Bajo El Mismo Techo

Capitulo 31 – Ariadna

Capitulo 31 – Ariadna

El aire cálido de Bali me acariciaba la piel mientras me subía un poco el vestido para no pisarlo al caminar. Leo caminaba a mi lado, con la camisa blanca remangada y el pelo ligeramente despeinado por la brisa del mar. Era tan guapo que por momentos me costaba procesar que ese hombre… era mío.

— ¿Estás bien? —me preguntó mientras me tomaba de la mano con suavidad.

— Estoy perfecta —le sonreí—. ¿Y tú?

Asintió con una sonrisa leve, pero sus ojos no brillaban igual. Había algo. Lo notaba desde que aterrizamos en Bali. Una especie de inquietud silenciosa que intentaba disimular con besos, bromas y atenciones, pero que yo, que lo conocía como la palma de mi mano, no podía ignorar.

Aun así, me dejé llevar.

La boda de Clara y Tomás era sencillamente mágica. Un altar sencillo decorado con orquídeas blancas, los pies descalzos sobre la arena, música suave en el fondo, y una emoción que se contagiaba a todos los presentes. Clara estaba radiante, Tomás no dejaba de mirarla como si el mundo se hubiera detenido solo para ellos. Y mientras los escuchaba prometerse amor eterno, no pude evitar mirar de reojo a Leo. Él también los observaba… pero su mandíbula estaba tensa. ¿Estaba pensando en nosotros? ¿En si algún día viviríamos algo así?

Después de la ceremonia, vinieron las risas, las copas de vino de coco, el baile bajo luces colgantes y un sinfín de momentos hermosos. Compartimos mesa con una pareja francesa encantadora y una patinadora rusa retirada que seguía a Leo por redes desde hacía años.

Pero su silencio se volvía más evidente.

Esa noche, en la habitación del resort, mientras me desmaquillaba frente al espejo, Leo se quedó sentado en la cama, mirándome como si quisiera decir algo… y no pudiera.

— ¿Pasa algo, Leo? —pregunté, finalmente.

— ¿Por qué lo dices?

— Porque no has parado de parecer nervioso desde que llegamos. Y no me sirve eso de que estás cansado. ¿Es por algo que dije? ¿Por la boda?

— No, no… —se levantó, caminó hacia mí y se agachó a mi altura mientras yo seguía sentada—. No es nada malo, Ari… al contrario. Es que… tenía todo planeado, y ahora tengo miedo.

Lo miré, confundida.

— ¿Miedo?

Sacó una pequeña caja del bolsillo trasero de su pantalón y la sostuvo entre sus manos, aún cerrada.

Mi corazón dio un salto.

—Miedo… a no encontrar las palabras exactas. A que esto te parezca demasiado pronto. A que te asustes. Sé que no hace mucho que estamos juntos, pero te amo desde siempre y…

Se arrodilló. Se arrodilló.

Y ya no podía sentir las piernas.

— Pero más miedo me da imaginar mi vida sin ti. Sin tus risas en la cocina, sin tus zapatillas por todo el estudio, sin tus ideas locas y tu forma de mirar el mundo. Así que… si me dejas arriesgarme…

Abrió la caja.
Un anillo dorado, delicado, con una piedra azul cielo en el centro que parecía reflejar el mar de Bali.

— Ariadna… ¿Quieres casarte conmigo?

El tiempo se detuvo.

No sé cuánto tardé en responder. Sé que lloré. Que reí. Que le tiré los brazos al cuello y casi lo tumbo al suelo.

— ¡Sí! ¡Sí, claro que sí! Madre mía, pues claro.

Y él me abrazó con una fuerza que me hizo temblar por dentro.

Esa noche no dormimos. Entre besos, promesas y una emoción que me llenaba el pecho de calor, sentí que todo había valido la pena. Los tropiezos, los miedos, los silencios, el parque, las caídas… todo.
Porque todo me había traído hasta él.

Volver a casa después de unos días en Bali se sentía como aterrizar en otro planeta. Pasar del paraíso tropical a mi salón con el sofá ligeramente hundido por la espalda de Adrián… tenía su encanto.

— ¿Dónde están mis comprometidos? —canturreó Leo en cuanto entramos, agitando las llaves en el aire como si hubiéramos ganado un Grammy.

— Shhh, aún no se lo hemos dicho —le recordé mientras dejaba la maleta junto a la entrada—. Quiero decírselo con estilo.

— ¿Estilo tipo fuegos artificiales o estilo "sorpresa en el desayuno con tortitas"? —preguntó él, alzando una ceja.

— Estilo Ariadna.

— Ah, con drama —rió, dándome un beso en la frente—. Me encanta.

Adrián estaba en el sofá, como no, con su portátil sobre las piernas, una taza de café a medio terminar, y una camiseta que había visto mejores días. Nos oyó entrar, pero no levantó la vista.

— Ey, ¿qué tal la luna de miel prematura?

— ¿Cómo sabes que era prematura? —solté sin pensarlo.

Levantó la mirada lentamente, entornando los ojos como si algo no encajara.

— ¿Qué has dicho?

— Nada —dije demasiado rápido.

Leo ya estaba intentando no reírse, y eso fue lo que nos delató.

— No —dijo Adrián, sentándose recto de golpe—. No puede ser. ¡¿En serio?! ¡No me digáis que os habéis casado en Bali!




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