Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 36. El precio de elegir

Capítulo 36. El precio de elegir

La noche había caído sobre Nueva York cuando Alexander Whitmore entró en el despacho privado de su padre.

El edificio de Whitmore Group seguía iluminado en los pisos superiores, aunque la mayoría de los empleados se había marchado horas antes. Desde los ventanales se veía la ciudad extendiéndose bajo un manto de luces, indiferente a las decisiones que podían cambiar una vida en cuestión de minutos.

Richard Whitmore estaba de pie junto a la ventana, con las manos cruzadas detrás de la espalda. No se volvió cuando escuchó entrar a su hijo.

—Llegas tarde.

Alexander miró su reloj.

—Son las nueve con dos minutos. Si esperabas que llegara antes, debiste indicármelo.

Richard giró lentamente la cabeza.

—Siempre tienes una respuesta.

—Y tú siempre encuentras algo que reprocharme. Supongo que ambos somos constantes.

Su padre no sonrió.

Alexander tampoco esperaba que lo hiciera.

Había imaginado aquella conversación durante el trayecto desde su departamento. Se había preparado para hablar de la presidencia, del informe complementario y de las condiciones que el consejo de administración pretendía imponerle. Lo que no había conseguido preparar era la posibilidad de que su padre volviera a tratar su matrimonio como si fuera una debilidad que debía corregirse.

Richard señaló el sillón frente a su escritorio.

—Siéntate.

—Prefiero quedarme de pie.

—No estás en una negociación con un proveedor, Alexander. Soy tu padre.

—Lo recuerdo. Es precisamente por eso que estoy aquí a las nueve de la noche, después de una jornada en la que he tenido tres reuniones, una revisión documental y una discusión con el consejo. Cualquier otra persona habría recibido una llamada para concertar una cita mañana.

Richard apretó la mandíbula.

—¿Eso es lo que te molesta? ¿Que te pida mi tiempo?

—No. Me molesta que parezca que nunca es suficiente.

Por un instante, el despacho quedó en silencio.

Richard regresó a su escritorio, abrió una carpeta y sacó varias hojas.

—El consejo está preocupado.

—El consejo está revisando mi propuesta. Eso es distinto.

—No quieren un presidente que necesite negociar cada condición de su puesto.

—Quieren un presidente que no dependa de una sola persona para que la empresa siga funcionando.

—Quieren un presidente que esté disponible.

—Y lo estará.

—En Nueva York.

Alexander no respondió inmediatamente.

Richard colocó una hoja sobre el escritorio. Era una versión preliminar de las condiciones que se discutirían en la siguiente sesión del consejo.

—Presencia permanente en la sede central, supervisión directa de las áreas estratégicas, disponibilidad para viajes de emergencia y capacidad de respuesta inmediata ante cualquier contingencia. Nada de delegaciones que conviertan tu puesto en una figura decorativa.

Alexander tomó el documento y lo leyó.

No era una propuesta inesperada. Su padre llevaba semanas insinuando aquellas condiciones, pero verlas por escrito le produjo una irritación más profunda. No porque fueran imposibles de cumplir, sino porque estaban redactadas de tal manera que cualquier compromiso personal podía convertirse en una falta de lealtad profesional.

—Mi plan de transición contempla todas estas responsabilidades —dijo—. La diferencia es que establece una estructura de continuidad. Si estoy en una reunión externa, de viaje o atendiendo una emergencia personal, la empresa no debería detenerse.

—Una emergencia personal.

Richard pronunció las palabras como si acabara de descubrir una enfermedad incurable.

Alexander dejó las hojas sobre el escritorio.

—Sí, padre. Las personas tienen emergencias personales. Incluso los presidentes de una compañía.

—No me hables como si no supiera cómo funciona el mundo empresarial.

—Entonces no me pidas que finja que el mundo termina en las paredes de este edificio.

La expresión de Richard se endureció.

—Desde que te casaste, todo se ha vuelto negociable para ti.

Alexander sintió que algo se tensaba en su pecho.

Ahí estaba.

La verdadera razón de aquella reunión no era el informe ni la estructura administrativa. Su padre quería hablar de Valentina.

—Mi matrimonio no tiene nada que ver con la presidencia.

—Tiene todo que ver cuando comienzas a organizar tu futuro alrededor de una mujer que puede decidir marcharse de Nueva York en cualquier momento.

Alexander se quedó inmóvil.

—No hables de ella como si fuera una amenaza.

—Estoy hablando de los hechos. Valentina tiene su propia carrera, su familia en México y proyectos que no necesariamente coinciden con los tuyos. ¿Qué harás cuando decida regresar?

—Hablar con ella.

Richard soltó una risa seca.

—¿Y si hablar no basta?

—Entonces tendremos que encontrar una solución.

—¿Cuál? ¿Renunciar a la presidencia? ¿Convertirte en un ejecutivo a tiempo parcial? ¿Abandonar todo lo que tu familia ha construido porque tu esposa quiere perseguir sus propios sueños?

Alexander lo miró fijamente.

—Ella no me ha pedido que abandone nada.

—Todavía.

Aquella palabra cayó entre ambos con una precisión desagradable.

Alexander pensó en Valentina esperándolo en casa. En la manera en que le había acomodado la corbata antes de salir, aunque él le había asegurado que podía hacerlo solo. En su sonrisa cuando le recordó que no necesitaba la aprobación de su padre para decidir qué clase de hombre quería ser.

También recordó la oportunidad profesional que ella estaba intentando conseguir.

No era un capricho. Valentina había trabajado demasiado para llegar hasta allí. Había estudiado mientras se preocupaba por su situación migratoria, por su madre, por su hermano y por cada gasto que debía calcular dos veces antes de pagarlo.

No tenía derecho a pedirle que renunciara a todo aquello para que él pudiera conservar una silla.




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