—Magi. —De inmediato cierro y escondo la caja detrás de mí.
—Me preocupé porque te habías demorado, por eso vine. —La expresión en su rostro, por primera vez, me resulta indescifrable.
Mis manos comienzan a sudar al imaginar en qué estará pensando. Ella, quien ha sido tan amable conmigo, me pidió solo una cosa.
—No quiero lastimarlo —suelto de repente.
—Lo sé. Eres demasiado noble como para tener intenciones tan ruines. —Magui se queda observandome en silencio para después tomar mi mano entre las suyas —. Eres una jovencita maravillosa —entre caricias, sus ojos se mantienen fijos en mi mano—, realmente maravillosa; no lo olvides, no hay nada malo en tí —el suave roce de sus dedos en mi mejilla acompaña éstas últimas palabras.
Sin más, se aleja del sitio dejandome sola y con el corazón acelerado.
Dijo que soy maravillosa.
Una y otra vez se repite ésta frase.
Alegre, guardo la cajita para regresar a la fiesta.
La mesa en donde estaba, ahora se encuentra vacía. Busco a Ezra con la mirada por los alrededores, pero no lo veo, sin embargo, decido quedarme ahí un rato.
Como ya han pasado varios minutos y no tengo noticias de Ezra, me pongo de pie para salir a buscarlo. Recorro el interior de las carpas, luego el salón donde se efectuó la ceremonia y al final paso al jardín. Al cabo de unos veinte minutos comienzo a desesperarme pues a pesar de haber revisado casi toda la finca no logro encontrarlo, además, no atiende el teléfono. Estoy a punto de regresar a las carpas cuando de repente veo una silueta familiar a lo lejos. Ansiosa, apresuro el paso para llegar al sitio.
—¡Ezra!
—Cariño, ¿qué haces aquí?
—Cuando regresé a la mesa no estabas. Te esperé un rato, pero como no apareciste salí a buscarte. Estaba a punto de llamar al helicóptero para comenzar la búsqueda aérea.
—¿Por qué creo que serías capaz de eso?
—Porque es cierto.
—Pero no necesario. Mi abuela no encuentra su brazalete y cree que lo perdió por aquí, por eso me pidió que lo buscara.
—¿Te ayudo?
—Ya revise todo el lugar. Seguro se le cayó en el salón, mejor regresemos.
Antes de emprender camino junto a Ezra, me detengo junto a la fuente admirando su esplendor.
—Parece sacada de un cuento —comento.
—Porque lo es. Cristóbal, el primer dueño de la finca, la mandó a hacer para Adelaida, su esposa. Ella tenía un libro favorito y en ese libro, la fuente era el centro de todo.
—¿Era mágica?
—No, pero sucedían cosas buenas cerca de ella. Adelaida envidiaba a los personajes de su libro porque tenían la fuente. Para ella, representaba luz en la oscuridad, paz en la tempestad. Un lugar donde las personas podían derrumbarse y aún así sentir que eran capaces de construirse nuevamente, donde podías abrir tu corazón y quien estuviera dispuesto a encontrarlo, no lo destruiría. —Mientras continúa el relato, su expresión es cautivadora—. El cumpleaños de Adelaida estaba cerca, así que Cristóbal robó el libro y se lo entregó a su amigo escultor. Para que pudiera trabajar libremente y no arruinar la sorpresa, él y su esposa se fueron de viaje. Cuando regresaron el trabajo estaba terminado, pero para ese entonces Adelaida estaba sumamente afligida. Durante todo ese tiempo, Cristóbal no había mencionado ni por error su cumpleaños. Ella estaba acostumbrada a ser consentida y atesorada en sobremanera, por eso no entendía cómo es que su amado esposo pudo olvidar un evento tan importante.
—Que lindo estar acostumbrada a esas cosas —suelto sin pensar.
Ezra me observa, y antes de aclarar lo que acabo de decir, me sonríe y sin más continúa con la historia.
—El sol se ocultaba para cuando llegaron a casa así que solo tuvieron tiempo de comer y darse un baño antes de irse a acostar. Al día siguiente, un estruendo despertó a Adelaida. Con el cabello alborotado y en pijama, salió corriendo de la habitación con un paraguas en mano hacia el lugar del sonido. Caminó despacio y sigilosa atravesando el jardín hasta que llegó al sitio. Frente a ella, una enorme manta colgaba entre dos ebanos. Llamó a su marido una vez antes de darle el tirón a la tela. Abrumada, aflojó el agarre de su paraguas mientras el silbido del viento acompañaba el sonido del agua corriendo. Se quedó pasmada, creyó que estaba soñando hasta que escuchó la voz de su esposo y después de la de él, la de todos quienes la amaban. Del otro lado de la fuente, familia y amigos se habían reunido para celebrar un año más su vida. Adelaida era puro llorar mientras adulaba a su marido y la similitud entre su fuente y la del libro. Desde ese día, cuando algo perturbaba su corazón, corría hacia la fuente donde siempre la encontraba su esposo y la reconfortaba.
—Qué bonita historia.
—Aún no acaba —aclara—. Mira lo que dice la inscripción de ahí.
Siguiendo la dirección que apunta su mano, comienzo a leer lo que está escrito.
“A mi amor, que me enseñó que la magia no está en un lugar, sino en las palabras, la compañía y el afecto.
Aún busco en ésta fuente tu presencia. Si bien un día creí que la magia provenía de ella, ahora creo que es mágica porque estuviste aquí.
Deseo que nuestro amor prevalezca por la eternidad y éste sitio sea la prueba de ello.
Por siempre tuya, Adelaida.
Por siempre mío, Cristóbal”.
—Cristobal murió a los ochenta y cinco y Adelaida se reunió con él justo en su aniversario luctuoso, después de haber leído la misma historia durante dos años, aquí mismo.
—Es tan triste y romántico.
—Su historia ha pasado de generación en generación. Cuando era pequeño, mi abuelo solía venir a pasar el rato con su amigo, el actual dueño del lugar. A él le gustaba mucho hablar de sus ancestros.
—Encontrar a alguien que puedas amar para siempre y que te ame hasta su último día es un privilegio. Yo también contaría esa historia si fuera de mi familia.
Ezra, junto a mi, acaricia con suavidad mi mano. Me observa un momento, y luego se para frente a mi.
—La tendrás —es todo lo que dice y con eso es suficiente para hacerme sentir el corazón en la garganta.
La música que se escucha a lo lejos es tan tenue como el sonido de las hojas de los ebanos que se mueven con el viento. En este momento, parece que solo existimos nosotros. Mientras sus ojos marrones me contemplan, siento la necesidad de hacerlo ahora.
—Hay algo que quiero decirte.
—Te escucho. —En un tierno acto, acomoda un mechón de mi cabello detrás de mi oreja mientras sonríe.
—Me gustas. —Dando un paso hacia atrás, me alejo de él para a tientas buscar la cajita dentro de mi bolso—. Me gusta como me miras, la manera en que me acaricias y la sonrisa en tus labios cuando me acerco a ti. A pesar de que fue solo una vez, me enamoré de tu rostro adormilado y tu cabello alborotado. Me encanta el sonido de tu risa y como en tus mejillas se forman hoyuelos. Ese lado que solo muestras en tu casa, junto a tu gente, quiero seguirlo viendo siempre. Tú y todo lo que haces es irremplazable para mí, no quiero perder nada de eso. Por lo tanto, quiero hacerte una pregunta…
—Espera, espera, espera. —Negando con las manos y su cabeza, me pide que me detenga.
—¿Qué pasa? —Lentamente los nervios se transforman en miedo al rechazo. Con disimulo, suelto la caja dentro del bolso para sacar la mano.
—¿Por qué dices eso tan de repente? —Por un momento me siento herida, pero al notar la expresión en su rostro y sus mejillas sonrojadas me tranquilizo—. Vas a hacer que me de un ataque.
—¿Te dió vergüenza?
—No, es solo que… fue inesperado. —Recobrando la compostura, se acerca a mí—. También me gustas. Me fascinan tus ojos y esa piel tan suave que tienes me hace querer tocarla siempre. El aroma a miel de tu cabello es tan dulce como el que te pones en el cuello. Tu voz; me sorprende cómo solo escuchando tu voz siento que puedo con veinte jornadas más. Te amo y tampoco quiero perder nada de eso, ni a ti.
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Editado: 29.09.2026