Capitulo 32 – Leo
Doce días.
Doce. Días.
Eso era todo lo que nos separaba del momento en que Ariadna caminaría hacia mí con su vestido, su sonrisa y esa mirada que me derrumbaba cada vez. Y aún teníamos pendiente elegir los centros de mesa, ajustar la lista definitiva de invitados, revisar el ensayo del vals… y sobrevivir a Adrián y Leyla en la misma habitación.
— ¿Es realmente necesario que haya velas flotantes? —resopló Adrián, revisando el plano de las mesas con un lápiz entre los dientes.
— ¿Quieres que el salón parezca una carnicería o una boda? —replicó Leyla, sin levantar la vista de su portátil—. Porque si es lo primero, podemos colgar jamones del techo y listo.
— ¿Y si es lo segundo prefiero no provocar un incendio por culpa de tus ideas medievales? No estamos en Hogwarts.
— Tranquilo, Hagrid. Nadie te va a obligar a leer poesía con una túnica.
— ¿Perdón? ¿Hagrid?
Los vi mirarse con fuego en los ojos. Una mezcla entre “te quiero matar” y “te quiero besar contra esa pared”.
— ¿Queréis que os dejemos solos? —pregunté con una sonrisa ladeada, a lo que Ariadna, sentada a mi lado, casi se atragantó de la risa.
— ¡Por favor, sí! —añadió ella—. A ver si se resuelve de una vez esta telenovela de tensión sexual pasivo-agresiva que llevamos meses soportando.
Adrián y Leyla bufaron a la vez. Perfectamente sincronizados. Almas gemelas.
Y se fueron cada uno por su lado, fingiendo no mirarse mientras ambos lo hacían de reojo.
Un rato después, estábamos en la terraza del estudio, solo Adrián y yo. El sol caía lento sobre la ciudad, y entre el sonido de los coches a lo lejos y el aroma del café recién hecho, sentí que era el momento.
— Oye —le dije, apoyándome en la barandilla—. ¿Qué te pasa con Leyla?
Me miró como si le acabara de preguntar si quería adoptar un mapache.
— ¿Qué? A mí no me pasa nada. Es… insoportable, mordaz, lleva tacones que podrían matar a alguien… y siempre me lleva la contraria.
— Ajá. —Asentí sin dejar de mirarlo.
— Y se cree que sabe de todo —añadió, agitando la mano—. Aunque, tiene ese tipo de energía que entra a un sitio y lo sacude todo, ¿sabes?
— Sí. Lo sé —dije, sonriendo con suavidad.
Adrián me miró de reojo.
— ¿Cómo supiste que estabas enamorado de Ari?
— Supongo que simplemente lo sabes. —Me giré para mirarlo de frente—. La primera vez que me di cuenta de verdad fue una tarde que estaba completamente dormida en el sofá, con la frente sudada, el pie vendado, y una serie malísima de fondo. Me acerqué solo para taparla con una manta. Y no sé… algo se me encogió dentro. Me sentí en casa.
Se quedó en silencio, sin dejar de mirar la ciudad al frente. Luego asintió.
— A veces no hace falta una escena épica. A veces es solo eso, ¿no? El momento en que te das cuenta que te importa alguien más que tu comodidad.
— Exacto. Cuando empieza a dolerte si le pasa algo, y a alegrarte sin razón si sonríe.
Adrián tragó saliva y se pasó la mano por el cabello.
— Esa chica me odia, somos un caos cuando estamos juntos y nos acabaríamos matando. Es una relación imposible, además, no me gusta.
— ¿Y tú y yo lo éramos, en teoría? —le dije riendo—. Yo era el tipo que trabajaba contigo y se acabó enamorando de tu hermana. Si alguien debía estar vetado, era yo.
— Buena esa —resopló entre risas—. Todavía me estoy haciendo a la idea.
— ¿De qué me case con Ari?
— No —dijo, con una sonrisa sincera—. De que haya alguien capaz de hacerla tan feliz. Y que seas tú. Aunque seas un cabezón.
— Lo soy —reí—. Pero voy a estar ahí. Para lo que venga.
Un silencio cómodo se instaló entre nosotros.
— Si decides que pase algo con Leyla, hazlo con todo —le dije finalmente—. No medio. No esperando el momento perfecto. Porque esas cosas… no avisan dos veces.
Me miró. Y por primera vez en mucho tiempo, vi en sus ojos algo que no era sarcasmo ni escepticismo: era miedo. Y deseo.
— Veremos qué pasa en la boda. A lo mejor, entre una copa de vino y otra, ocurre un milagro.
— O un desastre —dije.
— A veces son lo mismo —respondió, sonriendo.
Nos reímos. Nos dimos una palmada en la espalda.
Y en ese momento supe que, mientras yo estaba preparándome para empezar una vida nueva con Ariadna, Adrián quizás estaba a punto de empezar una historia propia.
Una con chispas, discusiones y tal vez, solo tal vez… amor.
Doce días después
Nunca me había temblado tanto el pulso al abotonar una camisa.
Y mira que he cerrado tratos millonarios, subido a escenarios frente a cientos de personas, incluso me he enfrentado a Adrián cuando estaba de mal humor. Pero nada —absolutamente nada— se parecía a esto.