Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 43. Las cosas que decidimos construir

Capítulo 43. Las cosas que decidimos construir

El lunes por la mañana, Mateo Reyes llegó a la oficina de Whitmore Group con una mochila azul, una caja de lápices de colores y una expresión que Valentina conocía demasiado bien.

Era la expresión que precedía a una idea peligrosa.

—Mateo —dijo ella mientras caminaban por el vestíbulo—, antes de que me cuentes lo que estás pensando, quiero recordarte tres cosas.

El niño levantó tres dedos.

—No correr, no tocar cosas caras y no preguntar dónde está el baño porque puedo ir yo solito.

—Muy bien. Veo que has aprendido.

—También dijiste que no debo aceptar dulces de desconocidos.

—Exactamente.

Mateo se quedó pensativo.

—Entonces, ¿Daniel es un desconocido?

Valentina cerró los ojos un instante.

—Daniel es… una situación particular.

—Me dio dos galletas el viernes.

—Lo sé.

—Y me dijo que podía pedirle otras dos.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Entonces sí es un desconocido?

—Es un adulto que necesita aprender a no negociar con niños de cuatro años.

Mateo sonrió, satisfecho con la respuesta.

Valentina tenía que asistir a una reunión con Margaret Lawson y otros integrantes del equipo jurídico para revisar una serie de documentos vinculados con el proyecto de cumplimiento. Su madre había tenido que atender un asunto familiar esa mañana y la persona que normalmente cuidaba a Mateo había cancelado a última hora por una emergencia.

Había conseguido organizar una solución temporal, pero no quería dejar a su hijo con alguien a quien apenas conocía. Margaret había autorizado que Mateo permaneciera durante un periodo breve en una sala privada habilitada para visitas familiares, bajo la supervisión de Valentina y de una asistente de confianza. Después, Valentina tendría que llevarlo a una actividad infantil que había reservado con anticipación.

El problema era que Mateo había oído mencionar a Alexander durante el desayuno.

Y Mateo, cuando escuchaba un nombre que le interesaba, lo guardaba en algún rincón de su cabeza hasta encontrar la oportunidad de utilizarlo.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿Hoy va a venir el señor Alexander?

Valentina apretó un poco más la correa de su bolso.

—Trabaja aquí, cariño. Es posible que lo veamos.

—¿Puedo enseñarle mi dibujo?

—Si tenemos tiempo y si él está disponible.

—¿Y si no está disponible?

—Entonces se lo enseñas otro día.

Mateo aceptó la respuesta con una seriedad admirable.

—Está bien. Las personas importantes también tienen que ir al baño y comer.

Valentina lo miró.

—¿Quién te enseñó eso?

—El señor Alexander.

La respuesta le produjo una punzada inesperada de ternura y preocupación.

Alexander estaba entrando en la vida de Mateo de una manera que ella no había previsto. No había sido algo planeado, ni siquiera deseado. Todo había comenzado con encuentros accidentales, una misión de galletas y conversaciones que, para un niño pequeño, parecían tan naturales como respirar.

Pero para ella no había nada sencillo en aquello.

Cada sonrisa de Mateo dirigida a Alexander le recordaba que el tiempo podía ser cruel sin necesidad de hacer ruido.

Y cada vez que Alexander miraba a su hijo con afecto, Valentina tenía que recordarse que él no sabía la verdad.

Todavía.

A las nueve y media, Alexander Whitmore descubrió que su agenda contenía una reunión con el comité financiero, una llamada con un inversionista europeo, dos revisiones contractuales y una nota escrita a mano que Daniel había dejado sobre su escritorio.

La nota decía:

«Recordatorio presidencial: comer sentado, dormir y no adoptar niños por accidente».

Alexander levantó la cabeza.

Daniel estaba apoyado en el marco de la puerta, tomando café con una tranquilidad irritante.

—¿Quieres explicarme la última parte?

—Me pareció importante incluirla después de observar tu evolución reciente.

—No estoy adoptando a nadie.

—Por supuesto que no. Solo has reorganizado tu horario para tener diez minutos libres por si cierto pequeño inspector de bienestar aparece por aquí.

—No he reorganizado mi horario para Mateo.

Daniel bajó la vista hacia la agenda.

—Entonces explícame por qué cancelaste una llamada que llevabas tres semanas intentando conseguir.

—La llamada se puede hacer por la tarde.

—Y el pequeño inspector solo puede visitarte por la mañana.

Alexander lo miró con frialdad.

Daniel sonrió.

—No te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo.

—No hay ningún secreto.

—Eso dicen todos los hombres que tienen galletas infantiles en el cajón de su escritorio.

Alexander abrió el cajón por puro reflejo y lo cerró inmediatamente.

Daniel soltó una carcajada.

—¡Lo sabía!

—Sal de mi oficina.

—Claro, presidente. Pero antes una pregunta seria.

Alexander suspiró.

—¿Qué?

La sonrisa de Daniel disminuyó un poco.

—¿Estás bien con todo esto?

La pregunta lo tomó desprevenido.

—¿Con qué?

—Con volver a ver a Valentina. Con conocer a Mateo. Con sentir que hay algo bueno en tu vida después de pasar cinco años convencido de que el trabajo podía llenar cualquier espacio.

Alexander apartó la mirada hacia los ventanales.

Durante un momento no contestó.

—No lo sé —admitió finalmente—. Me gusta estar con el niño. Es divertido, inteligente y tiene una capacidad extraordinaria para hacer preguntas que ningún adulto se atrevería a formular.

—Eso último lo heredó de alguien.

—Y también me recuerda que no todo tiene que ser una negociación.

Daniel asintió.

—¿Y Valentina?

La expresión de Alexander cambió.

—Valentina es otra cosa.

—Eso ya lo sé. Lo supimos todos hace cinco años, cuando eras capaz de abandonar una cena con inversionistas porque ella te había dicho que estaba enferma.

Alexander sintió una punzada de nostalgia.




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