El lunes por la mañana, Alexander Whitmore llegó a su despacho antes de las siete.
Había dormido poco. No porque dudara de Valentina, sino porque las últimas revelaciones habían abierto demasiadas preguntas al mismo tiempo. Alguien había investigado a su novia, había manipulado a su madre y parecía conocer detalles de las conversaciones privadas de su familia. Además, la discrepancia detectada en el proyecto de expansión seguía sin explicación.
Alexander estaba acostumbrado a resolver problemas empresariales. Sabía analizar cifras, negociar contratos y detectar cuando alguien intentaba aprovecharse de una situación.
Pero aquello era diferente.
No podía despedir una amenaza con una firma ni resolver sus dudas con una reunión del consejo.
Y, sobre todo, no estaba dispuesto a permitir que Valentina pagara las consecuencias de una guerra que ni siquiera sabía cómo había comenzado.
Dejó el teléfono sobre el escritorio y abrió el informe que Daniel le había enviado la noche anterior.
Había tres elementos que necesitaban atención: los mensajes anónimos recibidos por Eleanor, las fotografías de Valentina y la documentación alterada del proyecto de expansión.
Todavía no existía evidencia suficiente para afirmar que los tres asuntos estuvieran conectados. Sin embargo, había coincidencias que justificaban una revisión cuidadosa.
Alexander tomó una hoja y escribió tres preguntas.
¿Quién tenía acceso a los documentos?
¿Quién conocía la presión que ejercía Richard sobre su candidatura?
¿Quién podía beneficiarse de que él perdiera la confianza del consejo?
No había terminado de escribir la tercera cuando llamaron a la puerta.
—Adelante.
Daniel entró con dos cafés y una expresión sospechosamente satisfecha.
—Traigo noticias.
Alexander levantó la vista.
—Si me dices que descubriste quién está detrás de todo esto, te prometo que te compro un automóvil.
Daniel dejó uno de los vasos sobre el escritorio.
—No descubrí quién está detrás de todo esto.
—Entonces no hay automóvil.
—Pero conseguí café.
—Eso ya lo tenía.
Daniel se llevó una mano al pecho.
—Tu capacidad para destruir la ilusión de un hombre es verdaderamente admirable.
Alexander tomó el vaso.
—¿Qué encontraste?
Daniel dejó una carpeta junto a la computadora.
—La revisión preliminar confirma que el anexo del proyecto de expansión fue sustituido después de la primera circulación del expediente. Todavía necesitamos determinar quién autorizó el cambio y por qué. El registro de versiones conserva la secuencia de modificaciones, pero no basta para atribuir responsabilidad.
Alexander abrió la carpeta.
—¿Y los mensajes?
—Todavía no tenemos una identidad verificable. La dirección utilizada para contactar a tu madre no está vinculada de forma evidente con ningún empleado. Eso no significa que la persona sea externa; simplemente no tenemos información suficiente.
Alexander asintió.
—¿Hay algo más?
Daniel vaciló.
—Sí. Richard convocó una reunión extraordinaria para esta tarde.
Alexander cerró la carpeta.
—¿Sobre el proyecto?
—Sobre el proyecto, la candidatura y la confianza del consejo. Todo en una misma reunión, porque aparentemente a tu padre le preocupa que tengas una vida personal y, además, que la empresa funcione.
—Qué alivio. Por un momento pensé que iba a tener una tarde tranquila.
Daniel sonrió.
—Puedes intentarlo. Compra una planta para tu oficina.
—¿Una planta?
—Sí. Algo que no te haga preguntas sobre tu novia ni te exija explicaciones sobre el futuro de la compañía.
Alexander lo miró con absoluta seriedad.
—¿Y si se muere?
—Entonces tendrás otra crisis que resolver. Te mantendrá ocupado.
Alexander soltó una carcajada a pesar de sí mismo.
La tensión no desapareció, pero aquella era una de las razones por las que valoraba su amistad con Daniel: incluso en los momentos más complicados, conseguía recordarle que no todo tenía que convertirse en una tragedia.
Sin embargo, cuando Daniel se marchó, Alexander volvió a mirar la carpeta.
Esta vez, el problema ya no parecía una suma de incidentes aislados.
Parecía una partida en la que alguien conocía sus debilidades.
Y él necesitaba descubrir cuáles eran antes de que su adversario decidiera utilizarlas todas.
Valentina, mientras tanto, intentaba concentrarse en una exposición sobre responsabilidad jurídica.
Había leído el mismo párrafo cuatro veces.
La quinta vez, Sofía le arrebató el libro.
—Basta.
Valentina levantó la cabeza.
—Devuélvemelo.
—No.
—Sofía.
—Valentina.
—Tengo que estudiar.
—Y yo tengo que evitar que te conviertas en una abogada que memoriza artículos mientras imagina automóviles sospechosos.
Valentina se cruzó de brazos.
—No estoy imaginando automóviles.
Sofía la miró en silencio.
—Está bien —admitió Valentina—. Estoy pensando en el automóvil.
—Lo sabía.
Su amiga dejó el libro sobre la mesa y se sentó frente a ella.
—¿Alexander te ha dicho algo nuevo?
—Está investigando lo que ocurre. Habló con su madre y ahora están revisando los mensajes que recibió.
—¿Y tú?
—Estoy intentando no obsesionarme.
Sofía señaló el libro.
—Llevas veinte minutos mirando la misma página.
—Es una página muy interesante.
—Claro. ¿Qué dice?
Valentina miró el texto.
No recordaba una sola línea.
Sofía sonrió triunfalmente.
—Caso cerrado.
Valentina le lanzó un cojín.
—Te odio.
—No es cierto. Soy la persona que te escucha hablar de Alexander durante horas sin cobrarte honorarios.
—Yo no hablo de él durante horas.
Sofía arqueó las cejas.
—Ayer me explicaste por qué su manera de mirarte cuando estás concentrada es diferente de la forma en que te mira cuando estás enfadada.
Editado: 05.11.2026