Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 29. Una boda, dos corazones y demasiados planes

Capítulo 29. Una boda, dos corazones y demasiados planes

La mañana comenzó con una llamada de Daniel Brooks, tres mensajes de Sofía y una carpeta que Alexander Whitmore había dejado sobre la mesa del comedor de Valentina.

La carpeta tenía una etiqueta blanca, perfectamente alineada con el borde.

PROYECTO MATRIMONIO: FASE UNO.

Valentina la observó durante varios segundos, con una taza de café entre las manos.

Después miró a Alexander.

Después volvió a mirar la carpeta.

—Dime que esto es una broma.

Alexander, que estaba revisando unos documentos en su tableta, levantó la vista con absoluta tranquilidad.

—¿Qué cosa?

Valentina tomó la carpeta con dos dedos, como si sospechara que podía contener material radiactivo.

—¿Proyecto matrimonio? ¿Fase uno? ¿Qué sigue? ¿Un cronograma para respirar juntos y una evaluación trimestral de nuestra felicidad?

—No es mala idea.

Ella cerró los ojos.

—Señor Whitmore, voy a casarme contigo, no a incorporarme a tu empresa.

—Precisamente por eso necesitamos organizarnos. En mi empresa las cosas funcionan cuando hay planificación.

—En una relación también funcionan cuando hay confianza, cariño y comunicación.

—Por supuesto.

—Y espontaneidad.

Alexander hizo una pausa.

—Podríamos incluir un margen para imprevistos.

Valentina le lanzó una servilleta.

Él la atrapó en el aire, sonriendo.

—¿Ves? Coordinación perfecta.

—Todavía estamos a tiempo de cancelar la boda.

—No puedes. Ya compré el anillo.

—Qué argumento tan romántico. Voy a anotarlo para nuestros votos matrimoniales.

Alexander dejó la tableta a un lado y se acercó a ella. La sonrisa burlona desapareció poco a poco de su rostro mientras le tomaba la mano izquierda, donde brillaba el anillo de compromiso.

—Hablando en serio, quiero que lo hagamos bien.

Valentina suavizó la expresión.

—¿Qué significa hacerlo bien para ti?

Él miró el anillo.

—Que no sientas que estás entrando en mi mundo para desaparecer dentro de él. Que tengas espacio para tus estudios, para tu familia, para tu carrera. Y que yo aprenda a construir una vida contigo, no simplemente a añadirte a la que ya tengo.

Valentina sintió que aquellas palabras le llegaban a un lugar mucho más profundo que cualquier promesa costosa.

—Eso es lo único que te pido, Alexander. No necesito una boda enorme ni que tu familia me presente como si fuera una adquisición importante. Quiero casarme contigo porque te amo. Pero no quiero dejar de ser Valentina Reyes para convertirme solamente en la señora Whitmore.

Él se llevó su mano a los labios.

—No quiero que dejes de ser tú.

—Entonces tenemos un acuerdo.

—¿Puedo conservar la carpeta?

—Puedes conservarla como recuerdo de la época en la que casi te quedas soltero por exceso de burocracia.

Alexander soltó una carcajada y la atrajo hacia sí.

El beso que siguió fue breve, cálido y lleno de esa intimidad que habían ido construyendo entre discusiones, reconciliaciones y pequeñas muestras de cariño. Valentina apoyó la frente en su pecho, escuchando su respiración tranquila.

Durante unos segundos, todo pareció sencillo.

Y precisamente por eso ninguno de los dos imaginó lo que estaba a punto de ocurrir.

Una amenaza que no podía ignorarse

A varios kilómetros de allí, Eleanor Whitmore estaba sentada en su despacho privado, contemplando la pantalla de su teléfono.

El mensaje anónimo seguía abierto.

Si su hijo quiere conservar la presidencia, debería preguntarse quién tiene acceso a los documentos que usted acaba de entregar.

Había leído aquellas palabras tantas veces que comenzaba a odiar cada una de ellas.

No era la primera vez que alguien intentaba sembrar dudas en su mente acerca de Valentina. Sin embargo, aquello era diferente. El mensaje no mencionaba a la joven mexicana ni cuestionaba su relación con Alexander. Apuntaba directamente a la empresa y a los documentos que Eleanor había entregado al equipo jurídico independiente.

Eso significaba que quien lo había enviado conocía movimientos que no debían ser de dominio público.

O quería hacerle creer que los conocía.

Eleanor tomó una carpeta de su escritorio. En su interior guardaba copias impresas de los mensajes anteriores, junto con fechas, capturas de pantalla y los correos que había recibido durante las últimas semanas.

Por primera vez, no estaba buscando una razón para desconfiar de Valentina.

Estaba intentando averiguar quién había manipulado su propia desconfianza.

Su teléfono vibró.

Era el abogado que Alexander había designado para supervisar la revisión de los documentos.

—Señora Whitmore —respondió él—. Recibí su mensaje. ¿Conserva el original?

—Sí. No lo he borrado ni reenviado a nadie, salvo a usted.

—Bien. No responda al remitente, no abra archivos que pudieran llegarle desde ese mismo canal y conserve los registros originales. Necesitamos establecer la autenticidad de los mensajes antes de relacionarlos con la investigación corporativa.

Eleanor apretó los labios.

—¿Cree que alguien dentro de la empresa está implicado?

—Creo que todavía no tenemos elementos suficientes para afirmar nada. Sabemos que hay inconsistencias entre las versiones del anexo de expansión y que una cuenta administrativa autorizada descargó uno de los archivos. Eso no demuestra que su titular haya alterado documentos ni que haya enviado los mensajes.

—¿Y si alguien está intentando perjudicar a mi hijo?

—Entonces será todavía más importante que no nos precipitemos. Una acusación sin pruebas podría perjudicarlo tanto como la propia maniobra que usted sospecha.

Eleanor guardó silencio.

Le costaba aceptar que, en esa ocasión, la prudencia no consistiera en intervenir, sino en contenerse.

—Entiendo —respondió finalmente—. Haré exactamente lo que me indica.

Al terminar la llamada, miró una fotografía familiar colocada sobre una repisa.




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