Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 16. Una invitación, demasiados celos y una amenaza silenciosa

Capítulo 16. Una invitación, demasiados celos y una amenaza silenciosa

Valentina descubrió que tener novio podía resultar mucho más complicado de lo que había imaginado.

No por Alexander, al menos no siempre.

El verdadero problema era que Sofía había decidido convertir su relación en el acontecimiento más importante de su vida.

—Necesitamos establecer ciertas reglas —anunció Sofía el domingo por la mañana, mientras desayunaban en la cocina.

Valentina levantó la mirada de sus apuntes.

—¿Reglas para qué?

—Para tu noviazgo.

—¿Perdón?

Sofía colocó una hoja sobre la mesa. Había escrito varios puntos con letras grandes y decorado los márgenes con pequeños corazones.

Valentina la miró con horror.

—Dime que no has dedicado tu domingo a esto.

—Me levanté temprano. Fue una actividad muy productiva.

—Sofía, esto parece el reglamento de una escuela primaria.

—Precisamente. Alguien tiene que educarte en las relaciones sentimentales.

Valentina dejó el bolígrafo.

—Soy perfectamente capaz de tener una relación sin tu supervisión.

—Por supuesto. Igual que eras perfectamente capaz de arreglar aquel zapato con cinta adhesiva.

—¡Solo necesitaba llegar a la entrevista!

—Y llegaste. Pero el zapato no volvió a ser el mismo.

Valentina intentó arrebatarle la hoja. Sofía la levantó por encima de su cabeza.

—Primera regla: no cancelar tus planes personales por quedar bien con tu novio.

—De acuerdo.

—Segunda: no dejar que él decida qué puedes estudiar, dónde puedes trabajar o con quién puedes hablar.

—También de acuerdo.

—Tercera: si te compra un regalo, no tienes que devolverle el favor comprándole algo más caro.

Valentina frunció el ceño.

—¿Por qué iba a hacer eso?

Sofía la miró en silencio.

—Está bien —admitió Valentina—. Tal vez lo he hecho alguna vez.

—Cuarta: si se pone celoso, no tienes que disculparte por respirar cerca de otro hombre.

—Alexander no es así.

—Todavía no lo sabemos. Llevan poco tiempo.

Valentina quiso protestar, pero recordó la expresión que él había puesto cuando Nicolás la invitó a tomar café.

No había sido una escena desagradable. Alexander incluso había reconocido sus celos.

Pero Sofía tenía razón en algo: una relación no podía convertirse en una lista de prohibiciones.

—No quiero que los celos sean un problema —dijo Valentina.

—Entonces habla con él cuando sea necesario. No esperes a que las cosas se vuelvan insoportables.

Sofía dejó la hoja sobre la mesa.

Por una vez, su tono había perdido toda la comicidad.

Valentina le tomó la mano.

—Gracias.

—No me agradezcas todavía. Falta la quinta regla.

—¿Cuál?

Sofía recuperó su sonrisa traviesa.

—Si algún día te casas con él, quiero que me invites a la boda con suficiente anticipación. No pienso comprar un vestido a última hora.

Valentina abrió la boca, escandalizada.

—¡Ni siquiera llevamos una semana siendo novios!

—Yo solo estoy planificando. Alguien en esta casa tiene que pensar en el futuro.

Valentina le lanzó una servilleta.

Sofía salió de la cocina riendo.

Y Valentina, a pesar de sus protestas, no pudo evitar sonreír.

Porque, en el fondo, sabía que su amiga estaba intentando protegerla.

El lunes por la mañana, Alexander recibió una llamada de su madre.

—Quiero que vengas a cenar el jueves —dijo Eleanor sin preámbulos.

Alexander estaba revisando unos documentos en su despacho.

—¿Ocurre algo?

—No puedo invitar a mi hijo a cenar sin que exista una emergencia empresarial?

—La última vez que me invitaste a cenar, terminamos hablando durante dos horas de mis responsabilidades familiares y de una supuesta mujer que considerabas inadecuada para mí.

—No recuerdo haber utilizado esas palabras.

—Tienes una memoria muy selectiva, mamá.

Eleanor suspiró.

—Tu padre estará presente. También asistirán los Harrison y algunos amigos de la familia. Será una cena importante.

Alexander dejó los documentos sobre el escritorio.

—¿Quieres que lleve a Valentina?

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—¿Por qué habría de llevarla?

—Porque es mi novia.

La palabra pareció incomodar a Eleanor más de lo que él esperaba.

—Alexander, no todo acontecimiento familiar debe convertirse en una presentación oficial de tus relaciones personales.

—Entonces supongo que no necesitas conocerla mejor.

—No he dicho eso.

—Pero tampoco has dicho que quieras conocerla.

Eleanor guardó silencio.

Alexander se pasó una mano por el cabello.

—Mamá, no voy a esconder mi relación para que los invitados no hagan preguntas.

—No te estoy pidiendo que la escondas.

—¿Entonces cuál es el problema?

—No quiero que te apresures. Apenas estás empezando a conocerla y ya pareces dispuesto a modificar tus planes por ella.

Alexander sintió que la paciencia comenzaba a agotársele.

—No he modificado ningún plan.

—Todavía.

La palabra quedó flotando entre ambos.

—¿Eso es lo que te preocupa? —preguntó él—. ¿Que algún día tome una decisión que no te guste?

—Me preocupa que confundas el enamoramiento con la compatibilidad.

Alexander se quedó callado.

Por primera vez, Eleanor no parecía hablar únicamente desde el orgullo o el deseo de controlar su futuro. Había algo parecido al miedo detrás de su preocupación.

Sin embargo, aquello no justificaba sus intromisiones.

—No necesito que estés de acuerdo con cada decisión que tome —respondió—. Pero sí necesito que respetes que me corresponde tomarla.

—Eres mi hijo.

—Y soy un adulto.

La voz de Eleanor se endureció.

—Muy bien. Si quieres traerla, tráela. Pero no esperes que todos comprendan tus decisiones.

Alexander sintió que acababa de recibir una advertencia disfrazada de invitación.

—No espero que todos las comprendan. Solo espero que sean capaces de respetarlas.




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