Capitulo 33 – Ariadna
El amanecer entró por la ventana como un susurro. Y con él, el vértigo.
Me desperté antes de que sonara la alarma, con el corazón latiendo fuerte y la garganta seca. Estaba a punto de casarme.
Hoy me caso con Leo.
Pensarlo me daba mariposas, vértigo y ganas de reír y llorar al mismo tiempo.
Leyla se incorporó en la cama contigua del hotel, se frotó los ojos y me miró como si hubiera visto a una aparición celestial.
— ¿Estás despierta a esta hora? —preguntó, entre un bostezo y una sonrisa—. ¿Estás bien?
— No. Estoy... estoy a punto de casarme. ¿Cómo se supone que se duerme sabiendo eso?
— No se duerme —dijo, rodando por la cama para abrazarme brevemente—. Se sobrevive. Pero tranquila, hoy vas a estar tan hermosa que Leo se va a desmayar. Y si no lo hace, le pego.
Reí entre dientes. Esa era Leyla. Siempre diciendo lo justo para hacerme sentir fuerte, aunque por dentro estuviera hecha un temblor.
Las horas siguientes fueron un torbellino de rulos, maquillaje, café, flores, abrazos, gritos, olvidos, más café, y un vestido colgado al fondo de la habitación que parecía demasiado perfecto para ser mío.
Adrián. La madre de Leo lloró. No sabía si sus padres iban a venir, estaban trabajando en su relación, pero todavía era complicado. Incluso Leyla, que se prometió no derramar una lágrima, lloró.
Cuando me pusieron el vestido, un silencio sagrado se instaló entre todas.
Era real.
El tul caía como una cascada de luz, el corpiño abrazaba mi torso con delicadeza y firmeza, y el collar de patín que Leo me regaló reposaba justo donde late mi corazón. Me miré al espejo y, por primera vez en mucho tiempo, me vi… completa.
El coche llegó a la finca entre aclamaciones de los invitados que ya estaban sentados, rodeados de flores, música de cuerdas y un cielo azul sin nubes. Adrián, impecable con su traje, me esperaba para darme el brazo.
— ¿Estás lista, hermanita? —me dijo con una mezcla de orgullo y nostalgia.
— Sí… aunque siento que voy a flotar.
— Tú flotas hasta en patines. Esto está chupado.
Lo abracé tan fuerte como pude.
La música cambió. El cuarteto empezó a tocar “Can’t Help Falling in Love” en versión instrumental, y mi corazón se volvió una tormenta de emociones.
Y entonces lo vi.
Leo.
De pie junto al altar, con ese traje oscuro que lo hacía parecer salido de un sueño, los labios entreabiertos, los ojos clavados en mí como si acabara de ver a un milagro.
Sus pupilas se dilataron, supe que estaba conteniendo la respiración. Y sentí que todo lo demás desaparecía.
Solo quedábamos él y yo. Como siempre había sido.
Adrián me entregó su brazo con ternura, y caminamos juntos hasta donde estaba Leo. Cuando me tomó de las manos, sentí el temblor de sus dedos. Él intentó disimularlo. Yo también.
Nos sonreímos como quien sabe que acaba de ganar la batalla más hermosa de su vida.
Cuando la jueza nos pidió que dijéramos unas palabras, me faltó el aire. Pero Leo se adelantó, y sus palabras me hicieron olvidar todo el miedo:
—No sabía que el amor podía sentirse tan en casa. Hasta que entraste tú…
Porque si tengo que construir un futuro, no me sirve si no estás tú a mi lado.
Una lágrima se me escapó sin pedir permiso.
Entonces supe qué decir.
—Nunca imaginé que el amor de mi vida llegaría siendo mi mayor sorpresa.
Nunca pensé que el chico que me cuidó en silencio, que me vio en mis caídas y celebró mis vuelos, sería el mismo con el que querría envejecer.
Tú me ves cuando no me veo. Me sostienes cuando dudo. Me haces reír cuando todo parece gris. Y si tengo que elegir una y otra vez, entre el miedo y el amor…
Te elegiría a ti, siempre.
Leo me besó antes de que la jueza terminara. Lo oí decir algo como “no podía esperar más”, y los aplausos nos envolvieron como un abrazo de cientos de personas.
Horas después, entre brindis, bailes, discursos y anécdotas, Leo me llevó a un rincón apartado del salón. Nos quedamos unos segundos solos, observando desde lejos la pista llena de luces y alegría.
— ¿Sabes qué es lo mejor? —me susurró en el oído—. Que esta vez no tenemos que escondernos.
— ¿Y sabes qué es lo segundo mejor? —le respondí, sin dejar de mirarlo—. Que nos espera toda una vida para seguir bailando.
Nos besamos mientras el DJ anunciaba el siguiente baile.
Y esa noche, bajo las estrellas, entendí que mi hogar ya no era un lugar. Era él.
La música sonaba como si el universo entero hubiera sido invitado. El vestido me pesaba menos con cada risa, y mis pies, aunque doloridos, seguían obedeciendo mientras Leo y yo bailábamos sin descanso.
Giraba entre sus brazos como si estuviéramos en una pista de patinaje improvisada, mientras él me guiaba con esa mezcla de ternura y picardía que lo hacía irresistible.