Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 1. El hombre que chocó contra mis sueños

Nueva York, cinco años atrás.

Valentina Reyes tenía dos maletas, una beca universitaria, ciento veinte dólares en su cuenta bancaria y una lista de objetivos tan larga que su madre había terminado pegándola en la puerta del refrigerador para recordarle que, por más lejos que se fuera, no debía olvidarse de quién era.

Tenía veintidós años, estaba a punto de terminar la carrera de Derecho y había conseguido una oportunidad que miles de estudiantes mexicanos habrían deseado: completar una parte de su formación en una prestigiosa universidad de Nueva York.

Para ella, aquello no era solamente un intercambio académico.

Era el sacrificio de su madre convertido en oportunidad.

Era la posibilidad de regresar a México con mejores herramientas para construir una vida digna.

Y, sobre todo, era la promesa que le había hecho a su padre antes de perderlo: nunca dejar de luchar por sus sueños.

—Valentina, mi niña, ¿ya llegaste? —preguntó su madre a través del teléfono.

La joven sujetó el aparato entre la mejilla y el hombro mientras intentaba cerrar la maleta que se negaba a cooperar.

—Mamá, si esta cosa no cierra, voy a tener que dejar aquí la mitad de mi ropa.

—Pues deja la que no necesites.

—¡Toda la necesito!

—Entonces siéntate encima.

Valentina se quedó inmóvil.

Después miró la maleta.

Miró la cama.

Y finalmente volvió a mirar la maleta.

—Eres una mujer brillante, mamá. ¿Alguna vez te lo he dicho?

—Desde que eras pequeña. Ahora hazme caso antes de que pierdas el vuelo.

Diez minutos después, gracias a la técnica materna y a una considerable cantidad de fuerza física, la maleta quedó cerrada.

Valentina salió de su pequeño departamento temporal, arrastrando el equipaje por la acera, con el cabello oscuro recogido en una coleta y una bufanda roja que su madre le había regalado antes de partir.

El frío neoyorquino le mordió las mejillas.

—Bienvenida a Nueva York —murmuró—. Espero que al menos los abogados de aquí sean más amables que el clima.

No sabía que, a pocas calles de distancia, un hombre estaba a punto de convertirse en el mayor problema de su vida.

Y tampoco sabía que terminaría casándose con él.

Alexander Whitmore detestaba tres cosas.

La primera: que alguien llegara tarde a una reunión.

La segunda: que su madre organizara su vida como si todavía tuviera dieciséis años.

La tercera: que su mejor amigo, Daniel Brooks, creyera que su función en el mundo consistía en convertir cada situación seria en una broma.

Aquella mañana, las tres desgracias habían decidido presentarse al mismo tiempo.

—Llegas diez minutos tarde —anunció Alexander sin levantar la mirada de su teléfono.

Daniel entró en la cafetería con dos vasos de café y una sonrisa que habría resultado encantadora si Alexander no hubiera estado considerando seriamente lanzarle uno de los vasos a la cabeza.

—Buenos días para ti también, futuro dueño del planeta.

—No soy el dueño del planeta.

—Todavía.

Daniel dejó un café frente a él y se sentó.

Alexander tenía veintisiete años, era alto, de cabello castaño oscuro y ojos azules que parecían adquirir una tonalidad más fría cuando estaba molesto. Vestía un traje azul marino impecablemente cortado y llevaba un reloj cuyo precio habría pagado varios años de renta para un estudiante promedio.

Era atractivo, inteligente y peligrosamente consciente de que casi todas las personas que lo rodeaban querían algo de él.

Por eso había aprendido a desconfiar de las sonrisas demasiado amables.

Ser heredero de Whitmore Global Holdings significaba vivir rodeado de personas que medían las relaciones según la utilidad que podían obtener de ellas.

Su madre, Eleanor Whitmore, era una experta en ese tipo de cálculos.

—Tu madre me llamó —comentó Daniel mientras removía el café.

Alexander levantó lentamente la mirada.

—¿Por qué tienes su número?

—Porque me aprecia.

—Mi madre no aprecia a nadie sin una razón.

—Me aprecia porque soy encantador.

—Te aprecia porque cree que puedes convencerme de hacer lo que ella quiere.

Daniel se llevó una mano al pecho.

—Me hieres.

—Sobrevivirás.

—Eso espero. Tengo una cena esta noche y sería terrible morir antes del postre.

Alexander volvió a mirar su teléfono, pero Daniel no había terminado.

—Por cierto, tu madre quiere que asistas a una recepción el viernes.

—No iré.

—Ya le dije que probablemente dirías eso.

—Entonces, ¿por qué me lo dices?

—Porque también quiere que lleves acompañante.

Alexander dejó el teléfono sobre la mesa.

—Daniel.

—Alexander.

—Si vuelves a mencionar esa recepción, voy a hacer que te asignen todos los informes de la compañía durante el próximo trimestre.

Daniel palideció ligeramente.

—Retiro lo dicho. La recepción es una porquería y tu madre debería dedicarse a coleccionar estampillas.

Alexander sonrió apenas.

Era una de las pocas personas que podían hacerlo reír, aunque Daniel jamás reconocería que sus amenazas laborales eran más efectivas que cualquier discusión.

—Tengo una reunión con mi padre a las once —dijo Alexander, poniéndose de pie—. Y tú vas a acompañarme.

—¿Por qué?

—Porque llegaste tarde.

—Eso no tiene ninguna relación con la reunión.

—Para mí sí.

Daniel tomó su café y se levantó con resignación.

—Algún día te enamorarás y comprenderás que el mundo no gira alrededor de tus horarios.

Alexander se acomodó los puños de la camisa.

—No tengo tiempo para enamorarme.

—Eso dicen todos los hombres antes de hacer el ridículo por una mujer.

—Entonces procuraré no hacer el ridículo.

Daniel soltó una carcajada.

—Querido amigo, cuando te enamores, voy a comprar una silla cómoda, una caja de palomitas y voy a observar cómo se derrumba tu imperio de arrogancia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.