La primera noche en casa de mis padres llegó mucho más rápido de lo que esperaba.
Después de casi seis horas de viaje, acomodar todas las cosas, ser recibidos por mis padres, enseñarles a Emma y Matteo cada pequeño detalle que habían aprendido durante las últimas semanas y finalmente cenar, lo único que quería era dormir.
Pero los bebés tenían otros planes.
Apenas miré la hora, supe que se acercaba la siguiente toma.
Suspiré mientras me levantaba de la cama.
—Ya es hora.
David, que estaba sentado en uno de los sillones, levantó la mirada.
—¿Los dos?
—Los dos.
Él asintió y se incorporó inmediatamente.
La habitación estaba iluminada apenas por una lámpara de la mesa de noche. Mis padres habían dejado todo preparado para que no tuviéramos que encender las luces principales durante la madrugada.
Me senté cómodamente y comencé con Emma.
David se quedó cerca.
No intervenía innecesariamente, pero permanecía atento por si necesitaba algo.
Después llegó el turno de Matteo.
A esas alturas ya conocíamos bastante bien sus ritmos.
Emma solía terminar un poco antes.
Matteo podía quedarse más tiempo.
Y esa noche no fue diferente.
Cuando finalmente terminó, me quedé unos segundos observándolos.
Los dos parecían completamente satisfechos.
David se acercó.
—¿Ya?
—Sí.
—Dámelos.
Le entregué primero a Emma.
Él la acomodó contra su pecho y esperó unos segundos antes de llevarla hasta su colecho.
La dejó con muchísimo cuidado.
Acomodó la mantita.
Comprobó que estuviera bien.
Y luego volvió por Matteo.
—Mi pequeño.
Susurró mientras lo levantaba.
Matteo hizo un pequeño sonido.
David se quedó inmóvil.
—Shh...
Le dio unas palmaditas suaves en la espalda.
—Ya está.
Finalmente lo acomodó junto a su hermana.
Los dos quedaron dormidos.
Yo los observé unos segundos.
Había algo tranquilizador en verlos allí.
Seguros.
Cómodos.
Tan cerca de nosotros.
—Voy a bañarme.
Le dije a David.
—Ve.
Respondió.
—Yo me quedo aquí.
Asentí.
Entré al baño y cerré la puerta.
El agua caliente fue probablemente la mejor sensación del día.
Después de horas de viaje, cargar cosas, alimentar a los bebés y acomodarnos a una habitación nueva, necesitaba ese momento.
Me quedé unos minutos bajo el agua.
Sin pensar.
Sin revisar horarios.
Sin hacer nada.
Solo respirando.
Cuando finalmente salí, me puse el pijama y regresé a la habitación.
Y me detuve.
Los bebés estaban dormidos en sus colechos.
Perfectamente tranquilos.
Y David...
David también estaba dormido.
En el sofá.
Tal como lo hacía en casa.
Tenía una manta sobre el cuerpo, subida hasta los hombros.
La cabeza ligeramente inclinada hacia un lado.
Los brazos cruzados.
Y esa postura incómoda que parecía haber convertido en una costumbre.
Me quedé observándolo unos segundos.
Era casi gracioso.
Porque aquel sofá era mucho más pequeño que el de nuestra casa.
Y definitivamente no era un sofá cama.
Lo que significaba que al día siguiente probablemente tendría la espalda destrozada.
Me acerqué despacio.
—David.
Nada.
Dormía profundamente.
—David.
Moví suavemente su hombro.
Él abrió los ojos de golpe.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Se incorporó rápidamente.
—¿Los bebés?
—Están dormidos.
Su expresión se relajó.
—Ah.
Volvió a dejar caer la cabeza contra el respaldo.
—Entonces está bien.
No pude evitar sonreír.
—No.
—¿No?
—No vas a dormir ahí.
Frunció el ceño.
—Estoy bien.
—David.
—De verdad.
—Mañana no vas a poder moverte.
Él miró el sofá.
Después la cama.
Y finalmente volvió a mirarme.
—No quería molestarte.
Sentí algo extraño en el pecho.
—No me molestas.
—Pensé que sería más cómodo para ti.
—¿Dormir sola?
—Sí.
Lo miré durante unos segundos.
—No te estoy pidiendo que duermas conmigo.
—Lo sé.
—Pero tampoco quiero que mañana estés caminando como un anciano.
Él soltó una pequeña risa.
—Estoy seguro de que sobreviviré.
—David.
—Está bien.
Se levantó finalmente.
Tomó la manta.
Y caminó hasta la cama.
Se quedó de pie junto al colchón.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Seguro?
Asentí.
—Seguro.
David dejó la manta sobre el borde.
Y por un instante ninguno de los dos supo qué hacer.
Porque aquella cama era enorme.
Y nosotros llevábamos semanas aprendiendo a convivir con esa especie de distancia extraña entre ambos.
No éramos una pareja.
Pero tampoco éramos dos desconocidos.
Éramos algo intermedio.
Algo que todavía no tenía nombre.
Finalmente David se acostó en uno de los extremos.
Yo hice lo mismo en el mío.
Entre nosotros quedó bastante espacio.
Y, sin embargo, la habitación se sintió diferente.
Más tranquila.
Más completa.
Apagué la lámpara.
Durante unos segundos solo se escucharon las respiraciones de los bebés.
Entonces David habló en voz baja.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por dejarme dormir aquí.
Sonreí en la oscuridad.
—No tienes que agradecerme.
Silencio.
Después añadió:
—Buenas noches, Cami.
—Buenas noches, David.
Cerré los ojos.
Y mientras escuchaba a nuestros hijos dormir a pocos pasos de nosotros, pensé que quizá aquella semana realmente iba a ser diferente.
Porque por primera vez en mucho tiempo no sentía que estuviera huyendo de algo.
Simplemente estaba permitiéndome descansar.
Y dejar que las cosas ocurrieran a su propio ritmo.