Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 21. Cuando el amor empieza a tener miedo

Capítulo 21. Cuando el amor empieza a tener miedo

a mañana del viernes comenzó con una llamada que Alexander habría preferido no recibir.

Estaba revisando los últimos correos de la compañía cuando su padre apareció en la pantalla del teléfono. Durante unos segundos contempló la posibilidad de dejarlo sonar, pero sabía que ignorarlo solo aplazaría una conversación inevitable.

—Buenos días, papá.

—Necesito que vengas a casa esta noche. Tu madre y yo queremos hablar contigo.

Alexander se reclinó en su silla.

—¿Sobre qué?

—Sobre tu futuro.

—Mi futuro parece ser el tema favorito de esta familia.

—No te burles, Alexander. La situación es seria.

—Lo sé. Tenemos una investigación documental pendiente, el consejo está preocupado y alguien parece estar utilizando información de la empresa para crear problemas. Créeme, no he olvidado nada.

Richard guardó silencio antes de responder.

—Precisamente por eso necesitamos hablar.

Alexander se frotó el puente de la nariz.

—Estaré allí a las ocho.

—Y ven preparado para tomar decisiones.

La llamada terminó.

Alexander permaneció inmóvil, mirando la pantalla apagada.

Preparado para tomar decisiones.

Su padre hablaba como si su vida fuera un expediente que pudiera cerrarse con una firma. Como si bastara con ordenar las prioridades para que todas las emociones desaparecieran.

Pero Alexander no estaba preparado para decidir qué lugar debía ocupar Valentina en su vida.

No porque dudara de lo que sentía por ella, sino porque comenzaba a comprender que amarla significaba aceptar un futuro que no podía controlar por completo.

Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.

Valentina estaba en la biblioteca cuando recibió una notificación de correo electrónico.

Era una respuesta de la firma de Margaret Lawson.

Abrió el mensaje con el corazón acelerado.

La firma confirmaba que había recibido su currículum y su carta de presentación. Su solicitud sería revisada para el programa de prácticas, pero antes de avanzar necesitarían verificar su situación migratoria y las condiciones que le permitirían participar legalmente.

Valentina leyó el mensaje dos veces.

No era una oferta definitiva, pero sí una oportunidad real.

Sonrió y llamó a su madre en México.

—¡Mamá!

—¿Qué pasó, hija? ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien. Me respondieron de la firma de abogados.

—¿Y qué te dijeron?

Valentina le explicó el contenido del correo. Su madre escuchó con atención, haciendo preguntas sobre las fechas y los requisitos.

—Me da mucho gusto, hija —dijo finalmente—. Sabía que tu esfuerzo iba a abrirte puertas.

Valentina sintió que los ojos se le humedecían.

—Todavía no es seguro.

—Pero ya llegaste hasta ahí. Eso también cuenta.

—Quiero aprovechar esta oportunidad antes de regresar.

—Hazlo, mi amor. Para eso te has esforzado tanto.

Valentina sonrió.

—Te extraño.

—Y nosotros a ti. Tu hermano pregunta cuándo vas a regresar porque dice que ya no tiene a quién pedirle ayuda con sus tareas.

Valentina soltó una carcajada.

—¡Si nunca le hacía las tareas!

—No, pero le explicabas cómo hacerlas. Ahora pretende que yo le resuelva las ecuaciones.

—Mamá, por favor, no le hagas las ecuaciones.

—No se las hago. Solo le doy algunas sugerencias.

—¿Qué clase de sugerencias?

—Por ejemplo, que busque la respuesta en internet.

Valentina se echó a reír.

—Eso no es ayudarlo.

—Pues dile tú cuando regreses.

La conversación continuó unos minutos más. Antes de despedirse, su madre volvió a hablar con seriedad.

—Valentina, quiero preguntarte algo.

—Dime.

—¿Estás feliz?

La pregunta la tomó por sorpresa.

Miró el libro abierto frente a ella, las notas que había escrito y el correo de la firma de abogados.

Después pensó en Alexander.

En sus besos, sus bromas y las conversaciones que habían tenido sobre el futuro. Pensó también en la presión de su familia y en la incertidumbre que comenzaba a rodearlos.

—Sí, mamá. Estoy feliz.

—¿Y ese muchacho te trata bien?

Valentina sonrió.

—Sí.

—¿Estás segura?

—Mamá…

—Solo pregunto. No quiero que por enamorarte te olvides de ti misma.

Valentina bajó la mirada.

Aquella advertencia le recordó las palabras que ella misma había pronunciado frente a Alexander.

No quería renunciar a sus sueños para conservar una relación.

—No me estoy olvidando de mí misma —respondió—. Estoy intentando construir algo que también me haga feliz.

Su madre pareció tranquilizarse.

—Entonces sigue así. Pero recuerda que el amor debe acompañarte, no hacerte más pequeña.

Cuando terminó la llamada, Valentina permaneció unos minutos en silencio.

Después abrió una nueva página en su cuaderno y escribió las fechas para completar su solicitud.

Tenía una oportunidad que no quería desperdiciar.

Y, aunque Alexander ocupaba cada vez más espacio en su corazón, no estaba dispuesta a abandonar el camino que había recorrido para llegar hasta allí.

Aquella tarde, Alexander recibió una llamada de Daniel.

—Tenemos novedades sobre el expediente.

Alexander dejó de escribir.

—¿Qué encontraron?

—La cuenta que descargó una de las versiones del anexo pertenece a un usuario autorizado del área administrativa. Pero todavía no podemos confirmar quién utilizó las credenciales en ese momento.

—¿Se ha preservado el registro?

—Sí. También solicitamos que se conservaran las versiones originales y las comunicaciones relacionadas con el expediente.

Alexander respiró profundamente.

—Bien. No quiero que nadie sea acusado sin pruebas.

—Lo sé. Pero hay algo más.

—¿Qué?

—Harrison solicitó una copia de la revisión preliminar antes de que se distribuyera oficialmente.

Alexander frunció el ceño.




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