Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 12. Cuando el corazón empieza a elegir

Capítulo 12. Cuando el corazón empieza a elegir

Valentina descubrió que Alexander Whitmore podía convertirse en un problema incluso cuando no estaba presente.

El lunes por la mañana, mientras intentaba concentrarse en una lectura sobre responsabilidad civil, se sorprendió mirando el teléfono por cuarta vez en menos de diez minutos.

No tenía mensajes nuevos.

Abrió el libro, leyó dos párrafos y volvió a mirar la pantalla.

Nada.

—Esto es ridículo —murmuró.

—¿Qué cosa? —preguntó Sofía desde la cocina.

Valentina levantó la cabeza.

—Nada.

Sofía apareció en la puerta con una taza de café y una tostada en la mano.

—Cuando alguien dice «nada» con esa expresión, normalmente significa una de tres cosas: ha reprobado un examen, ha gastado dinero que no tenía o está esperando que un hombre le escriba.

Valentina cerró el libro.

—No estoy esperando que Alexander me escriba.

Sofía miró el teléfono que tenía al lado.

Luego miró a su amiga.

Después volvió a mirar el teléfono.

—Por supuesto. Y yo estoy estudiando medicina.

—Sofía.

—¿Qué? No te estoy juzgando. Solo quiero saber si debo preparar un desayuno para dos cuando ese hombre venga a pedir tu mano.

Valentina le lanzó una servilleta.

—¡No va a pedirme la mano!

—Todavía.

—¡No hay ningún «todavía»!

Sofía se sentó frente a ella y dejó la taza sobre la mesa.

—Está bien. Hablemos seriamente. ¿Cuándo fue la última vez que hablaron?

Valentina dudó.

—El sábado por la noche.

—¿Y hoy es lunes?

—Gracias por recordármelo. Mi calendario también funciona.

—Entonces han pasado casi dos días.

—No tienes que decirlo como si llevara dos años desaparecido.

Sofía mordió la tostada.

—No, pero es suficiente para que una mujer empiece a imaginar escenarios. ¿Y si se cayó por las escaleras? ¿Y si perdió el teléfono? ¿Y si su padre lo encerró en una sala de juntas para obligarlo a aprender a hacer presupuestos?

Valentina soltó una carcajada a pesar de sí misma.

—No seas dramática.

—Estoy siendo considerada. Todavía no he sugerido que contratemos a un detective.

Valentina volvió a mirar el teléfono.

La verdad era que Alexander había sido cariñoso durante la cena. La había escuchado, había respetado sus límites y le había confesado que estaba celoso de Nicolás sin intentar controlar sus decisiones.

Por eso mismo, su silencio le resultaba extraño.

No esperaba que le escribiera a todas horas. Tenía una empresa que dirigir y responsabilidades que ella apenas empezaba a comprender.

Pero después de aquella noche, una parte de ella había esperado un mensaje sencillo.

Buenos días.

¿Cómo estás?

Algo que le confirmara que lo que había sucedido entre ellos no se había quedado encerrado en las calles de Manhattan.

—Quizá está ocupado —dijo finalmente.

Sofía asintió.

—Puede ser.

—Y no quiero parecer desesperada.

—Preguntarle a alguien cómo está no es desesperación.

Valentina se quedó pensativa.

—Lo sé.

—Además, si te interesa, puedes escribirle. No estamos en el siglo diecinueve. No necesitas esperar junto a una ventana mientras bordas un pañuelo con sus iniciales.

Valentina rio.

—Voy a estudiar.

—Perfecto. Y yo voy a preparar algo de comer. Si tu futuro marido aparece desmayado por falta de atención, al menos tendrá una sopa caliente.

—¡Sofía!

Su amiga desapareció entre carcajadas.

Valentina tomó el teléfono y abrió la conversación con Alexander.

Escribió:

Valentina: Espero que hayas sobrevivido a tu importante reunión. Si necesitas asistencia jurídica, sigo cobrando por hora.

Lo leyó dos veces.

Luego lo envió antes de arrepentirse.

La respuesta no llegó inmediatamente.

Pero, por primera vez en toda la mañana, Valentina logró concentrarse en sus apuntes.

Alexander llevaba dos horas en una reunión cuando el teléfono vibró dentro de su bolsillo.

No lo revisó hasta que los consejeros abandonaron la sala.

Al leer el mensaje de Valentina, sintió que algo se aflojaba en su pecho.

Había pasado el domingo pensando en ella y en la conversación con su padre. Había considerado llamarla varias veces, pero cada vez que tomaba el teléfono se preguntaba si debía contarle lo ocurrido.

No quería que creyera que estaba intentando utilizarla como excusa para enfrentarse a su familia.

Tampoco quería que se sintiera responsable de una decisión que él todavía no sabía tomar.

Al final, había elegido el silencio.

Y ahora comprendía que su silencio podía parecer indiferencia.

Respondió inmediatamente.

Alexander: Sobreviví, aunque mi padre estuvo a punto de convertirme en parte del mobiliario de la sala de juntas.

Valentina contestó:

Valentina: ¿Eso significa que debo felicitarte por tu supervivencia o enviarte una factura por los daños emocionales?

Alexander: Ambas opciones son aceptables.

Valentina: Bien. ¿Cómo estás realmente?

Alexander se quedó mirando aquella pregunta.

No era una broma. No era una respuesta automática.

Valentina quería saber cómo estaba.

Y él no estaba acostumbrado a que alguien se interesara por su estado de ánimo sin esperar obtener algo a cambio.

Escribió:

Alexander: He tenido unos días complicados. Me gustaría verte y contártelo, si tienes tiempo.

La respuesta llegó unos segundos después.

Valentina: Tengo clase hasta las cuatro. Después podemos tomar un café.

Alexander sonrió.

Alexander: ¿En un lugar donde no me intimiden los cubiertos?

Valentina: No puedo garantizarlo. Depende de tu comportamiento.

Guardó el teléfono.

Daniel, que acababa de entrar en la sala, lo observó con sospecha.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—Estás sonriendo.

—¿Y?

—Ayer parecías dispuesto a demandar a tu propia familia y ahora sonríes como si hubieras ganado la lotería.




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