sabes nada.

Respondió David.

—Claro que sí.

—No.

—David. Tengo ocho hijos. Crees que no reconozco cuando uno está enamorado.

David resopló.

Yo seguía riéndome.

Porque, sinceramente, era imposible no hacerlo.

—Además.

Continuó ella.

—Te conozco desde que naciste y tienes exactamente la misma cara que tenías cuando eras adolescente y te declaraste con Cami.

—Mamá.

—La misma.

—Mamá.

—Idéntica.

—Mamá.

Yo ya tenía lágrimas en los ojos de tanto reírme.

—Está bien, está bien.

Alejandra finalmente levantó las manos en señal de rendición.

—No preguntaré nada más.

—Gracias.

—Por ahora.

David dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Dios mío.

—Pero me alegra verte feliz.

Su tono cambió.

Y esta vez sonó completamente sincero.

—Muchísimo.

David sonrió.

Una sonrisa pequeña.

De esas que solo aparecían cuando algo realmente le llegaba al corazón.

—Gracias, mamá.

—Y me alegra verte feliz a ti también.

Me dijo después.

—Te lo mereces.

Sentí cómo mi sonrisa se volvía más suave.

—Gracias.

La conversación continuó unos minutos más.

Hasta que finalmente Alejandra comenzó a despedirse.

—Los dejo descansar.

—Buenas noches.

Respondimos los dos.

—Denles un beso enorme a mis nietos.

—Se los daré.

Respondió David.

—Y ustedes también duerman, porque mañana volverán a despertarse a las cinco de la mañana.

—Probablemente antes.

Dije.

Alejandra soltó una carcajada.

—Exactamente.

La llamada terminó.

Y la habitación volvió a quedar en silencio.

Solo se escuchaba el sonido suave del monitor de los bebés.

David dejó el teléfono sobre la mesa de noche.

Y negó con la cabeza.

—Mi madre es imposible.

—Tu madre es adorable.

—No cuando empieza a investigar.

—Ya sabía todo.

—Sí.

Suspiró.

—Probablemente.

Me acomodé mejor sobre la cama.

—¿Te molesta?

—¿Qué cosa?

—Que lo sospeche.

David me miró.

Y sonrió.

—No.

Se acercó.

Apartó un mechón de cabello de mi rostro.

—La verdad es que me gusta.

—¿Sí?

—Sí.

Me dio un beso en la frente.

—Porque significa que vuelvo a tener algo que presumir.

Sentí calor en las mejillas.

—David...

—Es verdad.

Me rodeó con un brazo.

—Durante meses tuve que extrañarte en silencio, ahora puedo volver a presumir que eres mía.

Lo miré.

—¿Tuya?

—Bueno.

Levantó una ceja.

—Y yo tuyo.



#1895 en Novela romántica

En el texto hay: amor, embarazo, engaños.

Editado: 01.10.2026

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