Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 35. El precio de los sueños

Capítulo 35. El precio de los sueños

El lunes por la mañana, Alexander descubrió que su padre había encontrado una manera de convertir una propuesta en una obligación sin necesidad de cambiarle el nombre.

La nueva versión del plan de transición a la presidencia estaba sobre su escritorio cuando llegó a Whitmore Group. Junto a ella había una nota escrita por Richard con su característica letra firme.

Necesito tu respuesta antes de la reunión del consejo del viernes. No podemos seguir posponiendo esta decisión.

Alexander leyó la nota dos veces y la dejó sobre la mesa.

—Buenos días para ti también, papá —murmuró.

Su asistente, que acababa de entrar para entregarle la agenda del día, fingió no haberlo escuchado.

—El señor Whitmore solicitó que revisaras los documentos antes de las diez. También confirmó tu participación en la reunión de estrategia de esta tarde.

—¿La reunión de esta tarde estaba programada?

—No, señor. Se convocó hace veinte minutos.

Alexander levantó la mirada.

—¿Con quién?

—Con su padre, los integrantes del comité ejecutivo y dos representantes del consejo.

Él cerró los ojos brevemente.

—Por supuesto.

Cuando su asistente salió, Alexander abrió el documento.

La cláusula añadida en la última versión exigía que el futuro presidente mantuviera disponibilidad prioritaria para cualquier contingencia corporativa durante el periodo inicial de su gestión. Las ausencias prolongadas requerirían autorización previa del comité correspondiente, y los compromisos externos debían coordinarse con la agenda ejecutiva.

La redacción parecía razonable a primera vista.

El problema estaba en la amplitud de los términos.

Una contingencia podía ser una crisis real que exigiera su presencia inmediata. También podía convertirse en una reunión extraordinaria, una llamada urgente o cualquier asunto que Richard considerara prioritario.

Alexander conocía demasiado bien a su padre para ignorar esa posibilidad.

Tomó el teléfono y llamó a Daniel.

—Necesito que revises una propuesta del consejo.

—Buenos días, amigo mío. ¿Cómo está la feliz vida matrimonial?

—Complicada.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Eso dicen todos los hombres casados antes de confesar que compraron un barco, adoptaron un perro sin consultarlo o intentaron explicar el amor mediante una hoja de cálculo.

Alexander miró el documento.

—Mi padre quiere imponer condiciones adicionales para la presidencia.

Daniel dejó de bromear.

—¿Qué tipo de condiciones?

Alexander se las explicó.

Al terminar, Daniel soltó un silbido.

—Eso no es simplemente una cláusula de disponibilidad. Es una manera de mantenerte sujeto a su criterio.

—La empresa necesita un presidente disponible.

—Claro. Pero una cosa es estar disponible para una emergencia y otra muy distinta es pedir permiso para vivir.

Alexander guardó silencio.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Daniel.

—Voy a proponer modificaciones.

—Bien.

—Y voy a mantener la estructura de delegación que ya presentamos.

—Mejor.

—Aunque mi padre se oponga.

Daniel tardó unos segundos en responder.

—Eso es lo que quiero escuchar. Pero hay algo que debes preguntarte, Alex: ¿vas a defender esa posición cuando la presión deje de ser teórica?

Alexander apretó la mandíbula.

—Sí.

—Espero que sea verdad.

La llamada terminó.

Alexander volvió a mirar la nota de su padre.

Por primera vez, no sintió únicamente frustración.

Sintió miedo.

No por la posibilidad de perder la presidencia, sino porque comenzaba a comprender que su padre no iba a separar tan fácilmente sus aspiraciones profesionales de su vida personal. Si Alexander quería conservar la oportunidad de dirigir Whitmore Group, tendría que demostrar que estaba dispuesto a aceptar el modelo de liderazgo que Richard consideraba indispensable.

Y ese modelo no dejaba demasiado espacio para nada que no fuera la empresa.

Mientras Alexander intentaba resolver aquel conflicto, Valentina estaba sentada frente a Margaret Lawson en una sala de reuniones de la firma jurídica.

Sobre la mesa había una carpeta con información del proyecto, un documento de requisitos y una hoja con las posibles fechas de incorporación.

Margaret fue directa.

—Tu entrevista fue satisfactoria y el equipo considera que podrías aportar mucho al proyecto. Sin embargo, antes de formalizar una oferta necesitamos confirmar dos cuestiones: tu situación académica y la autorización legal que te permitiría desempeñar las funciones propuestas.

Valentina asintió.

—Estoy reuniendo la documentación necesaria.

—Perfecto. No quiero que interpretes esta conversación como una contratación definitiva. Si las verificaciones resultan favorables, podremos avanzar. También necesito explicarte que el proyecto podría implicar desplazamientos ocasionales y una carga de trabajo considerable.

Valentina sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.

No porque temiera el trabajo, sino porque aquella posibilidad representaba un paso concreto hacia la carrera que quería construir.

—Estoy preparada para asumir responsabilidades —respondió—. Lo que necesito es conocer con claridad las condiciones y los requisitos antes de comprometerme.

Margaret sonrió.

—Esa es una buena manera de empezar.

Le explicó las funciones del puesto, la naturaleza del proyecto y los mecanismos de supervisión. También le aclaró que cualquier desplazamiento dependería de las necesidades específicas del trabajo y de las condiciones que se establecieran en la oferta final.

No había garantías todavía.

Pero Valentina salió de la reunión con una lista precisa de documentos que debía preparar y una fecha tentativa para recibir una respuesta.

Al llegar a la calle, llamó a su madre.

—Mamá, creo que las cosas están empezando a salir bien.




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