Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 38. Dos líneas y un adiós

Capítulo 38. Dos líneas y un adiós

Durante los primeros tres días, Valentina esperó que Alexander la llamara.

No porque quisiera que él le suplicara que regresara ni porque esperara escuchar una promesa desesperada. En el fondo, deseaba algo mucho más sencillo: que Alexander comprendiera por qué se había marchado y que, por primera vez, tomara una decisión sin pensar en lo que Richard esperaba de él.

Cada vez que su teléfono vibraba, su corazón reaccionaba antes que su razón.

Un mensaje de su madre.

Una notificación de la universidad.

Un correo del despacho de Margaret Lawson.

Nunca Alexander.

El cuarto día, Valentina dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa y se obligó a terminar el desayuno.

—Si sigues mirando esa pantalla, terminarás desarrollando una relación sentimental con el aparato —comentó Sofía mientras untaba mantequilla en una tostada—. Y, sinceramente, no creo que tu teléfono tenga la madurez emocional necesaria para hacerte feliz.

Valentina soltó una risa débil.

—No estoy esperando que me escriba.

Sofía la miró.

—Por supuesto. Y yo estoy considerando seriamente convertirme en astronauta.

—Sofía.

—¿Qué? Siempre he querido conocer el espacio. Además, allí nadie me preguntaría cuándo pienso casarme.

Valentina sonrió, pero la expresión desapareció enseguida.

—No sé qué esperaba que hiciera.

Sofía dejó el cuchillo sobre el plato.

—Quizá esperabas que entendiera que no estabas pidiéndole que renunciara a su carrera. Solo querías que dejara de tratar tu futuro como algo que podía resolverse después.

Valentina bajó la mirada.

—Lo amo. Y sé que él me ama. Ese es el problema. Si no lo amara, sería mucho más sencillo marcharme.

—No, cariño. Si no lo amaras, sería menos doloroso. Sencillo no iba a ser de ninguna manera.

Sofía se acercó y le apretó el hombro.

—No tienes que dejar de amarlo para reconocer que algo te está haciendo daño.

Valentina respiró hondo.

—¿Y si nunca cambia?

Su amiga no respondió inmediatamente.

—Entonces tendrás que decidir qué hacer con la realidad, no con la versión de él que esperas que algún día aparezca.

Aquella frase se quedó con Valentina durante el resto de la mañana.

No quería abandonar su matrimonio. No quería borrar las promesas que ambos habían hecho ni fingir que los momentos felices habían sido una ilusión.

Pero tampoco quería pasar los siguientes años esperando a que Alexander descubriera que podía amar a una mujer sin pedirle que se hiciera más pequeña para caber en su vida.

Por eso, cuando llegó un correo de Margaret solicitando una reunión para revisar su posible incorporación al proyecto jurídico, Valentina respondió de inmediato.

No tenía una oferta definitiva.

No sabía si podría trabajar legalmente en las condiciones propuestas.

Pero iba a averiguarlo.

Al menos esa decisión todavía le pertenecía.

Alexander, mientras tanto, había descubierto que un departamento podía resultar insoportablemente grande cuando faltaba una sola persona.

La taza que Valentina utilizaba seguía en el estante de la cocina. Su libro permanecía sobre la mesa del salón. Una de sus bufandas había quedado olvidada detrás de la puerta del dormitorio.

Alexander no había movido nada.

Se decía que era porque no quería alterar el orden del departamento mientras ella estuviera fuera.

La verdad era menos digna.

No soportaba la idea de guardar sus cosas y aceptar que quizá no regresaría.

El lunes acudió a la reunión con el consejo.

Richard estaba sentado al otro extremo de la mesa. Los consejeros revisaron las condiciones, discutieron los plazos y solicitaron algunas precisiones sobre la supervisión de las áreas regionales.

Alexander respondió a cada pregunta con profesionalismo.

No titubeó cuando le preguntaron por su disponibilidad. Explicó cómo garantizaría la continuidad de las operaciones y qué mecanismos de supervisión mantendría. Aceptó que el periodo inicial exigiera una presencia considerable en la sede central.

No mencionó a Valentina.

Tampoco habló de su matrimonio.

Al finalizar la reunión, Richard se acercó a él.

—Has estado a la altura.

Alexander guardó los documentos en su carpeta.

—Todavía falta la formalización del nombramiento.

—Es un trámite. Lo importante es que el consejo confía en ti.

Richard le dio una palmada en el hombro.

Durante toda su vida, Alexander había deseado recibir aquel gesto sin sentir que debía pagarlo con algo.

Esa mañana solo sintió cansancio.

—¿Todo bien en casa? —preguntó Richard, acomodándose el saco.

Alexander lo miró.

—Valentina se ha ido a quedarse con una amiga.

Su padre no pareció sorprendido.

—Necesita tiempo para comprender tus responsabilidades.

Alexander sintió que la sangre le subía al rostro.

—No. Necesita tiempo para decidir si quiere seguir casada con un hombre que tomó una decisión importante sin consultarla.

Richard frunció el ceño.

—No exageres.

—No estoy exagerando.

—Las parejas atraviesan dificultades. No puedes permitir que una discusión te haga perder la concentración.

Alexander sostuvo su mirada.

—No voy a perder la concentración. Pero tampoco voy a fingir que mi matrimonio es una distracción.

Richard suspiró.

—Cuando tengas más responsabilidades, entenderás que no todo puede girar alrededor de lo que deseas.

Alexander pensó en Valentina recogiendo su maleta, en su voz temblorosa cuando le preguntó si algún día llegaría el turno de ambos.

—Ese es precisamente el problema, padre. Siempre has creído que alguien tiene que esperar mientras tú decides qué es importante.

Richard se quedó inmóvil.

Alexander tomó su carpeta y salió de la sala antes de que la conversación se convirtiera en otra discusión interminable.

No había rechazado las condiciones.




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