A las seis y doce de la mañana del dos de enero, Paloma Hamilton ya había redactado treinta y siete cartas de renuncia. Las había escrito todas en su cabeza, de pie bajo el chorro de la ducha, con el champú todavía en el pelo y el alma fuera del cuerpo.
La número uno era formal y elegante: "Estimado señor Lewis, por motivos personales que preferiría no mencionar jamás en esta vida ni en la siguiente."
La número doce era dramática: "Me voy a vivir a un monasterio en los Pirineos y no dejo dirección."
La número veintitrés era directamente una carta de amor a su escritorio, porque era lo único de aquella empresa que se había portado bien con ella durante dos años, y encima ahora estaba manchado de una historia que no podría volver a mirar sin que le subiera un calor desde los dedos de los pies hasta las orejas.
La número treinta y siete, la última, decía solamente: "Me mudo a otro país y cambio de nombre."
Cerró el grifo. El silencio del baño le devolvió el eco de su propio pensamiento, que era más o menos este: Paloma, hiciste lo que hiciste.
Se envolvió en la toalla, se miró en el espejo empañado y limpió un círculo con la mano. Ahí estaba. Veintiocho años, el pelo castaño pegado a la cara, unas ojeras que ni el mejor corrector del mundo iba a disimular y, en el cuello, justo debajo de la oreja izquierda, una marquita rosada del tamaño de una moneda.
Se quedó mirando la marquita durante diez segundos exactos.
—No —le dijo a su reflejo—. No, no, no, no.
El reflejo no contestó, pero tenía cara de culpable.
Para entender lo que pasó esa noche, y por qué Paloma Hamilton, la empleada que nunca había llegado tarde ni un solo día en veinticuatro meses, estaba ahora negociando con su propia dignidad frente a un espejo, hay que retroceder unas horas. Hay que volver a la noche anterior, a la fiesta de fin de año de Lewis & Asociados, la empresa más importante del país, con sus cuarenta y dos pisos de cristal, su logotipo plateado visible desde la autopista y su reputación de devorar a la gente joven y escupir los huesos.
Paloma había llegado a las nueve en punto, porque llegar a las nueve y cuarto habría sido llegar tarde, y llegar tarde era la regla número uno.
Las reglas eran sagradas. Las había escrito en un papel amarillo el primer día de trabajo, hacía dos años, y las había pegado debajo del teclado, donde nadie pudiera verlas pero ella pudiera sentirlas cada vez que tecleaba. Eran tres, claras y elegantes:
Uno, no llegar tarde.
Dos, no contestarle al jefe.
Tres, no acostarse con el jefe.
La regla tres, para ser honestos, nunca había sido un problema. Porque el jefe en cuestión era Reid Lewis, y Reid Lewis era, en palabras de la propia Paloma, un error de la naturaleza con muy buen corte de traje.
Era alto. Era guapo de una manera casi ofensiva, con esa mandíbula que parecía diseñada por un comité y esos ojos grises que miraban a la gente como si estuvieran revisando un contrato y hubieran encontrado una cláusula abusiva. Era director ejecutivo a los treinta y cuatro años. Era el hombre del que hablaban las revistas de negocios en un tono y las revistas del corazón en otro muy distinto.
Y era, sobre todo, insoportable.
Paloma llevaba dos años siendo su secretaria personal, y en ese tiempo había aprendido varias cosas fundamentales. Que Reid Lewis tomaba el café con exactamente una cucharadita de azúcar y que si le ponías dos, lo notaba y te miraba en silencio durante un minuto entero hasta que te sentías una criminal. Que nunca decía por favor, pero que decía gracias de una forma tan rara, tan baja y tan rápida, que a veces Paloma dudaba de si lo había oído o se lo había imaginado. Que cambiaba de acompañante cada semana, y que una vez, un martes cualquiera, ella tuvo que reservar flores para tres mujeres distintas con tarjetas distintas, y se pasó la tarde con un ataque de ética profesional que no le sirvió de nada.
Y aprendió, sobre todo, que lo mejor que se podía hacer con un hombre así era mantener la distancia, el tono neutro y la agenda impecable.
Dos años de eso. Dos años de "sí, señor Lewis", "enseguida, señor Lewis" y "su reunión de las diez se ha trasladado a las once, señor Lewis".
Por eso, aquella noche, Paloma tenía un plan sencillo: aparecer, saludar, comer tres canapés, dejarse ver lo justo, y a las once y media desaparecer sin que nadie lo notara. Era un plan perfecto. Un plan a prueba de errores.
El único error fue la barra libre.
—Un vinito —se dijo a las diez, cuando su amiga Marisol, de contabilidad, le puso una copa en la mano—. Uno solo, por cortesía.
A las diez y media ya iba por el tercero, y los canapés empezaban a sonar a música.
A las once, Marisol la agarró del brazo, con el pelo rizado agitándose como una bandera, y gritó por encima del ruido:
—¡Paloma! ¡Hay que bailar! ¡Es fin de año! ¡Es ley!
—No es ley —protestó Paloma—. Es una sugerencia.
—¡Es ley!
Y así, entre risas, Paloma se encontró en medio de la pista, moviéndose con la torpeza feliz de quien lleva dos años sin mover nada que no sean los dedos sobre un teclado. Bailó una canción, luego otra, luego una tercera que hablaba de bailar hasta que saliera el sol. Se quitó los tacones. Se los puso. Se los volvió a quitar. Se rió de algo que dijo un chico de logística, aunque no recordaba qué.
Y entonces la música cambió, se hizo más lenta, y una voz grave y conocida dijo a su espalda:
—Señorita Hamilton.
Paloma se quedó helada con un tacón en la mano.
Se giró despacio. Muy despacio. Con la lentitud de quien sabe que detrás hay un depredador y no quiere que note el movimiento.
Reid Lewis estaba ahí, a medio metro de distancia, con el esmoquin impecable, la pajarita ligeramente deshecha y esa expresión suya, entre aburrida y divertida, que Paloma jamás había sabido interpretar. Sostenía un vaso de whisky que no parecía haber tocado.
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Editado: 20.10.2026