Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 11. Una cita, una mentira y demasiados celos

Capítulo 11. Una cita, una mentira y demasiados celos

El sábado llegó con un cielo despejado y una temperatura inusualmente agradable para Nueva York.

Valentina llevaba casi veinte minutos frente al espejo de su habitación, observando dos vestidos que había colocado sobre la cama. Uno era azul oscuro, elegante y discreto. El otro, color vino, tenía un corte sencillo que resaltaba su figura sin hacerla sentir demasiado arreglada.

Sofía, sentada en el borde de la cama con una bolsa de papas fritas, contemplaba el espectáculo como si estuviera presenciando una audiencia judicial.

—Objeción —declaró finalmente.

Valentina giró la cabeza.

—¿A qué?

—A la duración de este procedimiento. Llevas veinte minutos interrogando a dos vestidos y ninguno ha confesado nada.

—No sé cuál ponerme.

—El rojo.

—Es color vino.

—El vestido que te haga sentir más bonita. Y, si el señor Whitmore no aprecia el resultado, presentaremos una demanda por falta de criterio estético.

Valentina soltó una carcajada.

—No quiero que piense que me esforcé demasiado.

Sofía dejó las papas a un lado y la miró con absoluta seriedad.

—Valentina, vas a salir con un hombre que probablemente tiene más trajes que nosotros platos en esta casa. Si quieres ponerte un vestido bonito, póntelo. Si quieres ir en pijama, al menos asegúrate de que combine con los zapatos.

—Eres imposible.

—Y tú estás enamorada.

—¡No estoy enamorada!

Sofía señaló el vestido color vino.

—Entonces ponte el azul.

Valentina frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque acabas de defender el rojo con demasiada pasión. Si no te importara lo que él piensa, ya estarías vestida.

Valentina abrió la boca para responder, pero no encontró ningún argumento que no sonara a confesión.

Finalmente, tomó el vestido color vino.

—No voy a discutir contigo.

—Eso dicen todas las personas que pierden un juicio.

Mientras Valentina se cambiaba, Sofía se levantó para buscar unos zapatos.

—¿Y dónde te llevará?

—No lo sé. Me prometió que yo elegiría el restaurante.

—Eso es bueno.

—Sí. Quiero ir a un sitio donde pueda hablar sin tener que preocuparme por usar los cubiertos correctos.

—Entonces llévalo a una cafetería.

—Sofía.

—¿Qué? Así averiguas si le gustas tú o si necesita que una mujer sepa distinguir doce tipos de tenedores.

Valentina terminó de arreglarse el cabello y se contempló por última vez en el espejo.

No llevaba joyas costosas ni un bolso de diseñador. Se había maquillado ligeramente y había elegido unos zapatos que le permitían caminar sin sufrir.

Se veía bien.

No como una mujer que pretendía convertirse en alguien diferente para conquistar a un hombre rico, sino como ella misma en una de esas ocasiones en las que deseaba sentirse especialmente bonita.

Sofía se acercó por detrás y apoyó las manos en sus hombros.

—Escúchame. No tienes que demostrarle que perteneces a su mundo.

Valentina encontró sus ojos en el espejo.

—Lo sé.

—Y tampoco tienes que demostrarle que no perteneces a él. Si quiere conocerte, tendrá que hacerlo tal como eres.

Valentina asintió.

Después tomó su bolso y se dirigió a la puerta.

—Si no regreso antes de medianoche, llama a la policía.

—¿Por qué? ¿Crees que te secuestrará?

—No. Pero si me sirve un postre diminuto por el precio de una semana de comida, quizá tenga que intervenir personalmente.

Sofía se echó a reír mientras Valentina salía del apartamento.

Y, aunque ninguna de las dos lo sabía, aquella noche marcaría el comienzo de algo que ninguna broma podría resolver con facilidad.

Alexander llevaba diez minutos esperando cuando recibió un mensaje de Daniel.

Daniel: ¿Ya llegó tu futura esposa?

Alexander respondió:

Alexander: No empieces.

Daniel: Solo pregunto. Me interesa saber si debo reservar una habitación para la noche de bodas.

Alexander bloqueó el teléfono.

Daniel era un peligro para la estabilidad emocional de cualquier persona que tuviera la desgracia de conocerlo.

El restaurante elegido por Valentina era pequeño, acogedor y estaba situado en una calle tranquila de Manhattan. No tenía lámparas de cristal ni camareros que parecieran supervisar los movimientos de los clientes. Había mesas de madera, fotografías antiguas en las paredes y un aroma delicioso que salía de la cocina.

Alexander había llegado con la intención de reservar un lugar más exclusivo. Sin embargo, cuando Valentina le envió la dirección, decidió no cambiarla.

Quería conocer los lugares que le gustaban a ella.

Cuando la vio entrar, se puso de pie.

Durante un instante, olvidó lo que iba a decir.

Valentina llevaba el vestido color vino y el cabello suelto sobre los hombros. Sonreía mientras se acercaba, y Alexander tuvo que recordarse que no era prudente quedarse mirándola como si acabara de descubrir una obra de arte.

—Hola —dijo ella.

—Hola.

Valentina lo observó de arriba abajo.

—¿Te encuentras bien?

—Perfectamente.

—Tienes una expresión extraña.

—Estoy intentando recordar cómo se habla.

Ella soltó una carcajada.

—Eso es preocupante. ¿Siempre te ocurre cuando sales con mujeres?

—No.

—¿Entonces?

Alexander le ofreció la silla.

—Entonces debe ser culpa de la mujer que tengo enfrente.

Valentina sintió que las mejillas se le calentaban.

—Vas mejorando, Whitmore.

—Gracias, Reyes. He estado practicando.

Se sentaron y pidieron la cena. Alexander dejó que Valentina eligiera primero, aunque ella insistió en que no necesitaba permiso para pedir lo que quería.

—¿Sabes? —dijo él mientras examinaba la carta—. Creo que nunca había estado en un restaurante así.

—¿Así cómo?

—Donde no conozco al propietario, al chef ni a la mitad de los clientes.

Valentina lo miró con fingida compasión.




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