lexander Whitmore llevaba casi veinte minutos mirando la pantalla de su teléfono.
No porque esperara una llamada del consejo directivo, ni porque su padre hubiera vuelto a enviarle un mensaje con alguna exigencia disfrazada de consejo. Tampoco porque Daniel Brooks, su mejor amigo y principal responsable de que su paciencia se agotara antes del mediodía, hubiera decidido molestarlo desde temprano.
No.
Alexander esperaba una respuesta de Valentina Reyes.
La noche anterior le había escrito que quería verla, pero que antes necesitaba hablar con ella sobre algunas cosas que le estaban dando vueltas en la cabeza. Valentina había respondido con un sencillo:
«Espero que no sea para anunciarme que te has convertido en un señor aburrido que solamente habla de acciones, contratos y reuniones. Ya conozco a demasiados de esos».
Él había sonreído al leerlo.
Después le había contestado:
«No prometo nada. Las acciones tienen sentimientos complicados».
Y ella había respondido con un emoji de risa.
Desde entonces, silencio.
Alexander volvió a revisar el teléfono.
—Si sigues mirándolo así, vas a terminar por intimidarlo —comentó Daniel desde el otro extremo del escritorio.
Alexander levantó la vista.
—¿Qué haces aquí?
—Trabajo aquí.
—Tu oficina está en el otro extremo del edificio.
—Y, sin embargo, aquí estoy, sacrificando mi productividad para observar un fenómeno extraordinario.
—¿Cuál?
Daniel señaló el teléfono.
—Alexander Whitmore, heredero de uno de los grupos empresariales más importantes de Nueva York, derrotado por una mujer que probablemente está desayunando tranquilamente sin pensar en él.
Alexander dejó el teléfono boca abajo.
—No estoy esperando nada.
—Por supuesto. Y yo soy un hombre que jamás ha sentido celos.
—Tú sientes celos cuando alguien le pide a Michell que le pase la sal.
Daniel se quedó callado.
—Eso no viene al caso.
—Entonces tampoco viene al caso mi teléfono.
—Tu teléfono lleva veinte minutos siendo víctima de tu mirada desesperada.
Alexander tomó una carpeta y la abrió con una seriedad exagerada.
—Tengo trabajo.
Daniel se inclinó hacia delante.
—¿Ya le pediste que fuera tu novia?
La carpeta se cerró de golpe.
Daniel sonrió.
—Ah. No.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué? ¿Necesitas que el consejo directivo apruebe la relación? ¿Una auditoría sentimental? ¿Tres copias de su identificación y una declaración de que no representa un riesgo para los activos de la compañía?
—Daniel.
—¿O tal vez un contrato con cláusula de exclusividad, renovación automática y penalización por abandono?
Alexander le lanzó una pluma.
Daniel la esquivó con una habilidad que había desarrollado durante años de amistad.
—Violencia en el lugar de trabajo —declaró, llevándose una mano al pecho—. Voy a presentar una queja.
—Hazlo. Quizá así encuentres algo productivo que hacer.
Daniel recogió la pluma.
—Te lo digo en serio. Si te gusta, díselo. No puedes pasar los próximos seis meses organizando cenas, visitas a museos y paseos por Central Park mientras esperas que ella descubra por telepatía que quieres algo más.
Alexander bajó la mirada hacia la carpeta.
La verdad era que Daniel tenía razón.
Desde aquella primera noche en que Valentina le había derramado café encima, su vida había comenzado a cambiar de una manera que jamás habría previsto. Con ella, no necesitaba fingir que tenía todas las respuestas. Podía reírse de sí mismo, hablar de sus sueños olvidados y admitir que algunas decisiones le provocaban miedo.
Pero precisamente por eso tenía tanto que perder.
Su padre le había dado seis semanas para definir su futuro. Valentina, por su parte, tenía un futuro propio, una carrera por construir y una familia a la que deseaba regresar.
Alexander no quería pedirle que renunciara a nada.
Tampoco quería seguir fingiendo que podía conformarse con verla de vez en cuando.
—¿Y si le pido algo que no puedo garantizarle? —preguntó finalmente.
Daniel perdió parte de su sonrisa.
—Entonces sé honesto. No le prometas una vida perfecta. Prométele que no vas a mentirle sobre la vida que puedes ofrecerle.
Alexander se quedó pensativo.
—Desde cuándo te volviste tan sensato?
—Desde que descubrí que dar consejos es mucho más barato que pagar terapia.
—No eres sensato.
—Y tú estás enamorado.
Alexander no respondió.
Daniel se levantó, satisfecho.
—Eso pensé.
Antes de salir, se volvió una última vez.
—Por cierto, si vas a pedirle que sea tu novia, procura no hacerlo durante una reunión de accionistas. Sería incómodo que ella respondiera que no delante de treinta personas.
La puerta se cerró.
Alexander volvió a mirar su teléfono.
Esta vez, escribió primero.
Alexander: «¿Tienes tiempo para cenar conmigo esta noche? Prometo que no hablaremos de acciones.»
La respuesta llegó tres minutos después.
Valentina: «¿Y de corbatas? Porque después de nuestro primer encuentro todavía considero que algunas merecen ser castigadas.»
Alexander soltó una carcajada.
Alexander: «A las ocho. Y llevaré una corbata que no te haya hecho nada.»
Valentina: «No puedo garantizar que sobreviva la noche.»
Por primera vez en toda la mañana, Alexander dejó de pensar en la reunión del consejo.
Al menos durante unos minutos.
Valentina Reyes, mientras tanto, tenía un problema mucho más urgente que decidir si estaba enamorada de Alexander Whitmore.
Su problema era un zapato.
—No puede ser —murmuró, sentada en el borde de la cama.
Sofía apareció en la puerta con una taza de café.
—¿Qué pasó?
Valentina levantó un zapato negro de tacón. La correa estaba rota.
Sofía observó el zapato con solemnidad.
Editado: 05.11.2026