Bajo El Mismo Techo

DOS AÑOS DESPUÉS - ADRIAN & LEYLA

ANEXO

Dos años después

Leo

Sostengo a Jenna contra mi pecho, acunándola con una delicadeza que no sabía que tenía. Tan pequeña. Tan perfecta. El mundo se detiene cada vez que sus pestañas tiemblan como mariposas dormidas o cuando se acomoda con un suspiro en mi cuello.

— Tiene tus ojos —le susurré a Ariadna sin dejar de mirar a nuestra hija—. Pero esa expresión de "soy dueña del mundo", esa es toda mía.

Ariadna rio bajito. Su cabello caía en ondas suaves sobre los hombros. Está más guapa y radiante que nunca, con ese brillo tranquilo que tienen las mujeres que han encontrado su lugar.

Estamos en casa. Nuestra casa. Y hoy no es un día cualquiera.

Hoy él vuelve. Adrián. Mi mejor amigo. Mi cuñado. Mi hermano. Lo he echado de menos, pero fue todavía más cobarde que yo.

Han pasado dos años desde que se fue. Después de aquel beso robado —o no tanto— a Leyla, algo se rompió en él. O quizás se reveló. Nunca lo dijo en voz alta, pero yo lo supe: tenía miedo. De lo que sentía. De no estar a la altura. De quedarse.

Leyla se quedó. Pero algo en ella cambió. Se volvió más fuerte. Más ella. Siguió trabajando con Ariadna en el estudio, ayudando a niñas que necesitaban un espejo limpio donde mirarse. No volvió a mencionar a Adrián. Rehízo su vida como si él nunca hubiera formado parte de ella.

Todo parecía tranquilo. Hasta hace una semana. Cuando Adrián nos llamó, sin rodeos.

— Voy a estar allí cuando Jenna llegue al mundo —dijo—. Y voy a quedarme. Quiero recuperar a mi familia, y no me perderé nada de la vida de mi sobrina.

Y ahora está por llegar. Noto como Ari está nerviosa mientras sostiene a nuestra bebé en brazos.

— ¿Crees que Leyla…? —me pregunta Ariadna, como leyendo mis pensamientos.

— Creo que Leyla siempre supo lo que quería. Es una mujer con carácter y no necesita a nadie para brillar, igual que tú. Adrián la cagó mucho y no creo que vaya a perdonarlo.

Me acerco a ella y beso su frente. Nuestra hija suspira en mi pecho como si entendiera todo. Quizás lo hace.

Los bebés siempre saben más de lo que decimos.

Ariadna

Lo vi antes de que llamara al timbre. Adrián. Mi hermano. Y el cabrón que le rompió el corazón a mi mejor amiga. Aunque ella nunca vaya a admitirlo.

Cruzaba el jardín con paso lento, como si cada metro fuera un examen. Estaba más delgado, el cabello un poco más largo, barba incipiente. Pero sus ojos… seguían siendo los de siempre. Orgullosos. Profundos. Llenos de cosas que no dice.

Abrí la puerta antes de que tocara.

— Hola —dijo, inseguro.

— Hola —respondí, sin darle tiempo a decir más. Lo abracé.

Por primera vez en años, sentí que una parte de mí volvía a encajar.

Leo apareció detrás con Jenna en brazos. Adrián se quedó quieto. Y lloró.

Sin palabras. Sin excusas. Solo lágrimas sinceras. Nos tomó por sorpresa cuando cogió a Jenna entre sus brazos. Parecía mucho más pequeña de lo que era.

Leyla bajó las escaleras justo entonces. Llevaba un mono beige y el cabello recogido en un moño rápido. Cuando lo vio, algo en su rostro se endureció… pero no se rompió.

Adrián se giró hacia ella.

— Hola, Leyla.

Ella lo miró. Lo evaluó. Se cruzó de brazos. Pero volvió a ser ella, Leyla nunca se rendía y no permitiría que un hombre destrozara su vida.

—Ya veo que la vida no te ha tratado bien, Hagrid.

Él sonrió, nervioso.

— No puedes seguir llamándome así, pelirroja.

Y ahí supe que todo iba a empezar otra vez.

No como antes. Por qué había una herida muy difícil de curar. Pero cuando Adrián y Leyla se miraban, había el mismo fuego que sentí yo la primera vez que vi a Leo.

Y eso es algo que no se puede apagar.

FIN OTRA VEZ




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