Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 18. La verdad que Eleanor decidió ocultar

Capítulo 18. La verdad que Eleanor decidió ocultar

Alexander no soltó la mano de Valentina durante todo el trayecto de regreso a su apartamento.

No intentó convencerla de que el automóvil había sido una coincidencia, ni le aseguró que todo estaba bien cuando ninguno de los dos sabía qué estaba ocurriendo. Simplemente permaneció a su lado, atento a cada movimiento y a cada silencio.

Valentina agradecía aquella compañía, pero también comenzaba a sentir una preocupación distinta.

No quería que el miedo se apoderara de su vida.

Había cruzado una frontera, estudiado en otro idioma y aprendido a desenvolverse en una ciudad enorme sin tener a su familia cerca. No pensaba permitir que un desconocido la obligara a vivir encerrada.

Cuando llegaron al edificio, se detuvo antes de entrar.

—Alexander, necesito que hablemos.

Él se volvió inmediatamente.

—Claro.

—No quiero que empieces a enviarme un automóvil cada vez que salga de la universidad. Tampoco quiero que contrates a alguien para seguirme o que conviertas mi vida en una operación de seguridad.

Alexander abrió la boca, pero ella levantó una mano.

—Déjame terminar, por favor.

Él asintió.

—Tengo miedo. No voy a fingir que no lo tengo. Pero necesito seguir estudiando, buscar oportunidades y hacer las cosas que vine a hacer aquí. Si dejamos que esa persona decida cada uno de mis movimientos, habrá conseguido exactamente lo que quería.

Alexander respiró profundamente.

—No quiero encerrarte, Valentina. Solo quiero asegurarme de que estés a salvo.

—Lo sé. Y agradezco que te preocupes por mí. Pero tenemos que actuar con cabeza. Si vuelve a suceder algo, buscaré ayuda y te avisaré. También quiero guardar los mensajes y las fotografías por si necesitamos presentarlos ante las autoridades.

Alexander la miró con atención.

—Tienes razón.

Valentina arqueó una ceja.

—¿Podrías repetirlo? Quiero grabarlo para mostrárselo a Sofía.

Él soltó una carcajada, y ella sonrió por primera vez desde que habían salido de la tienda.

—No abuses de mi generosidad.

—Es un momento histórico.

Alexander se inclinó y le besó la frente.

—Prometo no convertirte en una prisionera.

—Excelente. Porque tengo demasiados trabajos pendientes como para escapar de una celda.

Él volvió a reírse.

Sin embargo, cuando entraron al edificio, su expresión recuperó la seriedad.

—Hay algo que necesito contarte —dijo.

Valentina dejó de sonreír.

—¿Qué ocurre?

—No creo que las fotografías sean una casualidad. Y tampoco creo que lo del automóvil sea necesariamente un hecho aislado.

—¿Por qué?

Alexander dudó antes de responder.

—Porque, al mismo tiempo, estamos investigando una discrepancia en unos documentos de la compañía. Y alguien parece tener mucho interés en que yo pierda la concentración.

Valentina lo observó.

—¿Crees que las dos cosas están relacionadas?

—No lo sé. No tengo pruebas suficientes para afirmarlo.

Ella asintió lentamente.

—Entonces investiguemos sin inventar conclusiones.

Alexander sonrió.

—Definitivamente, eres la única persona que conozco capaz de convertir una conversación sentimental en una clase de metodología jurídica.

—Es un talento que deberías valorar.

—Lo valoro muchísimo.

Se quedaron mirándose unos segundos.

Después, Valentina lo abrazó.

No sabía quién los estaba observando ni qué pretendía conseguir. Pero sabía algo más importante: no quería que las sospechas se convirtieran en una razón para desconfiar del hombre al que estaba empezando a amar.

Y Alexander, por primera vez, parecía comprender que protegerla no significaba decidir por ella.

A la mañana siguiente, Eleanor Whitmore tomó una decisión que llevaba horas posponiendo.

Llamó a su hijo.

—Necesito verte hoy —dijo en cuanto él contestó.

Alexander estaba en su despacho, revisando el informe preliminar sobre los documentos de la compañía.

—¿Ocurrió algo?

—Prefiero hablar contigo en persona.

Él se quedó pensativo.

La última vez que había recibido una invitación semejante, su madre había intentado convencerlo de que su relación con Valentina representaba un riesgo para su futuro.

No tenía deseos de repetir aquella conversación.

—Si es sobre Valentina, podemos hablar por teléfono.

—Precisamente por eso quiero verte.

Alexander suspiró.

—Está bien. Pasaré por tu casa esta tarde.

—Ven solo.

La llamada terminó.

Alexander permaneció unos segundos mirando la pantalla.

No le gustaba el tono de su madre. Había algo en su voz que no parecía enojo ni desaprobación.

Parecía temor.

Y Eleanor Whitmore rara vez admitía que tenía miedo.

Cuando Alexander llegó a la residencia familiar, encontró a su madre esperándolo en el despacho.

Sobre el escritorio había una carpeta abierta, varias hojas impresas y un teléfono que él no reconoció.

Eleanor cerró la puerta.

—Siéntate.

Alexander obedeció, pero no apartó la mirada de los documentos.

—¿Qué es todo esto?

Su madre respiró profundamente.

—Hace unas semanas, cuando me enteré de que estabas saliendo con Valentina, pedí que investigaran sus antecedentes.

Alexander sintió que algo se endurecía en su expresión.

—Ya habíamos hablado de eso.

—Sí. Pero hay algo que no te conté.

—¿Qué cosa?

Eleanor bajó la mirada.

Por primera vez en mucho tiempo, parecía no saber cómo comenzar una conversación con su propio hijo.

—La persona que me entregó la información sobre Valentina no se limitó a proporcionarme sus antecedentes académicos y familiares. También empezó a enviarme advertencias sobre vuestra relación.

Alexander se quedó inmóvil.

—¿Qué advertencias?

—Que ella podía perjudicar tu carrera. Que su intención era mantenerte apartado de la empresa. Que, si no intervenía, terminarías tomando decisiones que podrían costarte la presidencia.




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