Maeva Russo tenía un sistema financiero muy sencillo: si no lo podía pagar, no existía.
La renta no existía. El recibo de la luz tampoco. Su tarjeta de crédito era una leyenda urbana que los cobradores contaban en voz baja. Lo único que sí existía en su vida eran los zapatos negros del uniforme, que tenían un agujero en la suela izquierda, y el arroz que, por primera vez en cuatro semanas, no había quemado esa mañana.
Un logro. Había que celebrarlo.
Por eso, a las diez de la noche de ese viernes, mientras cargaba una bandeja con ocho vasos de whisky por el casino del hotel Bellagio Royale, que en realidad no era el Bellagio, sino un imitador barato con ínfulas, Maeva se repetía su mantra de supervivencia.
—Hoy no te metes en problemas. Hoy no te metes en problemas. Hoy no...
—¡Cuidado, mesera!
Un hombre en traje de lentejuelas doradas se atravesó en su camino. Ella giró hacia la izquierda, él giró hacia la izquierda. Ella giró hacia la derecha, él también. Era como bailar con un espejo. La bandeja salió volando, los ocho whiskys describieron un arco perfecto, y aterrizaron sobre la espalda de un señor que jugaba a la ruleta.
El señor se levantó empapado. Ella cerró los ojos.
—Lo siento, lo siento muchísimo, le traigo otro. Es más, le traigo dos. Es más, ¿quiere que le seque la espalda? No, mejor no. Perdón.
—Maeva —dijo su jefe, un hombre llamado Gordon que tenía el bigote más triste de Nevada—, mi oficina. Ahora.
—Gordon, fue el hombre de lentejuelas...
—Ahora.
Veinte minutos después, Maeva salió de la oficina con una advertencia, una deducción de cuarenta dólares del sueldo y la certeza de que el universo le tenía algo personal. Se apoyó contra la pared del pasillo, se quitó el zapato del agujero y masajeó su pie.
—Veinticuatro años —susurró—. Veinticuatro años y lo más emocionante que me ha pasado es que una vez no se me cayó la bandeja.
—¡Maeva! —Su amiga Rosie, otra mesera, asomó la cabeza por la puerta de servicio—. Mesa catorce. Una despedida de soltero. Pagan propina en efectivo y no se ponen pesados. Dicen que van tres hombres y uno es un millonario.
—Los millonarios no existen, Rosie. Son como los unicornios, pero con peor cabello.
—Este tiene el cabello perfecto. Ve.
Maeva se puso el zapato, se acomodó la coleta, y fue.
Lo primero que notó fue el traje. Un traje gris carbón, hecho a la medida, de esos que cuestan más que su coche, si es que ella hubiera tenido coche. Lo segundo fue el hombre que lo llevaba puesto.
Era alto. Era moreno. Tenía una mandíbula tan cuadrada que se podría usar para medir ángulos rectos, y unos ojos de color whisky que, para su desgracia, la miraron justo cuando ella tropezó con su propio pie.
Maeva se enderezó con toda la dignidad que le quedaba.
—Buenas noches, caballeros. Soy Maeva, y esta noche seré su mesera. ¿Qué les puedo servir?
—Una botella de lo más caro que tengan —dijo un muchacho rubio con una corona de plástico en la cabeza y una banda que decía NOVIO EN LIQUIDACIÓN—. ¡Me caso en una semana, y necesito olvidar mi libertad!
—Tranquilo, Dylan —dijo el otro amigo, un pelirrojo con cara de contador—. Todavía no sabe lo que dice.
—Perfectamente claro, Gus. Mañana tengo que despedirme de la soltería y de las papas fritas a las dos de la mañana.
Maeva sonrió con profesionalismo.
—Les recomiendo el whisky de reserva especial. Son doscientos cincuenta dólares la botella.
El hombre del traje gris levantó la vista del teléfono, donde llevaba escribiendo algo con el ceño fruncido desde que ella llegó.
—Tráigala. Y tres vasos.
—Cuatro —dijo ella automáticamente, y luego se mordió la lengua—. Digo, tres. Tres vasos. Obviamente tres. Yo no estoy invitada. Qué cosa más rara de decir.
El hombre del traje gris levantó una ceja. Era una ceja muy expresiva. Probablemente tenía más personalidad que la mitad de los ex de Maeva.
—Harrison —dijo él, y le tendió la mano—. Harrison Fitzpatrick.
—Maeva. Russo. Mesera.
—Eso ya me lo imaginaba por el uniforme.
—Y yo me imaginaba que usted era un snob por el traje, así que estamos a mano.
Dylan y Gus soltaron una carcajada. Harrison no sonrió, pero la comisura de su boca se movió un milímetro. Maeva lo anotó mentalmente. Era el equivalente a una ovación de pie.
Se fue a buscar la botella, y mientras caminaba, Rosie le susurró desde la barra:
—¿Y bien? ¿Es un unicornio?
—Es un cactus —murmuró Maeva—. Un cactus caro y guapo, pero cactus al fin.
A la una de la mañana, la mesa catorce era un campo de batalla.
Dylan había perdido la corona y estaba cantando una canción de amor a una planta artificial. Gus se había quedado dormido con la cabeza sobre un plato de nachos. Y Harrison Fitzpatrick, el hombre que había llegado con una postura tan rígida que parecía llevar una regla en la espalda, estaba aflojándose la corbata y mirando a Maeva como si fuera la única persona sensata en todo Las Vegas.
—¿Sabes cuál es tu problema? —le dijo él, arrastrando un poquito las palabras.
—Me temo que tengo varios, pero adelante.
—Que no te estás divirtiendo.
—Estoy trabajando.
—Es lo mismo.
—No. No es lo mismo. Trabajar es lo que hago para pagar la renta. Divertirse es lo que hace la gente que ya pagó la renta.
Harrison la observó un largo segundo. Luego, para sorpresa de ambos, asintió.
—Eso es lo más inteligente que me han dicho en un mes. —Empujó una copa hacia ella—. Toma.
—No puedo beber en horario de trabajo.
—Tu turno terminó hace diez minutos. Lo vi en el reloj de la pared. Soy muy observador.
Maeva miró el reloj. Era verdad. Miró la copa. Miró a Rosie, que desde la barra le hacía señas frenéticas que decían claramente BEBE, BEBE, BEBE. Miró a Harrison, que la miraba con esos ojos de whisky que parecían ver algo más que una mesera con el pelo hecho un desastre.