Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 32. La primera mañana de nuestro para siempre

Capítulo 32. La primera mañana de nuestro para siempre

El trayecto de regreso a casa transcurrió entre el silencio cómodo de dos personas que todavía intentaban asimilar que, unas horas antes, habían pronunciado los votos que cambiarían sus vidas.

Valentina miraba por la ventanilla del automóvil, observando las luces de Nueva York reflejadas sobre el cristal. Todavía llevaba el vestido de novia, aunque se había quitado los zapatos y los sostenía sobre sus rodillas. Alexander conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la suya.

De vez en cuando, él la miraba de reojo.

Ella lo notó a la cuarta vez.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Alexander.

—¿Sí, esposa mía?

Valentina giró la cabeza lentamente.

—No uses ese tono.

—¿Qué tono?

—Ese. El de hombre que acaba de ganar la lotería y todavía no entiende cómo ocurrió.

Alexander sonrió.

—Es exactamente lo que siento.

—¿Te ganaste la lotería?

—Me casé contigo.

Valentina intentó conservar la seriedad, pero la sonrisa se le escapó.

—Qué suerte tienes, Whitmore.

—Una suerte extraordinaria, señora Whitmore.

Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Te advierto que si empiezas a llamarme así todo el tiempo, voy a fingir que no te conozco cuando estemos en público.

—Eso sería complicado. Tenemos un certificado de matrimonio que demuestra lo contrario.

—Podría cambiarme el apellido.

—No tienes que hacerlo.

La respuesta llegó con tanta naturalidad que Valentina dejó de sonreír por un instante.

Alexander aprovechó el semáforo en rojo para mirarla.

—Lo digo en serio. No tienes que cambiar tu nombre, tus planes, tus costumbres ni ninguna otra cosa para demostrar que estás casada conmigo. Si quieres seguir siendo Valentina Reyes, seguirás siendo Valentina Reyes.

Ella le acarició los nudillos con el pulgar.

—Me gusta que lo entiendas.

—Estoy intentando aprender rápido. Mi esposa tiene un carácter bastante intimidante.

—¿Intimidante?

—Muchísimo.

—¿Quieres que te demuestre lo intimidante que puedo ser?

Alexander volvió la vista al frente cuando el semáforo cambió.

—No, gracias. Ya firmé el contrato matrimonial.

—No existe un contrato matrimonial que te salve de mí.

—Entonces tendré que aprender a negociar.

—Eso sí sabes hacerlo.

—Contigo no. Tú eres la única persona que consigue que olvide todos mis argumentos.

Valentina apoyó la cabeza en su hombro cuando el automóvil volvió a avanzar.

Durante unos minutos, ninguno habló. No necesitaban hacerlo. Había una paz especial en aquel silencio, una intimidad que no dependía de grandes declaraciones, sino de saber que podían estar juntos sin llenar cada segundo con palabras.

Sin embargo, cuando llegaron al edificio, Alexander descubrió que el primer desafío de su vida matrimonial no sería Richard, el consejo de administración ni las misteriosas irregularidades corporativas.

Sería subir a su esposa por el ascensor sin que el vestido de novia se quedara atrapado en las puertas.

—No te muevas —ordenó él.

Valentina lo miró, incrédula.

—¿Perdón?

—El vestido.

—Alexander, sé cómo funciona un ascensor.

—Yo también.

—Entonces, ¿por qué me estás mirando como si estuviéramos desactivando una bomba?

—Porque ese vestido cuesta más que mi primer automóvil.

—Y, aun así, tu primera preocupación debería ser que no me rompa un tobillo.

—Por eso te estoy diciendo que no te muevas.

—¡Pero si tú me estás pisando la cola!

Alexander bajó la mirada.

Efectivamente, había pisado una parte de la tela.

Se apartó de inmediato.

—No le digas a nadie.

—¿Que el gran Alexander Whitmore perdió una batalla contra un vestido?

—Valentina.

—¿El hombre que negocia contratos millonarios no puede negociar con tres metros de tela?

—Te recuerdo que todavía estamos a tiempo de anular el matrimonio.

Ella soltó una carcajada tan espontánea que Alexander terminó riéndose también.

Finalmente consiguieron salir del ascensor sin víctimas, sin daños irreparables y con la dignidad de Alexander reducida a un nivel que Valentina consideró muy satisfactorio.

Cuando entraron al apartamento, ella se detuvo en el umbral.

Habían estado allí muchas veces. Habían compartido conversaciones, discusiones, momentos de ternura y silencios que decían más de lo que ambos se atrevían a confesar.

Pero aquella noche el lugar parecía distinto.

Quizá porque ahora no estaban allí como dos personas que intentaban descubrir si podían construir una vida juntas.

Ahora eran marido y mujer.

Alexander dejó las llaves sobre la consola y se acercó por detrás. Le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la barbilla en su hombro.

—¿En qué piensas?

—En que mañana voy a despertar aquí.

—Espero que sí. Sería preocupante que desaparecieras durante la noche.

—Y voy a seguir aquí pasado mañana.

—Eso espero también.

Valentina giró entre sus brazos.

—Y el próximo mes.

—Valentina, si sigues enumerando fechas, voy a necesitar un calendario.

Ella sonrió, pero sus ojos adquirieron una seriedad inesperada.

—Estoy intentando acostumbrarme a la idea de que esto es real.

Alexander le apartó un mechón de cabello del rostro.

—Lo es.

—A veces me da miedo que las cosas buenas duren poco.

La sonrisa de él se desvaneció ligeramente.

—No puedo prometerte que nunca tendremos problemas. Sería mentirte. Pero sí puedo prometerte que no voy a decidir por los dos sin escucharte. Y que, cuando las cosas se compliquen, voy a hablar contigo antes de permitir que el miedo decida por mí.

Valentina recordó los votos que habían intercambiado en el jardín. Habían sido palabras sencillas, pero no por eso menos importantes.

—Voy a exigirte que cumplas esa promesa.

—Lo sé.

—Y no voy a aceptar que uses tu trabajo como excusa para desaparecer de nuestra relación.




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