Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 23. Cuando el amor no basta para decidir

Capítulo 23. Cuando el amor no basta para decidir

El sábado amaneció con un cielo gris sobre Nueva York.

Valentina llevaba casi veinte minutos frente al espejo, cambiándose de blusa por tercera vez, mientras Sofía la observaba desde la cama con una expresión de absoluta incredulidad.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Depende.

—¿Vas a reunirte con tu novio o a comparecer ante la Corte Suprema?

Valentina dejó una blusa azul sobre la cama.

—Voy a reunirme con Alexander.

—Exactamente. Tu novio. El hombre que te mira como si fueras la última porción de pastel en una fiesta familiar. ¿Por qué tienes el armario entero sobre la cama?

—Porque dijo que quería hablar conmigo.

Sofía dejó de sonreír.

—¿Y eso te preocupa?

Valentina tomó una blusa blanca y la examinó.

—Últimamente está bajo mucha presión. Su padre le exige una respuesta sobre la presidencia de la compañía, hay problemas con ese proyecto de expansión y siento que algo está cambiando.

—¿Entre ustedes?

—No lo sé.

Sofía se levantó y se acercó a ella.

—Vale, escúchame. No puedes controlar lo que Alexander decida hacer con su vida. Tampoco puedes adivinar todas las conversaciones que tiene con su padre. Lo único que puedes hacer es escuchar lo que te diga y observar si sus acciones coinciden con sus palabras.

Valentina suspiró.

—¿Desde cuándo eres tan sabia?

—Desde que descubrí que aconsejar a una amiga es más barato que pagar terapia. Además, alguien tiene que compensar tu tendencia a enamorarte de hombres que tienen más problemas que camisas.

Valentina soltó una carcajada.

—Alexander no tiene tantas camisas.

Sofía la miró fijamente.

—Tiene un vestidor que podría alquilarse como departamento.

—Eso no viene al caso.

—Claro que viene al caso. Si algún día se casan, necesitarán una casa con dos vestidores y un abogado especializado en conflictos por espacio de almacenamiento.

Valentina le lanzó un cojín.

—¡No estamos hablando de matrimonio!

—Yo tampoco. Estoy hablando de infraestructura.

Las dos se echaron a reír.

La ligereza duró poco, pero fue suficiente para que Valentina recuperara la calma.

Se decidió por una blusa blanca, unos pantalones oscuros y un abrigo sencillo. No quería presentarse ante Alexander como si estuviera preparándose para una conversación solemne, pero tampoco quería fingir que no le preocupaba lo que estaba ocurriendo.

Antes de salir, Sofía la abrazó.

—Recuerda que puedes quererlo muchísimo sin olvidarte de ti misma.

Valentina asintió.

Era una frase sencilla.

Y quizá era la más importante que necesitaba escuchar.

Alexander la esperaba en un pequeño restaurante cerca de Central Park.

Había elegido aquel lugar porque era tranquilo y porque, meses atrás, Valentina había comentado que le gustaban los sitios donde se podía conversar sin tener que competir con la música.

Cuando ella llegó, él se puso de pie y le apartó la silla.

—Hola.

—Hola.

Se besaron suavemente.

Valentina dejó su bolso junto a la silla y lo observó con atención.

Alexander parecía cansado. Tenía ojeras leves y la mandíbula tensa, como si llevara varias horas ensayando una conversación que no sabía cómo comenzar.

—¿Dormiste? —preguntó ella.

—Un poco.

—¿Cuánto es un poco?

—Lo suficiente.

—Alexander.

Él sonrió apenas.

—Cuatro horas.

Valentina lo miró con reproche.

—Eso no es dormir. Es una siesta con pretensiones.

—Daniel me dijo exactamente lo mismo.

—Por una vez, tu amigo tiene razón.

—No se lo digas. Ya tiene una autoestima insoportable.

La camarera se acercó para tomar la orden. Valentina pidió un café y algo ligero para desayunar. Alexander pidió lo mismo, aunque llevaba tanto tiempo mirando la carta que parecía estar examinando un contrato de adquisición empresarial.

Cuando la camarera se marchó, Valentina extendió la mano sobre la mesa.

—Ahora sí. Cuéntame.

Alexander tomó su mano.

—El lunes tengo una reunión definitiva con mi padre. Quiere que confirme que estoy dispuesto a asumir la presidencia bajo las condiciones que considera necesarias.

—¿Qué condiciones?

—Disponibilidad total, compromiso a largo plazo y ninguna decisión personal que pueda poner en duda mi permanencia en Nueva York.

Valentina sintió que el estómago se le encogía.

—¿Te ha pedido que termines conmigo?

—No exactamente.

—¿Qué significa «no exactamente»?

Alexander apartó la mirada un instante.

—Significa que no lo ha dicho con esas palabras. Pero considera que nuestra relación representa una incertidumbre porque tú quieres regresar a México.

Valentina retiró lentamente la mano.

No lo hizo para castigarlo. Necesitaba un momento para asimilarlo.

—Alexander, desde el principio te dije que mi familia está en México. Nunca te prometí que me quedaría aquí para siempre.

—Lo sé.

—También te dije que quería terminar mis estudios y construir una carrera. Tú dijiste que respetabas eso.

—Y lo respeto.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Alexander abrió la boca, pero no respondió de inmediato.

El problema era que respetar las decisiones de Valentina resultaba mucho más sencillo cuando esas decisiones no amenazaban el futuro que él había construido alrededor de la compañía.

—No quiero perder la oportunidad de dirigir Whitmore Holdings —admitió finalmente—. He trabajado toda mi vida para llegar a ese puesto.

Valentina asintió despacio.

—Lo entiendo.

—Pero tampoco quiero perderte.

—Eso también lo entiendo.

Alexander se inclinó hacia ella.

—Necesito encontrar una forma de hacer que las dos cosas funcionen.

Valentina lo miró con ternura, aunque la preocupación seguía presente.

—Entonces búscala. Pero no me pidas que renuncie a mi vida para que la tuya sea más sencilla.




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