Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 4. El heredero, la estudiante y una mentira muy conveniente

Capítulo 4. El heredero, la estudiante y una mentira muy conveniente

Alexander Whitmore descubrió tres cosas durante el fin de semana.

La primera era que podía pasar cuarenta y ocho horas pensando en una mujer sin conseguir concentrarse adecuadamente en sus responsabilidades.

La segunda era que Daniel Brooks había desarrollado una afición preocupante por recordarle que casi había besado a Valentina Reyes.

Y la tercera, quizá la más desconcertante, era que estaba deseando que llegara el lunes.

Aquello nunca le había ocurrido.

Los lunes significaban reuniones, informes, llamadas interminables y discusiones con su padre sobre las decisiones que debían tomarse para mantener a Whitmore Global Holdings en la cima del mundo empresarial.

Nunca habían significado la posibilidad de encontrarse con una mujer que podía convertir una conversación sobre postres en una amenaza de demanda.

Hasta ahora.

—Estás sonriendo otra vez —comentó Daniel.

Alexander levantó la mirada de su computadora.

—¿Qué?

—Eso. Lo que acabas de hacer con la boca.

—Estoy leyendo un informe.

Daniel se inclinó para mirar la pantalla.

—¿El informe dice algo gracioso?

Alexander cerró la computadora.

—¿No tienes una vida propia?

—Sí, pero mi vida propia no incluye observar cómo el hombre más serio de Nueva York se convierte en un adolescente enamorado.

—No estoy enamorado.

—Claro. Y yo soy un monje que ha jurado no volver a hablar con una mujer.

Alexander tomó una carpeta y se la entregó.

—Revisa estos contratos.

Daniel miró la carpeta.

Después miró a su amigo.

—¿Estás intentando distraerme con trabajo?

—Está funcionando.

—No. Porque mientras reviso los contratos voy a imaginarte escribiéndole mensajes románticos.

Alexander le arrebató la carpeta.

—Fuera de mi oficina.

Daniel salió riéndose.

Pero, antes de cerrar la puerta, asomó la cabeza.

—Por cierto, si te casas con ella, quiero ser el padrino.

Alexander le lanzó una pluma.

Daniel desapareció justo a tiempo.

Y por primera vez en mucho tiempo, Alexander se rio a solas.

Valentina, por su parte, estaba intentando convencerse de que no esperaba ningún mensaje.

Había pasado el domingo estudiando, organizando sus horarios y preparando la documentación que necesitaba para el siguiente semestre.

También había llamado a su madre, hablado con su hermano y revisado sus gastos mensuales.

En teoría, no había dedicado demasiado tiempo a pensar en Alexander.

En teoría.

La realidad era que había revisado el teléfono tantas veces que Sofía amenazó con confiscárselo.

—¿Sabes qué necesitas? —preguntó su amiga mientras doblaba ropa sobre la cama.

—¿Una beca más generosa?

—Un pasatiempo.

—Estudio Derecho. Ese es mi pasatiempo.

—No, querida. Eso es una enfermedad.

Valentina le lanzó una camiseta.

Sofía la atrapó en el aire.

—Además, no entiendo por qué estás tan preocupada. El hombre te invitó a cenar, te hizo reír y casi te besó. ¿Cuál es el problema?

Valentina dejó el teléfono sobre la mesa.

—Que no somos del mismo mundo.

Sofía dejó de doblar la ropa.

—¿Y?

—Él es Alexander Whitmore. Su familia tiene empresas, propiedades y contactos que yo ni siquiera puedo imaginar. Yo estoy aquí gracias a una beca y tengo que cuidar cada dólar para no quedarme sin dinero antes de terminar el semestre.

—Eso no significa que no puedan conocerse.

—No quiero que piense que me interesa por su dinero.

Sofía la observó con atención.

—¿Y te interesa?

Valentina abrió la boca.

La cerró.

Miró hacia la ventana.

—Me interesa saber si es tan insoportable como parece.

Sofía asintió lentamente.

—Entiendo.

—¿De verdad?

—Por supuesto. Yo también quiero saberlo.

Valentina sonrió a pesar de sí misma.

Su amiga se sentó a su lado.

—Escúchame. No tienes que decidir hoy si ese hombre es el amor de tu vida. Solo tienes que decidir si quieres volver a verlo.

Valentina guardó silencio.

Recordó la cena.

La forma en que Alexander había escuchado sus preocupaciones.

Su risa cuando ella había derramado el postre sobre su corbata.

Y aquella mirada, justo antes de que Daniel apareciera para interrumpirlos.

—Sí —admitió finalmente—. Quiero volver a verlo.

Sofía sonrió triunfante.

—¡Lo sabía!

—Pero no voy a escribirle.

—Nadie te ha pedido que lo hagas.

—Y tampoco voy a estar esperando sus mensajes.

—Naturalmente.

—Tengo cosas importantes que hacer.

—Por supuesto.

Valentina tomó un libro y lo abrió con determinación.

Cinco segundos después, miró el teléfono.

Sofía se echó a reír.

—¡Esto va a ser divertidísimo!

El lunes por la mañana, Alexander llegó a la universidad con una excusa perfectamente razonable.

Al menos, eso se había repetido durante todo el trayecto.

Whitmore Global Holdings financiaba varios proyectos académicos, y él debía revisar el avance de uno de ellos. Era una responsabilidad real, una reunión legítima y una oportunidad excelente para demostrar que sus intereses en la institución no se limitaban a una estudiante mexicana.

Por supuesto, podía haber enviado a uno de sus directores.

Pero decidió asistir personalmente.

Daniel, sentado a su lado en el automóvil, no dejó pasar la oportunidad.

—¿Qué proyecto vamos a revisar?

—El programa de formación profesional.

—¿El mismo programa al que pertenece Valentina?

Alexander lo miró.

—Es uno de los programas que financiamos.

—Qué casualidad.

—No hay ninguna casualidad.

Daniel asintió con solemnidad.

—Claro. Y yo he decidido estudiar Derecho porque me apasionan los códigos.

Alexander suspiró.

—¿Por qué sigo siendo tu amigo?

—Porque soy encantador.




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